El poder real de los supermercados sobre el campo mexicano
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El poder real de los supermercados sobre el campo mexicano

Un productor de tomate en Sinaloa entrega su cosecha y, muchas veces, no decide el precio que recibe por ella. Ese precio ya viene definido desde antes, marcado por quien compra en grandes volúmenes y con calendario fijo. Ahí surge el desbalance de poder entre miles de productores dispersos y un puñado de cadenas que concentran cada vez más las compras de frutas y hortalizas frescas.

Este desequilibrio no es una percepción aislada. Según datos del Censo Agrícola, Ganadero y Forestal del INEGI, retomados por la propia Comisión Federal de Competencia Económica (COFECE), 31% de los productores de calabacita en México consideraba que la comercialización era el principal obstáculo para su actividad, cifra que se repetía en 27% de los productores de papa, 24% de los de tomate y 25% de los de naranja. Son números que confirman algo que cualquier agricultor cuenta de viva voz, vender no siempre es el problema, el problema es a qué precio y bajo qué condiciones se vende.

La razón detrás de esta asimetría tiene lógica económica. En el sector agrícola conviven miles de productores con apenas unas cuantas cadenas de autoservicio capaces de mover grandes volúmenes todos los días del año. Ese contraste, donde la oferta está fragmentada y la demanda concentrada, otorga a los compradores un margen de negociación que pocas veces tienen los productores individuales. La Organización de las Naciones Unidas ya lo había advertido desde 2016, en la mayoría de los países los mercados minoristas están concentrados en pocas cadenas que pueden ejercer un poder de mercado considerable, y México no es la excepción.

Ese poder tiene consecuencias que se sienten en el bolsillo de nuetros hogares. Un estudio publicado en Estudios Sociales señala que México ocupaba el lugar 91 de 140 países en la dimensión de concentración del poder de mercado, de acuerdo con el Foro Económico Mundial, y que esa concentración implica que las familias mexicanas terminan destinando 15.7% más de su ingreso del que pagarían en condiciones de competencia real. Otro análisis, publicado por Chavarín Rodríguez en Paradigma Económico, documenta que entre 2005 y 2016 el crecimiento acumulado de los precios de los alimentos en México fue de 66.8%, un ritmo bastante mayor que el promedio registrado en los países más desarrollados durante el mismo periodo.

Aquí conviene hacer una pausa, porque tampoco se trata de narrar una historia de abuso, pues sacaríamos de contexto la situación. Las cadenas de supermercados también resuelven un problema real, garantizar que millones de consumidores encuentren fruta y verdura fresca los 365 días del año, con calidad consistente y precio relativamente estable. Cumplir esa promesa exige una logística compleja, cadena de frío, almacenamiento, transporte especializado y estándares sanitarios que muchos productores pequeños no podrían costear por sí solos. En ese sentido, el supermecado moderno no solo compra volumen, también absorbe riesgo, financia infraestructura y, en ocasiones, adelanta recursos a productores que de otra forma no tendrían acceso a crédito.

Además, el poder de las grandes cadenas dista de ser absoluto, sobre todo si se mira el panorama completo de la distribución de alimentos en México. De acuerdo con datos de NielsenIQ citados por The Logistics World, el canal tradicional (las tienditas de la esquina) sigue representando más de la mitad de las ventas de alimentos y bebidas en el país, con alrededor de 1,200,000 puntos de venta operando en todo el territorio.

La Central de Abasto de la Ciudad de México, por su parte, continúa siendo el principal centro de acopio hortofrutícola de la república, y funciona como bisagra entre el sistema tradicional y el moderno, algo que documenta un estudio publicado en la revista Estudios Sociales y Regionales de la UAEM. Esto significa que, aunque el canal moderno gana terreno año con año (Kantar reportó en 2025 que ya concentra más de la mitad del gasto en bienes de consumo masivo), la dependencia total del agricultor mexicano hacia los supermercados todavía no es absoluta.

Tampoco puede ignorarse que la intermediación, con muchos abusos documentados, cumple una función logística que agrega valor real. Un intermediario que clasifica, empaca, transporta y almacena en frío está resolviendo un problema que el productor solo, sin infraestructura ni conocimientos de comercialización, difícilmente podría resolver por su cuenta. El propio análisis de Chavarín Rodríguez reconoce que una parte relevante de los productores nacionales vende directamente al intermediario justamente por esa especialización, no solo por falta de opciones.

El caso de Estados Unidos, citado en un estudio comparativo publicado en la revista venezolana Fermentum, ilustra hacia dónde puede evolucionar esta concentración si no se atiende a tiempo. Ahí, apenas seis cadenas de hipermercados (Walmart, Kroger, Albertsons, Safeway, Costco y Ahold) controlaban más de la mitad del mercado de distribución minorista, y de cada dólar gastado en alimentos, 21 centavos terminaban en las cajas de Walmart, una cifra que se proyectaba llegar a 50 centavos hacia 2010. México todavía está lejos de ese nivel de concentración, pero la tendencia global apunta en esa dirección y conviene vigilarla de cerca.

La verdadera pregunta, entonces, no es si las cadenas de supermercados tienen poder sobre el volumen de compra agrícola en México (claramente lo tienen), sino si ese poder se ejerce de forma que también beneficie al productor, no solo al consumidor final y al accionista.

La COFECE ya identificó que productos como el pan, las frutas, las verduras, los lácteos, el pollo y el huevo muestran elasticidades de demanda bajas, lo que los vuelve especialmente vulnerables cuando existe poder de mercado concentrado en pocas manos. Ese hallazgo técnico tiene una lectura sencilla, cuando el consumidor no puede dejar de comprar tortillas, tomate o huevo aunque suba el precio, quien controla la compra al productor tiene incentivos para capturar más margen del que sería razonable en un mercado plenamente competitivo.

El reto para el agro mexicano no es entonces eliminar a las grandes cadenas, que aportan eficiencia, alcance y estabilidad al abasto nacional, sino equilibrar la balanza para que ese poder de compra se traduzca en contratos más justos, información más transparente y mayor capacidad de negociación colectiva para el productor. Ahí, más que en el discurso, está el verdadero espacio de mejora para los próximos años.

Olmo Axayacatl Bastida Cañada

Olmo Axayacatl Bastida Cañada

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