Lo natural no es garantía de salud y el campo lo sabe
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Lo natural no es garantía de salud y el campo lo sabe

El problema que enfrenta hoy la cadena agroalimentaria no es la falta de demanda, sino la confusión que ella misma ha ayudado a construir.

Durante años, la palabra “natural” se convirtió en el atajo mental perfecto para el consumidor con prisa, la etiqueta que sustituye la lectura completa de ingredientes y que activa, casi de forma automática, la sensación de estar comprando algo mejor para su cuerpo. El agro lo sabe, lo ha sabido desde hace tiempo, y en muchos casos ha decidido no corregir esa confusión porque le resulta rentable mantenerla viva.

El costo de este malentendido es relevante. Estudios sobre el llamado efecto halo, que analizan cómo los consumidores atribuyen cualidades saludables a un producto solo por llevar ciertas palabras en el empaque, muestran que términos como “orgánico” o “natural” pueden reducir la percepción calórica de un alimento, aumentar la disposición a pagar por él y, al mismo tiempo, estigmatizar a productos convencionales que no tienen nada de malo.

Esa distorsión perjudica tanto al consumidor desinformado como al productor honesto que no juega ese juego semántico, mientras favorece a quien sabe explotar la ambigüedad de una palabra que, en la mayoría de los países, no está regulada con precisión.

Aquí es donde el debate se complica y deja de ser un asunto de buenos contra malos. Por un lado existe una realidad de mercado innegable, el sector de alimentos orgánicos y naturales mueve cifras que ya no pueden calificarse de nicho. Distintas consultoras sitúan el valor global del mercado orgánico entre 180 y más de 300 mil millones de dólares en 2025, con tasas de crecimiento anual que oscilan entre el 6-14%, dependiendo de la fuente y la metodología.

En Estados Unidos más de siete de cada diez hogares compran productos orgánicos con cierta regularidad, y organismos como la FAO han señalado que estos productos pueden generar hasta un 30% más de ingresos para el productor en comparación con sus equivalentes convencionales. Ese apetito no nace de la nada, refleja una preocupación genuina por la salud, el ambiente y la trazabilidad que ha ido madurando desde la pandemia, cuando el cuidado del cuerpo se volvió prioridad para millones de personas.

Por otro lado, la ciencia ha sido bastante clara al señalar que “natural” y “seguro” no son sinónimos, y mucho menos “natural” y “saludable”. La rotenona, una sustancia de origen vegetal utilizada como plaguicida en frutales, tiene un grado de toxicidad comparable al del DDT y hoy está catalogada como toxina ambiental.

Muchas de las toxinas que las propias plantas producen para defenderse de sus depredadores pueden resultar dañinas para los mamíferos, y sin embargo generan mucho menos alarma pública que los residuos de agroquímicos sintéticos, aun cuando estos últimos suelen tener mecanismos de acción más específicos y, en dosis reguladas, un perfil de riesgo más controlado.

Un estudio publicado en años recientes por investigadores europeos encontró que alrededor del 90% de los plaguicidas convencionales pasan por rigurosos programas de cribado toxicológico, mientras que buena parte de los ingredientes activos naturales autorizados en agricultura ecológica son en realidad microorganismos vivos cuya seguridad se evalúa bajo criterios distintos. Ninguno de los dos bandos sale limpio de este análisis, lo sintético no es automáticamente peligroso y lo natural no es automáticamente inocuo.

La agricultura orgánica, de hecho, no está libre de pesticidas como muchos suponen, simplemente utiliza sustancias que no son de síntesis química. Esa distinción, tan técnica como incomprendida por el público general, es justo el terreno donde se cuela la mayor parte de la confusión comercial. Cuando una etiqueta asegura que un producto está “libre de nitratos” mientras contiene jugo de apio, una fuente natural de esa misma sustancia, o cuando se promociona como bajo en grasa un alimento que compensa el sabor con más azúcar o sodio, el consumidor no está siendo informado, está siendo dirigido hacia una decisión de compra basada en una percepción y no en un hecho nutricional verificable.

El agro enfrenta entonces una tensión entre dos fuerzas legítimas. Por un lado, la presión regulatoria ha empezado a endurecerse, en Europa ya se retiraron del mercado leches enriquecidas con omega 3 que afirmaban reducir el colesterol sin sustento suficiente, mientras que a las nueces, un alimento natural con evidencia científica sólida sobre sus beneficios cardiovasculares, la legislación no les permite hacer esa misma declaración. Esa asimetría regulatoria termina beneficiando a productos procesados con aditivos funcionales y penalizando a productores de alimentos frescos que no tienen los recursos para navegar el aparato legal de las declaraciones de salud.

Por otro lado, la demanda de transparencia crece con fuerza, encuestas recientes en Europa muestran que hasta un 74% de los consumidores está dispuesto a pagar más por certificaciones ecológicas confiables, lo que abre una oportunidad genuina para quienes sí invierten en trazabilidad real.

La salida razonable para el sector no pasa por abandonar la palabra “natural” ni por convertirla en tabú, sino por dejar de usarla como sustituto de la evidencia. Un productor que respalda su producto con datos nutricionales concretos, certificaciones verificables y prácticas de manejo transparentes construye una ventaja competitiva mucho más duradera que la que ofrece un adjetivo de moda.

Los consumidores, cada vez más alfabetizados en temas de etiquetado gracias a estudios divulgados por universidades y medios especializados, están aprendiendo a distinguir entre marketing y nutrición, y esa alfabetización terminará por castigar a quienes sigan apostando únicamente por la palabra bonita en el empaque.

El futuro de la reputación agroalimentaria dependerá de qué tan dispuesto esté el sector a admitir esta complejidad frente a sus propios clientes. Ni todo lo natural es dañino, ni todo lo sintético es peligroso, ni toda certificación orgánica garantiza un beneficio nutricional superior. Reconocer esos matices, en lugar de simplificarlos para vender más rápido, es quizás la única estrategia de largo plazo que realmente protege tanto la confianza del consumidor como la viabilidad del negocio agrícola.

Olmo Axayacatl Bastida Cañada

Soy Olmo Axayacatl Bastida Cañada, un profesional agrícola que ayuda a profesionales agrícolas con perfil técnico a desarrollar habilidades humanas que los proyecten en el mundo laboral. Visita mi web personal

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