Desde 2019, el gobierno federal mexicano no ha autorizado un solo permiso nuevo para importar semillas de algodón genéticamente modificado. Mientras tanto, los productores algodoneros del país siguen sembrando con un puñado de variedades que, en sus propias palabras, ya cumplieron su ciclo de vida útil: alrededor de 20 materiales biotecnológicos frente a las casi 50 opciones disponibles en Estados Unidos, el proveedor natural de esta fibra para el noroeste mexicano.
Esa brecha, sostenida por la negativa de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT) a emitir la autorización que sí otorga sin objeción la Secretaría de Agricultura, es hoy la fricción más profunda del sector algodonero nacional.
El reclamo no es nuevo, pero se ha vuelto más urgente. Organizaciones como el Sistema Producto Algodón de San Luis Río Colorado, la Unión de Productores de Algodón de Chihuahua y comités estatales de Coahuila, Durango, Mexicali y Tamaulipas han pedido, sin éxito sostenido, abrir un diálogo formal con la dependencia ambiental.
Raúl Treviño, presidente del Sistema Producto Algodón, ha explicado que las semillas transgénicas tienen un periodo de vigencia agronómica y que sin actualización constante pierden eficacia frente a plagas como el gusano rosado, capaz de destruir hasta 40% de las bellotas de una cosecha. La paradoja es evidente: México es deficitario en algodón, pues su producción no alcanza para abastecer a la industria textil, y ese faltante se cubre importando fibra del extranjero que, en su enorme mayoría, también es transgénica. El país veta la semilla, pero no el producto terminado.
El propio Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) advirtió que la falta de acceso a semilla actualizada tendría un impacto drástico sobre los cultivos mexicanos a partir del ciclo 2023-2024, en un momento en que la superficie plantada ya venía limitada tanto por el encarecimiento de insumos como por la restricción tecnológica.
Las variedades que hoy siembran los productores mexicanos, señala ese mismo análisis, corresponden a materiales que los agricultores estadounidenses ya descartaron por obsoletos, una suerte de rezago genético heredado que erosiona la competitividad de la fibra nacional frente a la de sus vecinos del norte.
En este contexto de incertidumbre regulatoria conviene mirar al Valle del Yaqui, en Sonora, no como el centro del problema sino como un termómetro de sus efectos. Ahí, los productores mantienen cerca de 900 hectáreas sembradas de algodón, una cifra que se disparó frente a las 150 hectáreas del ciclo anterior y que los propios agricultores explican como una alternativa ante la volatilidad de los granos: El trigo de la región arrastra cosechas sin vender, precios que no alcanzan los costos de producción y la ausencia de esquemas de comercialización con garantía.
El algodón, en ese tablero, aparece como refugio relativo. Pero incluso ese refugio depende, en última instancia, de la misma variable que frena al resto del país, que es el acceso a genética actualizada.
Por un lado están quienes exigen destrabar los permisos. Según reportes del Servicio Internacional para la Adquisición de Aplicaciones Agrobiotecnológicas (ISAAA) y de organizaciones como Fundación Antama, entre el 79% y el 82% de la superficie mundial sembrada con algodón corresponde a variedades transgénicas, la tasa de adopción más alta entre los grandes cultivos biotecnológicos, por encima incluso de la soya en algunos años.
India siembra algodón Bt en cerca del 96% de su superficie, Pakistán en 97%, China en 95% y Estados Unidos supera el 90% de adopción combinada de resistencia a insectos y tolerancia a herbicidas. Argentina, con datos de ISAAA, ronda el 100%. Es decir: el mundo agrícola ya decidió, hace más de dos décadas, que esta tecnología reduce costos de control de plagas y malezas, mejora rendimientos y disminuye en muchos casos el número de aplicaciones de insecticida.
Para el productor mexicano que ve a sus vecinos texanos o de otros estados algodoneros sembrar la genética más reciente, la resistencia del las instituciones mexicanas se lee como una desventaja competitiva impuesta desde un escritorio, no desde el conocimiento del campo.
Pero el otro lado de la moneda también tiene sustento propio. La bióloga Ana Wegier, del Jardín Botánico del Instituto de Biología de la UNAM, documentó desde 2011 la presencia de transgenes en poblaciones silvestres de algodón en la Península de Yucatán, uno de los centros de origen y diversidad genética de la especie a nivel mundial.
Ese hallazgo no es anecdótico, pues comunidades de pueblos originarios que cultivan algodón nativo enfrentan el riesgo de que sus propias semillas den positivo a transgenes por polinización cruzada, con implicaciones legales, culturales y económicas que van más allá de lo agronómico.
A esto se suma un patrón observado en otros países productores, como Argentina, donde el uso masivo de variedades tolerantes a herbicidas ha favorecido la aparición de malezas resistentes al glifosato, obligando a los productores a diversificar y encarecer su paquete de agroquímicos en lugar de simplificarlo.
La postura oficial mexicana, ligada al decreto que buscó eliminar gradualmente el glifosato, no nace en el vacío, responde a una corriente de precaución que cuestiona si los beneficios de corto plazo compensan los riesgos de mediano plazo sobre biodiversidad y soberanía varietal.
Tampoco puede ignorarse que buena parte de la oferta de semilla transgénica está concentrada en dos multinacionales, Bayer CropScience y BASF, lo que alimenta el argumento de que abrir la puerta sin condiciones perpetúa una dependencia tecnológica de largo plazo para un cultivo que, a diferencia del maíz, no se destina al consumo humano directo en México y por tanto carece del mismo peso simbólico en el debate sobre soberanía alimentaria.
El resultado es un sector atrapado entre dos lógicas legítimas: La eficiencia productiva que reclaman los agricultores, respaldada por la evidencia de adopción global, y la cautela regulatoria que invoca el Estado, respaldada por evidencia científica sobre contaminación genética y resistencia de plagas.
Casos como el del Valle del Yaqui muestran que la discusión ya no es solo ideológica, sino que se cruza con decisiones muy concretas de reconversión productiva en zonas donde el agua escasea y los granos ya no garantizan rentabilidad. Resolver el diferendo entre gobierno y productores no eliminará por sí solo la incertidumbre del campo mexicano, pero sí despejará una de las variables que hoy nadie controla del todo; si la semilla que se siembra este ciclo seguirá siendo competitiva en el siguiente.
Fuentes consultadas:
- Productores de Algodón Exigen Permiso de Semarnat para Importar Semillas Transgénicas
- La batalla que el algodón transgénico enfrenta en México
- Agricultores Mexicanos se resisten al intento del gobierno de prohibir el algodón genéticamente modificado
- Prohibición de transgénicos repercutirá a algodón mexicano: USDA
- México: algodón transgénico impacta en especies silvestres
- 25 años de maíz y algodón transgénicos ¿qué hemos aprendido?
- Persiste trigo del Valle del Yaqui sin vender; productores exigen certeza en comercialización
- Región Valles del Yaqui y del Mayo: siembran trigo y cosechan deudas e incertidumbre
- Resurge el algodón en el Valle del Yaqui con 150 hectáreas sembradas
- El 82% de la producción mundial de algodón corresponde a algodón transgénico
- Cultivos Transgénicos: Situación Global
- Cómo las plantas transgénicas conquistaron el mundo
- La superficie mundial de cultivos transgénicos aumentó un 3,3% en 2022


