La geografía agrícola de Argentina es el resultado de una combinación poco frecuente de latitud, suelos jóvenes y un régimen climático que, pese a su variabilidad, ofrece una ventana productiva amplia. Sobre esa base se ha construido uno de los sistemas de agricultura extensiva más relevantes del mundo, articulado alrededor de unos pocos cultivos dominantes que moldean la economía, el uso del suelo y hasta la estructura social del territorio. Comprender estos cultivos no implica solo enumerarlos, sino rastrear cómo interactúan con la biología de los suelos, la tecnología disponible y las presiones del mercado global.
El primer protagonista, casi inevitable, es la soja (Glycine max). Su expansión desde la década de 1990 transformó la Pampa Húmeda y extendió la frontera agrícola hacia el NOA y el NEA. La combinación de suelos Molisoles, lluvias relativamente bien distribuidas y la adopción masiva de la siembra directa generó un sistema altamente eficiente en términos de costo por tonelada producida. Sin embargo, la soja no es solo un cultivo oleaginoso: es una pieza de un engranaje energético y proteico global. La demanda de harina de soja para alimentación animal en Asia y Europa convirtió a la Argentina en un nodo crítico de la seguridad alimentaria internacional, aunque a costa de una creciente homogeneización de paisajes y rotaciones.
Esa homogeneización tiene consecuencias agronómicas que se manifiestan en el mediano plazo. Los sistemas dominados por soja tienden a extraer grandes cantidades de nutrientes –sobre todo fósforo y azufre– y a simplificar la biota del suelo. La soja, a pesar de fijar nitrógeno atmosférico mediante simbiosis con rizobios, no compensa las pérdidas de carbono orgánico asociadas a rotaciones cortas y escasa inclusión de gramíneas. Por ello, la discusión sobre los principales cultivos argentinos no puede disociarse del debate sobre sustentabilidad: cada hectárea de soja desplaza, o bien complementa, otros cultivos como el maíz y el trigo, que cumplen funciones agronómicas y ecológicas diferentes.
El segundo pilar del sistema es el maíz (Zea mays), cuya importancia se ha reconfigurado en las últimas décadas. Históricamente considerado un cultivo “caro” en términos de insumos, el maíz sufrió un retroceso frente a la soja durante los años de mayor presión impositiva y volatilidad macroeconómica. Sin embargo, el avance de híbridos de alta productividad, la mejora en el manejo de fertilización nitrogenada y la valorización del maíz como insumo para cadenas de valor locales –feedlots, tambos, bioetanol– devolvieron protagonismo a este cereal. Su profundo sistema radicular y su elevada producción de rastrojo lo convierten en un aliado clave para la estructura del suelo y la reposición de carbono.
La coexistencia de soja y maíz en la misma rotación introduce una dinámica interesante. Ambas especies comparten la infraestructura mecanizada y el paquete tecnológico –siembra directa, agroquímicos, maquinaria de gran porte–, pero responden de manera diferente a la variabilidad climática. El maíz es más sensible a los déficits hídricos durante floración y llenado de granos, mientras que la soja muestra cierta capacidad de compensación mediante ramificación y fijación tardía. Esta complementariedad fisiológica, bien manejada, permite amortiguar el riesgo climático a escala de empresa y de región, aunque el cambio climático está tensionando esos equilibrios con eventos de sequía más frecuentes e intensos.
Junto al maíz, el trigo (Triticum aestivum) sostiene otra dimensión estratégica: la del alimento básico humano. Argentina no solo produce trigo pan para su mercado interno, sino que es un exportador estructural, especialmente hacia Brasil y otros países de Sudamérica. El trigo se ha integrado de manera virtuosa con la soja en el clásico esquema de “trigo/soja de segunda”, donde el cereal de invierno ocupa el suelo durante los meses frescos y la soja se implanta inmediatamente después de la cosecha del trigo. Esta doble ocupación anual de la superficie incrementa la eficiencia del uso de la radiación y del agua, aunque también aumenta la extracción de nutrientes y la presión de enfermedades foliares.
El trigo, además, abre la puerta a una discusión más amplia sobre los cultivos de invierno. En muchas zonas de la Pampa y el sur bonaerense, la cebada cervecera (Hordeum vulgare) ha ganado terreno por su inserción en cadenas malteras y cerveceras globales. La cebada comparte con el trigo requerimientos agroecológicos similares, pero presenta diferentes destinos industriales y parámetros de calidad. Esta diversificación de gramíneas invernales contribuye a reducir la presión de patógenos específicos y a flexibilizar la logística de siembra y cosecha, aunque la tendencia general sigue siendo una fuerte especialización en pocos cereales dominantes.
Más allá de la llanura pampeana, otros cultivos adquieren relevancia regional que, sumada, es significativa a escala nacional. El girasol (Helianthus annuus), por ejemplo, se adapta bien a ambientes más restrictivos en agua y suelos de menor fertilidad, como los del sudoeste bonaerense y algunas áreas del Chaco. Su sistema radicular profundo explora horizontes que otros cultivos no aprovechan con igual eficacia, y su aceite, rico en ácidos grasos poliinsaturados, mantiene una demanda sostenida. No obstante, el girasol enfrenta desafíos de sanidad –particularmente enfermedades de capítulo– y cierta inestabilidad de rindes, lo que limita su expansión frente a la soja.
Si se desplaza aún más hacia el norte, aparece la caña de azúcar (Saccharum officinarum) como cultivo emblemático del NOA, especialmente en Tucumán, Salta y Jujuy. A diferencia de los cultivos anuales de la Pampa, la caña es un cultivo semiperenne, con varios cortes por implantación, que articula agroindustrias complejas: producción de azúcar, alcoholes, bioetanol y energía eléctrica mediante cogeneración con bagazo. Su fisiología C4 le otorga alta eficiencia en el uso de la radiación y del agua en climas cálidos, aunque su expansión histórica ha implicado deforestación y presión sobre ecosistemas de yungas y bosques chaqueños, hoy parcialmente contenida por ordenamientos territoriales.
En el NEA, la yerba mate (Ilex paraguariensis) y el arroz (Oryza sativa) añaden otra capa de complejidad. La yerba mate, cultivada principalmente en Misiones y el norte de Corrientes, no compite en superficie con la soja o el maíz, pero tiene un peso cultural y económico singular. Sus sistemas productivos, en muchos casos, se integran con coberturas arbóreas y manejos más cercanos a la agroforestería, lo que contrasta con la lógica extensiva pampeana. El arroz, por su parte, requiere suelos aptos para inundación y una infraestructura hídrica sofisticada; es intensivo en agua y energía, pero estratégico para el abastecimiento regional de un cereal básico y para la exportación a nichos específicos.
La vitivinicultura en Cuyo y el norte patagónico introduce un tipo de cultivo diferente: la vid (Vitis vinifera), orientada casi por completo a productos de alto valor agregado. Mendoza, San Juan y La Rioja han desarrollado sistemas de riego presurizado, manejo de canopia y selección clonal que reflejan un nivel de tecnificación notable. A diferencia de los cultivos extensivos de grano, la vid se inserta en territorios donde el agua es el factor limitante central, y cada gota desviada hacia el viñedo es el resultado de decisiones políticas y económicas sobre el uso de cuencas compartidas. La expansión de la superficie vitícola, junto con frutales como el manzano y el peral en el Alto Valle de Río Negro, redefine el mosaico agrícola del oeste y sur del país.
Esa diversidad de cultivos, sin embargo, convive con una fuerte concentración del valor exportado en soja, maíz y trigo. La matriz actual responde tanto a ventajas comparativas biofísicas como a decisiones de política agrícola, infraestructura de acopio y puertos, y marcos regulatorios. La localización de plantas de crushing de soja en el Gran Rosario, la red de transporte que converge hacia el Paraná y la estructura de derechos de exportación han retroalimentado un modelo donde unos pocos cultivos dominan el paisaje. Esta concentración incrementa la eficiencia logística, pero también la vulnerabilidad frente a plagas emergentes, cambios en aranceles internacionales o disrupciones climáticas sincronizadas.
Los principales cultivos producidos en Argentina son, en definitiva, la expresión visible de una negociación permanente entre clima, suelo, genética y economía. Cada hectárea de soja que avanza sobre el Chaco seco, cada lote de maíz tardío que se siembra para aprovechar lluvias estivales, cada viñedo que se riega con agua de deshielo, representa una elección técnica pero también política. La cuestión central ya no es solo qué cultivos predominan, sino cómo articularlos en rotaciones y paisajes que mantengan la capacidad productiva de largo plazo, al mismo tiempo que responden a una demanda global que no deja de crecer ni de cambiar. En esa tensión se juega el futuro de la agricultura argentina y, en buena medida, su papel en el sistema agroalimentario mundial.
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