La digitalización agrícola suele presentarse como una forma de hacer más con menos. Sensores, aplicaciones, sistemas de gestión y maquinaria autónoma prometen convertir datos en mejores decisiones. Sin embargo, una revisión publicada en Outlook on Agriculture plantea que la pregunta importante no es si estas herramientas hacen que el agricultor necesite más o menos conocimiento. La cuestión es qué conocimiento cambia, cuál se conserva y quién termina controlando las decisiones.
El estudio de Thomas Daum revisa la relación entre digitalización y habilidades desde cinco ámbitos. Considera al productor, la explotación, los trabajadores, la cadena de valor y los sistemas de conocimiento e innovación agrícola. Su conclusión central evita una respuesta simple. Una herramienta digital puede reducir ciertas capacidades, exigir otras nuevas o incluso fortalecer conocimientos ya existentes. Todo depende de cómo funcione y de cómo se use.
La diferencia se entiende mejor al observar el ciclo básico del trabajo agrícola. El productor obtiene información, la interpreta y actúa. Después observa el resultado y vuelve a aprender. Las tecnologías digitales pueden intervenir en cualquiera de esas etapas. Un sensor puede recoger datos sin sustituir la decisión humana. Un sistema puede analizarlos y sugerir una acción. En el extremo, una tecnología autónoma puede decidir y ejecutar con poca intervención del usuario.
Pero justo aquí aparece el principal riesgo señalado por el autor. Cuando la herramienta aleja al agricultor del campo, reduce su contacto directo con cultivos o animales y además prescribe qué hacer, parte del aprendizaje basado en la experiencia empieza a perder peso. Esto no significa que la automatización siempre empobrezca el conocimiento, pues también puede liberar tiempo de tareas repetitivas y permitir que productores y trabajadores se concentren en labores de mayor análisis, supervisión o planificación.
Por eso digitalizar también puede significar cambiar de habilidades. En los trabajadores ocurre algo similar. La evidencia citada no confirma una pérdida generalizada de capacidades y sí muestra casos donde aparecen nuevas competencias para operar sistemas digitales. Manejar datos, interpretar información digital y entender cómo funciona un sistema se vuelven capacidades más importantes. Incluso el conocimiento tradicional conserva valor. La revisión señala que puede servir como contrapeso para evaluar cuándo confiar en una recomendación digital y cuándo cuestionarla.
El cambio tampoco ocurre solo dentro de la parcela. El diseño de las plataformas y su modelo de negocio pueden modificar quién concentra conocimiento y poder en la cadena agrícola. Si una empresa controla los datos, los algoritmos y las recomendaciones, el productor puede depender más de herramientas externas. En cambio, tecnologías pensadas para facilitar aprendizaje, intercambio de información o colaboración entre agricultores pueden reforzar su capacidad de decisión.
La investigación disponible todavía tiene límites. El propio trabajo advierte que buena parte de la evidencia es cualitativa y que hacen falta más estudios empíricos y cuantitativos. Por ello no sostiene que el campo esté perdiendo conocimiento de forma generalizada.
La implicación es que la digitalización no elimina la necesidad de saber, pero si redefine qué necesita saber un agricultor y dónde reside ese conocimiento. El resultado dependerá menos de cuánta tecnología entre al campo y más de si esa tecnología complementa el criterio humano o termina sustituyéndolo.
Fuente: Sage Journals




