El costo oculto de perder fruta durante el transporte
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El costo oculto de perder fruta durante el transporte

Los contenedores refrigerados que llevan fruta a otros continentes han incorporado en los últimos años tecnologías que reducen su consumo de energía. Rafael Guarda Martínez, abogado especialista en transporte y seguros de carga y fundador de Theus Cargo, pone sobre la mesa una pregunta sencilla. Plantea qué tan sustentable resulta ahorrar energía si una parte de la fruta llega al destino sin condiciones para venderse.

Para responderla, su empresa dio seguimiento esta temporada a cerca de 300 embarques de uva chilena. El tránsito promedió 30 días, contados desde que el contenedor entra a stacking en origen hasta que se retira en destino. Ocho de cada diez embarques superaron los 21 días y más de la mitad pasó de los 30.

El contexto ayuda a entender el peso de esa cifra. Hace unos quince años, varios de estos sistemas de ahorro energético se probaron en viajes de 15 a 21 días. Hoy los transbordos, los cambios de itinerario, la congestión en puertos y los retrasos forman parte habitual del comercio exterior. Para una fruta fresca, cada día adicional resta vida útil, deteriora la condición y aumenta el riesgo comercial del embarque.

La discusión también tiene un lado ambiental. Según estudios de ciclo de vida que cita el autor, la uva de mesa tiene una huella de entre 0.85 y 1.3 kilos de CO₂ por kilo de fruta. En un contenedor de unas 18 toneladas, eso suma al menos 15 toneladas de CO₂ emitidas en el campo, el empaque y la cadena de frío antes de llegar al consumidor. El tramo marítimo generó en promedio 1.35 toneladas de CO₂ por contenedor en los embarques analizados. Con el extremo bajo del rango, una pérdida de 10% de la fruta (1.8 toneladas) equivale a unas 1.5 toneladas de CO₂, una cifra mayor que la del tramo marítimo.

Esto revela un vacío de medición. Hoy se conoce con bastante precisión cuánta energía ahorra un contenedor, y se sabe mucho menos sobre cuánto alimento ayudó a conservar. Para productores y exportadores, eso significa tomar decisiones de logística sin una métrica pública que relacione el ahorro energético con la condición de llegada, los rechazos comerciales y la vida útil. Las navieras están en buena posición para cerrar esa brecha, porque pueden aportar datos sobre la evolución de los reclamos por carga perecedera desde que se implementaron estos sistemas.

Aquí conviene separar lo que está medido de lo que se interpreta. Los hechos son el seguimiento de cerca de 300 embarques, el tránsito promedio de 30 días y la huella de 1.35 toneladas de CO₂ del tramo marítimo. Como inferencia razonable, si los viajes superan el rango en que se validaron varios sistemas, hay motivos para volver a medir su desempeño, y una pérdida de fruta puede cancelar parte del beneficio ambiental. Como hipótesis, queda la posibilidad de que estos sistemas rindan distinto en viajes de cuatro o cinco semanas, algo que hoy no tiene evidencia pública suficiente. El propio autor aclara que no afirma que fallen.

Además, los datos provienen de una sola empresa, una temporada y un solo producto, y la huella por kilo cambia según las etapas que incluya cada estudio, con cifras menores en las mediciones que llegan solo hasta la puerta del campo.

Fuente: Portal Frutícola

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