Casi la mitad de la humanidad come gracias a un invento de laboratorio que cumple más de un siglo. Se trata del proceso Haber Bosch, la técnica que permite fabricar nitrógeno sintético a partir del aire. Sin ella, el planeta apenas podría alimentar a entre 3,500 y 4,000 millones de personas, muy lejos de los más de 8,000 millones que hoy habitan la Tierra.
Esa cifra. por sí sola, debería inquietar a cualquier consumidor, porque revela una verdad que no podemos negar. La seguridad alimentaria global no descansa solamente en la tierra, el clima o la mano de obra. Descansa, en buena parte, en una cadena de suministro de fertilizantes que puede romperse por una guerra, una crisis energética o una decisión política apresurada.
Ese último escenario ya ocurrió, y sus consecuencias todavía se estudian (y deberían estudiarse mucho más). En abril de 2021, el gobierno de Sri Lanka prohibió de un día para otro la importación de fertilizantes y pesticidas sintéticos, con la intención de convertir al país en el primero del mundo en practicar agricultura cien por ciento orgánica.
Y dicha medida nació de una preocupación legítima, ya que desde hace años se investigaba una posible relación entre los agroquímicos y una enfermedad renal crónica que afectaba a comunidades agrícolas de aquel país. Sin embargo, la transición se hizo sin planeación, sin apoyo técnico y sin tiempo para que los productores adaptaran sus sistemas. El resultado fue devastador para los casi dos millones de agricultores del país.
Los números cuentan una historia difícil de discutir. Según datos del Departamento de Censos y Estadísticas de Sri Lanka, la cosecha de arroz cayó 36% durante 2021 y 2022. Otros análisis, citados por organismos como la FAO, hablan de una caída de producción de alimentos de entre 40% y 50% en una sola temporada agrícola. El té, principal producto de exportación del país, perdió cerca de 35% de su rendimiento, lo que representó pérdidas estimadas en 425 millones de dólares. La inflación de alimentos llegó a superar 90%, y el gobierno terminó importando cientos de millones de dólares en arroz para evitar el desabasto. Meses después, el presidente que impulsó la medida renunció y abandonó el país en medio de protestas masivas.
Frente a estos hechos, sería fácil concluir que la agricultura sin fertilizantes de síntesis química es simplemente inviable. Pero el agro rara vez admite conclusiones tan tajantes. El propio caso de Sri Lanka tiene matices que suelen quedar fuera de los titulares.
La crisis económica del país ya venía gestándose antes del anuncio, golpeada por la caída del turismo durante la pandemia y por reservas de divisas insuficientes para importar insumos. Varios investigadores señalan que la prohibición no fue la única causa del colapso, sino un detonante que se sumó a una situación ya frágil. Esto no exime la mala planeación del gobierno, pero sí matiza la lectura de que “lo orgánico” fracasó por sí mismo. Lo que fracasó, en realidad, fue un cambio abrupto sin transición, sin financiamiento y sin evidencia técnica suficiente sobre la disponibilidad real de abono orgánico.
Aquí aparece el otro lado de la moneda, uno que merece espacio en esta conversación. Existen datos que muestran resultados menos catastróficos para la agricultura orgánica cuando se aplica con planeación de largo plazo. El ensayo DOC, desarrollado por el instituto suizo FiBL durante casi medio siglo, encontró que ciertos cultivos orgánicos, como la soya, alcanzaron rendimientos similares a los convencionales. También se registraron niveles de humus 16% más altos en los suelos orgánicos, junto con una actividad biológica del terreno hasta 83% superior. Esto sugiere que la salud del suelo mejora con el tiempo, aunque el camino hacia esa mejora no sea inmediato ni gratuito.
Al mismo tiempo, la ciencia tampoco ofrece una respuesta única sobre la brecha de rendimiento entre ambos modelos. Un metaanálisis publicado en Agricultural Systems encontró que esa brecha varía mucho según el cultivo y la región, por lo que no existe una regla universal aplicable a todo el planeta.
Otros estudios, en cambio, insisten en que los rendimientos orgánicos suelen quedar por debajo de los convencionales, sobre todo en cereales como el trigo y en tubérculos como la papa, justamente los cultivos que más peso tienen en la dieta de países en desarrollo. La diferencia, entonces, no es un asunto ideológico sino agronómico, y depende de variables como el tipo de suelo, la disponibilidad de biomasa local y el acceso a tecnología de manejo.
Lo que el caso de Sri Lanka enseña, más allá de las cifras, es que la velocidad del cambio importa tanto como la dirección del cambio. Ningún país puede sustituir de la noche a la mañana un insumo que sostiene la producción de alimentos de millones de personas. La transición hacia modelos con menos dependencia química parece posible, pero exige algo que no se menciona en los discursos políticos, que es tiempo. Se necesitan años para construir sistemas de compostaje a escala, para capacitar productores, para desarrollar variedades de cultivo adaptadas y para generar la infraestructura que reemplace, poco a poco, lo que hoy aporta la química industrial.
También exige honestidad sobre los costos. Producir amoníaco sintético genera cerca de 450 millones de toneladas de CO2 al año, una cifra comparable al doble de las emisiones anuales de España. Ese dato alimenta el argumento de quienes buscan alternativas más limpias. Pero abandonar el nitrógeno sintético sin un sustituto probado, como intentó hacer Sri Lanka, pone en riesgo algo todavía más urgente que el clima a largo plazo, que es la comida en la mesa de este año.
El agro, entonces, no admite blancos ni negros absolutos. La dependencia de los fertilizantes sintéticos es real y tiene costos ambientales que no deben ignorarse. La agricultura orgánica también tiene beneficios comprobados para el suelo y la biodiversidad, cuando se implementa con paciencia.
La lección de Sri Lanka no es que lo orgánico esté condenado al fracaso, sino que ningún cambio estructural en la producción de alimentos puede improvisarse.
El futuro del campo probablemente no está en elegir un bando, sino en construir sistemas híbridos, donde la reducción química avance al ritmo que la evidencia y la infraestructura permitan, sin apostar la seguridad alimentaria de millones de personas a un experimento sin red de protección.
Fuentes consultadas
- Sri Lanka’s Organic Farming Experiment, How a Nationwide Fertilizer Ban Triggered an Agricultural and Economic Crisis
- Fertilizer Ban Trims Yields by 30-60%
- On the feasibility of an agricultural revolution, Sri Lanka’s ban of chemical fertilizers in 2021
- The transition that wasn’t, why Sri Lanka’s organic farming approach failed
- Sri Lanka’s Organic Experiment Went Very, Very Wrong
- Sri Lanka’s food crisis
- La guerra de Irán provoca una escasez mundial de fertilizantes
- Un nuevo hito al estilo Haber Bosch, Europa necesita reevaluar su producción de fertilizantes
- Conventional farming
- La agroecología rentable



