El maíz y el trigo que se cultiven dentro de varias décadas podrían depender, en parte, de semillas que hoy se mantienen guardadas y fuera de la producción comercial. Por eso CIMMYT envió 3,370 muestras conservadas en México a la Bóveda Global de Semillas de Svalbard, en Noruega. El depósito incluye materiales de maíz, trigo común, trigo duro, trigo emmer silvestre y triticale, todos resguardados como una copia de seguridad de colecciones que siguen disponibles para investigación.
La idea de almacenar semillas cerca del Polo Norte puede sonar extrema, pero el propósito es bastante práctico. Svalbard funciona como un respaldo frente a la posible pérdida de materiales conservados en otros bancos de germoplasma. Las semillas no se envían ahí para sembrarlas ni para desarrollar nuevos cultivos. Permanecen almacenadas y solo podrían recuperarse por la institución que las depositó.
Esto resulta relevante porque un banco de germoplasma guarda mucho más que semillas: conserva diversidad genética acumulada durante generaciones. Dentro de una colección pueden existir materiales poco productivos para la agricultura actual, pero capaces de tolerar mejor una sequía, resistir determinada enfermedad o desarrollarse bajo condiciones que otras variedades no soportan.
CIMMYT mantiene en México alrededor de 28,630 accesiones de maíz y más de 124,000 de trigo. Una parte importante de esas colecciones ya cuenta con respaldo en Svalbard. La nueva entrega amplía esa protección y reduce el riesgo de que materiales difíciles de reemplazar desaparezcan por accidentes, conflictos, fallas técnicas o cualquier otro problema que afecte a una colección principal.
Tener esa diversidad disponible también permite reaccionar cuando aparece una amenaza inesperada. CIMMYT ha documentado un ejemplo con la necrosis letal del maíz en África oriental. Investigadores evaluaron cerca de 1,000 accesiones de maíces nativos y encontraron diez con resistencia a los virus relacionados con la enfermedad. Materiales que podían parecer poco relevantes terminaron ofreciendo características útiles para enfrentar un problema concreto.
Eso no significa que alguna de las 3,370 muestras enviadas ahora vaya a convertirse necesariamente en una variedad comercial. Es imposible saberlo. Su valor está precisamente en conservar opciones que hoy quizá no parecen necesarias, pero que podrían adquirir importancia si cambian el clima, las enfermedades o las condiciones de producción.
Para agricultores y empresas, este tipo de trabajo tiene un efecto poco visible en el corto plazo. No cambia los precios de esta semana ni modifica la producción del próximo ciclo. Su impacto aparece más adelante, cuando los programas de mejoramiento necesitan encontrar genes y características que permitan desarrollar variedades mejor adaptadas.
Por eso el envío a Svalbard no debe verse como una colección de semillas congeladas sin uso. Es una forma de asegurar que la agricultura conserve parte de su capacidad de adaptación. La bóveda protege una copia, mientras que el trabajo cotidiano continúa en bancos como el de CIMMYT en México, donde esos materiales siguen siendo conservados, estudiados y utilizados en investigación.
Fuente: Debate



