Por qué pocos países controlan los cultivos clave del mundo
Sembratica — Banner

Por qué pocos países controlan los cultivos clave del mundo

Cuando Ghana y Costa de Marfil firman un acuerdo para fijar juntos el precio del cacao, el mundo entero siente el temblor en el precio de una tableta de chocolate. No es exageración. Entre ambos países concentran alrededor del 60% de la producción mundial de cacao, así que cualquier decisión política, sequía o brote de una enfermedad en esa franja de África Occidental repercute de inmediato en supermercados de Europa, Asia y América.

Ese es el problema mayor que atraviesa hoy al agro global; la producción de los cultivos que sostienen la alimentación, la industria y hasta la energía del planeta está concentrada en países que pueden mover mercados globales, y esa concentración convierte a la agricultura mundial en un sistema con muy poca tolerancia al error.

El caso del cacao no es aislado. Indonesia y Malasia producen juntos más del 80% del aceite de palma del planeta, un insumo presente en la mitad de los productos de un supermercado, desde galletas hasta champús. Brasil, por su parte, se perfila para cosechar en el ciclo 2026/27 alrededor de 186 millones de toneladas de soya, cifra que según el USDA representaría cerca del 42% de la producción mundial de la oleaginosa, y junto con Estados Unidos concentra casi el 80% de las exportaciones globales.

Tres cultivos, tres geografías distintas, un mismo patrón que se repite en el café, el arroz, el trigo o la caña de azúcar. La pregunta que surge es por qué el mundo sigue apostando por depender de tan pocos proveedores para alimentarse.

La respuesta corta es que la naturaleza no reparte oportunidades de manera uniforme. El cacao necesita un clima ecuatorial húmedo, con lluvias constantes y suelos específicos, condiciones que se dan de forma casi ideal en la franja que va de Costa de Marfil a Camerún. La palma aceitera rinde 2.9 toneladas por hectárea frente a apenas 0.47 toneladas de la soya, según datos recopilados por El Orden Mundial, y esa productividad descomunal solo se logra en el trópico húmedo del sudeste asiático.

Brasil, mientras tanto, dispone de tierra virgen y agua en cantidades que ningún otro competidor puede igualar hoy, lo que explica por qué su producción de soya pasó de 96 millones de toneladas en 2015/16 a las cerca de 186 millones proyectadas para 2026/27, un salto que Argentina, con su superficie agrícola prácticamente estancada, no pudo replicar. La geografía, entonces, no es un detalle menor sino la primera y más honesta explicación de por qué el mapa agrícola del mundo se ve tan desigual.

Pero reducir el fenómeno a la geografía sería quedarse a mitad de camino. Malasia no llegó a ser el segundo productor mundial de aceite de palma por accidente, sino gracias a políticas públicas explícitas orientadas a reducir su dependencia del caucho y a construir toda una cadena logística e industrial alrededor de la palma. Brasil hizo algo parecido con la agricultura tropicalizada que desarrolló Embrapa desde los años setenta, que permitió cultivar soya en el Cerrado, una región que hasta entonces se consideraba agrícolamente estéril.

Es decir, detrás de cada país dominante hay decisiones de infraestructura portuaria, crédito rural, investigación agronómica y política cambiaria sostenidas durante generaciones, no solo un golpe de suerte climático.

Ahora bien, aquí es donde el análisis exige matices, porque esta concentración no es solo una amenaza sino también, para los países que la protagonizan, una fuente legítima de desarrollo. El cacao sostiene a 850 mil familias agricultoras en Ghana y genera alrededor de 2,000 millones de dólares anuales en divisas para ese país, según estimaciones de COCOBOD citadas por medios especializados.

En Costa de Marfil, la actividad involucra a 1.1 millones de productores registrados y sustenta al 25% de la población total del país. Para esas economías, la dominancia de un cultivo no es una anomalía peligrosa sino la columna vertebral de su desarrollo rural, su principal generador de empleo y su vía de inserción en el comercio internacional. Pedirles que diversifiquen de la noche a la mañana ignora que ese cultivo es, para millones de familias, la diferencia entre la subsistencia y la pobreza extrema.

El otro lado de la moneda, sin embargo, es innegable y lo confirma la volatilidad reciente de los mercados. Cuando la concentración se combina con un choque climático o una enfermedad, el resultado es una crisis de precios que golpea primero a los consumidores más vulnerables. El cacao vivió subidas históricas entre 2023 y 2025, con la tonelada superando los 10,000 dólares, después de dos cosechas consecutivas por debajo de la media en África Occidental, afectadas por calor extremo, lluvias intensas y el virus del brote hinchado del cacao.

El aceite de palma sufrió un episodio similar en 2022, cuando Indonesia impuso una prohibición temporal de exportaciones que disparó los precios internacionales de golpe. En ambos casos, la lección fue la misma; cuando el suministro mundial de un producto depende de dos o tres países, no existe un colchón real ante el imprevisto, y el resto del planeta queda expuesto a decisiones tomadas en Abiyán, Yakarta o Brasilia sin haber tenido ninguna injerencia en ellas.

Frente a esa fragilidad han surgido alternativas que muestran que la concentración no es un destino inevitable. Ecuador ha aprovechado las tensiones entre Ghana y Costa de Marfil para consolidarse como el tercer exportador mundial de cacao, con cerca de 600 mil toneladas en 2025 y una participación cercana al 10% de la producción global, posicionándose como un origen confiable y abierto frente a un bloque que algunos productores consideran más político que técnico.

De forma parecida, Tailandia, aunque lejos de Indonesia y Malasia, ha ganado terreno gradual en el aceite de palma, y Argentina y Estados Unidos siguen disputándole terreno a Brasil en la soya pese a las diferencias de escala. Estos casos demuestran que la diversificación es posible, aunque lenta, costosa y dependiente de inversiones sostenidas en infraestructura y genética vegetal que pocos gobiernos están dispuestos a mantener durante décadas.

En definitiva, el dominio de ciertos países sobre cultivos estratégicos no responde a una sola causa sino a la combinación de una geografía que no se puede replicar, decisiones de política agrícola sostenidas en el tiempo y estructuras de mercado que recompensan la escala.

Esa concentración trae consigo desarrollo genuino para las economías productoras, pero también una fragilidad estructural para el resto del mundo que depende de que el clima, la política y la biología cooperen al mismo tiempo en un puñado de regiones.

La verdadera pregunta para los próximos años no es si esta concentración va a desaparecer, porque las condiciones agroecológicas seguirán favoreciendo a los mismos actores, sino si el resto del planeta logrará construir suficientes orígenes alternativos, reservas estratégicas y acuerdos comerciales flexibles para amortiguar el próximo choque cuando, no si, vuelva a ocurrir.

Fuentes consultadas

Olmo Axayacatl Bastida Cañada

Soy Olmo Axayacatl Bastida Cañada, un profesional agrícola que ayuda a otros profesionales agrícolas con perfil técnico a desarrollar habilidades humanas para comunicar mejor y vender más. Más información

El noticiero del agro

Lo que sucede en el agro, en 90 segundos o menos. En YouTube, Facebook, TikTok e Instagram.

Somos Agricultura

Conversaciones con gente del agro que comparte sus conocimientos y experiencias. En YouTube.