Cada temporada se repite la misma escena en distintas regiones del continente. Miles de productores llegan a la misma conclusión casi al mismo tiempo, que conviene sembrar el cultivo que dejó buen margen el ciclo anterior, y con esa decisión colectiva siembran superficies enormes del mismo producto.
El resultado, meses después, es una cosecha que satura los mercados, hace colapsar los precios y convierte el esfuerzo del campo en pérdidas para quienes lo produjeron. Este patrón, lejos de ser una anécdota aislada, es el problema estructural más doloroso del agro latinoamericano, porque golpea justo cuando el productor cree haber acertado.
El caso más reciente ocurrió en Sinaloa, epicentro del maíz blanco en México. Ante la escasez de agua, miles de agricultores sustituyeron su cultivo principal por papa, chile y frijol, buscando compensar la caída de la oferta de maíz. La intención era razonable, pero el resultado fue el opuesto, porque al coincidir tantas decisiones individuales en la misma dirección se sembraron superficies muy amplias que generaron un excedente imposible de colocar en el mercado.
Un líder agrícola de la región señaló que en algunos cultivos hubo sobreproducción y en otros importación, y que en el maíz y en la papa se juntaron ambos factores hasta que el mercado se desplomó como nunca. Algo parecido se vive hoy en Colombia con el plátano, donde condiciones climáticas similares en distintas regiones sincronizaron las cosechas y generaron una sobreoferta que ha llevado a que numerosos racimos queden colgados en la planta, porque cosecharlos cuesta más de lo que se recupera al venderlos.
Este fenómeno tiene nombre propio en la teoría económica y no es nuevo. En 1938 el economista Mordecai Ezekiel formalizó el llamado teorema de la telaraña, que explica por qué los mercados agrícolas oscilan de forma tan marcada. La lógica es simple aunque implacable.
Cuando un cultivo tiene buen precio, los productores deciden sembrar más para aprovechar la oportunidad, pero como la siembra y la cosecha están separadas por meses, esa decisión se toma sin saber cuántos otros productores están pensando lo mismo. Al llegar la cosecha, la sobreoferta hunde el precio, lo que desincentiva a sembrar ese cultivo el ciclo siguiente, provocando escasez y un nuevo repunte de precios que reinicia el ciclo. Ezekiel explicaba que los agricultores tienden a usar el precio de ayer para predecir el precio de mañana, y ese error, repetido temporada tras temporada, mantiene al sector atrapado en un vaivén que rara vez beneficia a quien produce.
Visto así, podría parecer que el problema es simplemente falta de información o de coordinación, y que bastaría con mejores datos para resolverlo. Sin embargo, la realidad del agro es más compleja, porque hay razones legítimas y hasta racionales que explican por qué tantos productores terminan sembrando lo mismo en el mismo momento.
Una de ellas es el propio ciclo biológico de los cultivos, ya que el clima, la disponibilidad de agua y las ventanas de siembra recomendadas por cada región suelen coincidir para todos los productores de una zona, sin importar si siembran maíz, papa o frijol. Otra razón es económica, pues los cultivos transitorios (aquellos que se siembran y cosechan en un mismo ciclo) permiten a los productores cambiar de cultivo cada temporada según qué les resultó más rentable el año anterior, lo que en teoría da flexibilidad, pero en la práctica multiplica las probabilidades de que muchos tomen la misma decisión a la vez.
En cambio, cultivos perennes como el café o los frutales no ofrecen esa posibilidad, porque exigen inversiones de largo plazo que un productor no abandona solo porque el precio bajó un ciclo, así que ese segmento del agro tiende a ser menos volátil, aunque también menos capaz de reaccionar ante oportunidades.
Del otro lado de la moneda está el argumento de que la sincronización productiva no es exclusivamente un error de cálculo, sino también una consecuencia de cómo está organizado el financiamiento y el acompañamiento técnico en el campo. Cuando una entidad gubernamental, una aseguradora agrícola o un proveedor de insumos recomienda un paquete tecnológico para determinado cultivo en una región, esa recomendación llega a cientos de productores simultáneamente, y todos avanzan al unísono no por copiarse entre sí sino por responder al mismo estímulo externo.
Economistas de la Universidad ESAN de Perú han señalado que si todos los agricultores siembran el mismo cultivo porque tuvo buenos precios el año anterior, es muy probable que se genere una sobreoferta y una caída abrupta de precios, ya que la demanda no crece al mismo ritmo que la oferta. Ese mismo análisis reconoce que los estados han intentado implementar sistemas de información sobre siembras y alertas tempranas de sobreproducción, aunque su ejecución todavía enfrenta desafíos importantes, lo que confirma que el problema es conocido desde hace décadas y que la solución no depende únicamente de la voluntad del productor individual.
Existen además experiencias que muestran que la coordinación sí reduce el riesgo cuando se organiza bien. En cultivos como la lechuga, cuando las siembras se realizan de manera organizada a través de cooperativas de productores, el riesgo y las fluctuaciones de precio tienden a ser menores, porque la oferta se planifica de forma conjunta en lugar de depender de decisiones aisladas.
La siembra escalonada, que consiste en programar las plantaciones de forma sucesiva a lo largo de la temporada en vez de concentrarlas todas en una misma fecha, cumple una función parecida, ya que evita que toda la producción de una región llegue al mercado en la misma semana. Estas soluciones no eliminan el ciclo de la telaraña, pero sí lo suavizan, y demuestran que la sobreoferta no es un destino inevitable sino, en buena medida, una consecuencia de decisiones que todavía se toman con información incompleta.
Lo cierto es que ni el productor individual actúa de forma irracional al sembrar lo que le funcionó antes, ni el mercado está condenado a repetir el mismo colapso cada temporada. La tensión está entre una lógica de corto plazo, perfectamente entendible desde la necesidad de cada parcela de generar ingresos, y una lógica de sistema, que exige información compartida, financiamiento diversificado y esquemas de comercialización que resistan la volatilidad.
Mientras esas dos lógicas no se hablen mejor entre sí, seguiremos viendo cosechas abundantes convertidas en pérdidas, y esa paradoja seguirá siendo, con toda razón, uno de los dolores más persistentes del campo latinoamericano.
Fuentes consultadas
- Desplome de precios por sobreoferta e importaciones en 2025
- Campesinos embalados por los irrisorios precios del plátano
- Teorema de la telaraña, Wikipedia
- La telaraña y el retorno a la racionalidad
- Elasticidad de la demanda y oferta en productos agrícolas del Perú, Conexión ESAN
- Fluctuaciones de precios de productos agrícolas, oferta y demanda
- Por qué cambian los precios, FAO



