La idea de que la fruta actual es igual a la que existía antes de la agricultura no se sostiene. Durante miles de años, los seres humanos han elegido, cruzado y propagado plantas con rasgos útiles. Ese proceso cambió tamaño, sabor, textura, número de semillas y facilidad de cultivo. Sin embargo, decir que la fruta “no es natural” lleva la explicación demasiado lejos.
Jessie Inchauspé, bioquímica conocida por divulgar temas relacionados con la glucosa, sostiene que las frutas modernas son resultado de la intervención humana. El fondo de esa afirmación es correcto. La domesticación ha transformado los cultivos que hoy forman parte de la alimentación. Pero aquí lo importante es distinguir domesticación de ingeniería genética. La selección de plantas durante generaciones no implica que esos alimentos hayan sido creados en un laboratorio.
El plátano es un ejemplo claro. Los parientes silvestres producen frutos con semillas grandes, mientras que muchas variedades cultivadas son estériles, carecen de semillas funcionales y pueden formar fruto sin fecundación. Estudios sobre la domesticación del género Musa muestran que agricultores antiguos seleccionaron y propagaron plantas con características favorables, entre ellas pulpa comestible y pocas semillas. Esa historia explica por qué el plátano comercial es muy distinto de sus antepasados silvestres.
Algo parecido ocurre con los cítricos, aunque su historia genética es más compleja. Estudios genómicos han confirmado que la naranja dulce tiene un origen híbrido. Durante años se propuso que derivaba de cruces entre mandarina y pomelo. Un estudio publicado en 2025 aportó nueva evidencia y planteó que la naranja dulce surgió de un cruce entre naranja agria y una mandarina similar a la Ponkan. Por eso, afirmar simplemente que la naranja fue “inventada” reduce una historia de hibridación, selección y propagación que todavía se sigue estudiando.
La parte más sólida del argumento de Inchauspé aparece cuando compara fruta entera y jugo. La Organización Mundial de la Salud distingue los azúcares presentes dentro de la estructura de una fruta entera de los azúcares libres presentes en los jugos. También señala que el consumo de jugos debe limitarse porque incluso los que no tienen azúcar añadida contienen cantidades importantes de azúcares libres.
La OMS recomienda mantener los azúcares libres por debajo del 10% de la energía total y señala que reducirlos a menos del 5% puede aportar beneficios adicionales. En una dieta de 2,000 calorías, ese 5% equivale aproximadamente a 25 gramos.
Para la agricultura, esta discusión muestra algo más amplio. La fruta que llega al mercado es el resultado de siglos de selección y de decisiones productivas. Sabor, rendimiento, apariencia, resistencia, conservación y facilidad de transporte han influido en qué variedades prosperan. Eso no convierte a la fruta moderna en un producto artificial. Significa que la agricultura lleva milenios modificando qué plantas cultivamos y qué características conservamos.
La diferencia importa porque permite entender el cambio sin convertirlo en una alarma. La domesticación es un hecho. Que cada cambio haya reducido el valor nutricional de las frutas no puede afirmarse de forma general con la evidencia presentada. Lo que sí está claro es que transformar una fruta entera en jugo cambia la forma en que consumimos sus azúcares y su fibra, y por eso ambos productos no deben tratarse como equivalentes.
Fuente: Men’s Health




