Principales cultivos producidos en México

Artículo - Principales cultivos producidos en México

La geografía de México es un mosaico de climas, altitudes y suelos que ha moldeado una de las agriculturas más diversas del planeta. Desde los valles templados del Bajío hasta las planicies tropicales de la costa del Golfo, los sistemas de cultivo responden a gradientes ambientales muy marcados y a historias culturales profundas. Esa combinación de ambiente y cultura explica por qué, en un mismo país, conviven tecnologías de punta en agricultura de exportación con prácticas campesinas milenarias que sostienen la seguridad alimentaria local.

En el corazón de esa diversidad se encuentran los granos básicos, encabezados por el maíz. México no solo es centro de origen y domesticación de Zea mays, sino también un laboratorio viviente de coevolución entre planta, ser humano y paisaje. El maíz se cultiva en prácticamente todos los estados, desde sistemas intensivos con híbridos de alto rendimiento en Sinaloa y Jalisco, hasta milpas de temporal en Oaxaca o Chiapas donde convive con frijol y calabaza. Esa asociación, lejos de ser un simple arreglo tradicional, es un diseño agroecológico sofisticado: el frijol fija nitrógeno, la calabaza cubre el suelo y reduce malezas, y el maíz aporta estructura vertical y grano energético. La productividad de estos sistemas no se mide solo en toneladas por hectárea de un cultivo, sino en la diversidad funcional y nutricional que generan.

La tensión aparece cuando se contrasta este modelo diversificado con la lógica de la agricultura industrial orientada a mercados globales. En el noroeste irrigado, el maíz es un cultivo de alto insumo: semillas mejoradas, fertilizantes sintéticos, riego presurizado y mecanización completa. El rendimiento por hectárea se multiplica, pero también lo hacen la dependencia de insumos externos, la vulnerabilidad a la volatilidad de precios y la presión sobre los recursos hídricos. El agua de cuencas sobreexplotadas y acuíferos en descenso sostiene una parte significativa del maíz de riego, lo que plantea preguntas incómodas sobre la sostenibilidad a mediano plazo de estos sistemas productivos.

Junto al maíz, el frijol ocupa un lugar central en la dieta y en los agroecosistemas mexicanos. Es el principal aporte de proteína vegetal para millones de personas y un componente clave de la fertilidad del suelo en regiones de agricultura campesina. Aunque se cultivan varias especies, Phaseolus vulgaris domina la superficie, con razas y variedades adaptadas a altitudes, fotoperiodos y regímenes de lluvia muy distintos. La aparente modestia del frijol oculta una sofisticada historia de selección campesina que ha dado lugar a una gran diversidad de colores, tamaños y tiempos de maduración. En términos agronómicos, su capacidad de fijar nitrógeno atmosférico reduce la necesidad de fertilizantes, pero esa ventaja solo se expresa plenamente en suelos biológicamente activos y manejos que no destruyen la microbiota asociada a la raíz.

El tercer pilar de la tríada mesoamericana, la calabaza, ocupa menos superficie que maíz y frijol, pero su papel ecológico y cultural es desproporcionado respecto a su área sembrada. Es una fuente importante de aceites, vitaminas y fibra, y sus flores, tallos y semillas amplían la paleta alimentaria. Más allá de la nutrición, las calabazas ejercen un efecto físico crucial: su follaje denso reduce la evaporación directa del suelo y amortigua los extremos térmicos en la rizosfera. Esa función es decisiva en sistemas de temporal donde la lluvia es errática y las olas de calor son cada vez más frecuentes por efecto del cambio climático. Cuando se sustituye la milpa por monocultivos de maíz, se pierde esa capa de regulación microclimática que actuaba como seguro ecológico.

Si se desplaza la mirada hacia los cultivos de renta, el aguacate emerge como símbolo de la nueva agricultura mexicana de exportación. En Michoacán, la expansión de Persea americana ha transformado bosques templados y paisajes agrícolas mixtos en extensos monocultivos que abastecen el mercado norteamericano. La demanda internacional ha impulsado inversiones, empleo y divisas, pero también ha desencadenado deforestación, cambios en el balance hídrico y conflictos socioambientales. El aguacate es un cultivo de alta demanda hídrica y manejo intensivo: fertilización, control fitosanitario y, en muchos casos, perforación de pozos profundos. Cada hectárea nueva que se planta en laderas antes boscosas altera la recarga de acuíferos y la dinámica de escorrentía, con implicaciones que superan el perímetro del huerto.

Un fenómeno paralelo ocurre con las berries: fresa, frambuesa, zarzamora y arándano han convertido a estados como Michoacán, Jalisco y Baja California en polos de agricultura altamente tecnificada. Estos cultivos, muchos bajo invernadero o macrotúnel, dependen de sistemas de riego por goteo, sustratos inertes y una logística de frío sofisticada para llegar en óptimas condiciones a los anaqueles de Estados Unidos, Europa o Asia. La productividad por unidad de superficie es extraordinaria, pero la huella de recursos también lo es. La extracción de agua, el uso intensivo de plásticos y la generación de residuos plantean retos que aún no se resuelven del todo mediante certificaciones o sellos de sustentabilidad. La pregunta central es si la agricultura protegida puede evolucionar hacia modelos circulares, con reciclaje de agua, energía renovable y reducción drástica de insumos fósiles.

En las regiones cálidas y subhúmedas, el caña de azúcar y el sorgo configuran paisajes muy distintos, pero igualmente determinantes para las economías regionales. La caña, concentrada en Veracruz, Jalisco y San Luis Potosí, es un cultivo perenne que ocupa suelos fértiles de valles y planicies aluviales. Su ciclo multianual permite amortizar inversiones, pero también prolonga la exposición del suelo a prácticas como la quema previa a la cosecha, con impactos en emisiones de gases y salud pública. La modernización de la caña pasa por mecanizar la cosecha verde, mejorar la eficiencia de los ingenios y valorizar subproductos como el bagazo y la vinaza. El sorgo, por su parte, se ha consolidado como alternativa al maíz en zonas semiáridas por su mayor tolerancia a la sequía y su versatilidad como grano y forraje. En un escenario de clima más errático, su rol como cultivo de adaptación será cada vez más estratégico.

No se puede entender la agricultura mexicana sin considerar las oleaginosas, en particular la soya y el cártamo, que abastecen cadenas pecuarias y agroindustriales. Aunque México importa buena parte de la soya que consume, en estados como Tamaulipas, Campeche y Chiapas se han desarrollado sistemas de producción que combinan variedades mejoradas, siembra directa y rotación con maíz o sorgo. La lógica agronómica es clara: romper ciclos de plagas, diversificar ingresos y mejorar la estructura del suelo. Sin embargo, la expansión de soya en regiones tropicales húmedas se asocia con cambios de uso de suelo y pérdida de biodiversidad, un patrón ya observado en otros países. La discusión sobre biotecnología, cultivos transgénicos y soberanía alimentaria se hace particularmente intensa en torno a estas oleaginosas.

En el ámbito de las hortalizas, México es una potencia silenciosa. Tomate, chile, cebolla, pepino y lechuga se producen a gran escala, tanto al aire libre como bajo agricultura protegida. El tomate rojo, por ejemplo, ha pasado de ser un cultivo de huerto familiar a un emblema de la exportación hortícola de alto valor. La adopción de invernaderos de alta tecnología en estados como Querétaro, Puebla o Sinaloa ha permitido controlar temperatura, humedad y nutrición mineral con precisión, reduciendo riesgos climáticos y aumentando la calidad comercial. Sin embargo, esta intensificación requiere un conocimiento fino de la fisiología vegetal y del manejo integrado de plagas; cuando se descuida ese equilibrio, la dependencia de plaguicidas y fungicidas puede aumentar, con efectos colaterales sobre la salud de trabajadores y ecosistemas cercanos.

Los cultivos perennes de frutales completan el cuadro con una mezcla de tradición y modernidad. Cítricos en Veracruz y Nuevo León, mango en Nayarit y Guerrero, papaya en Chiapas y Colima, y uva de mesa y vino en Baja California y Coahuila configuran corredores agroclimáticos especializados. La fisiología de estos frutales, su respuesta a la poda, la floración inducida y la carga frutal, se ha estudiado con detalle para ajustar fechas de cosecha y calibres a las exigencias del mercado. No obstante, al tratarse de cultivos de larga vida, cualquier decisión de plantación implica un compromiso de años con un escenario climático y económico incierto. De ahí el interés creciente en portainjertos más resilientes, en prácticas de conservación de suelo y en diversificación intrapredial que amortigüe riesgos.

A lo largo de este abanico de cultivos, una constante atraviesa la experiencia mexicana: la coexistencia de agricultura campesina, empresarial y corporativa en un mismo territorio. El maíz nativo y el aguacate de exportación pueden compartir cuenca y competir por agua; la milpa diversificada y el invernadero de alta tecnología pueden estar separados por una sola carretera. Esa proximidad obliga a repensar la planificación territorial, el acceso al crédito, la investigación pública y la gobernanza del agua. Las decisiones agronómicas sobre qué cultivar, cómo y dónde, ya no pueden entenderse solo como elecciones técnicas o económicas; son, cada vez más, decisiones ecológicas y sociales que determinarán la capacidad de México para alimentar a su población y, al mismo tiempo, mantener la integridad de sus paisajes agrícolas.

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