Qué cultivos consumen más agua y por qué no se mide
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Qué cultivos consumen más agua y por qué no se mide

El agro mexicano decide qué sembrar con casi toda la información a la mano, salvo una. Sabe el precio del año pasado, el costo del fertilizante, el rendimiento esperado, el comportamiento del mercado de exportación. Lo que casi nunca sabe con precisión es cuántos metros cúbicos de agua se van a ir en esa decisión, ni cuántos quedan en el acuífero para sostenerla tres ciclos más.

Esa ceguera no es menor si consideramos que el sector agrícola concentró 76.3% del volumen total de agua concesionado en el país. Estamos hablando del principal usuario del recurso operando sin medidor confiable en buena parte de su superficie.

El agua es el único insumo que el productor no cuantifica con el mismo rigor con que cuantifica todo lo demás. Nadie compra semilla sin contar bultos ni aplica nitrógeno sin calcular dosis. El agua se aplica por costumbre, por turno de riego o por lo que aguante la bomba. Y cuando el nivel del manto freático baja y hay que perforar más hondo, la factura llega en forma de diésel, de energía eléctrica y de pozos que ya no dan. En 1975 había 32 acuíferos sobreexplotados en México y para 2023 la cifra llegó a 114, un aumento de 256%, mientras casi la mitad de los acuíferos del país ya está en déficit porque su volumen está comprometido con concesiones otorgadas.

Lo que sí se conoce apunta en una dirección clara. Los cultivos forrajeros encabezan el consumo por hectárea. La alfalfa requiere una lámina de riego de 1.4 a 1.5 metros por año en La Comarca Lagunera (14,000-15,000 metros cúbicos por hectárea por año), con rendimientos de 14 a 16 toneladas de materia seca por hectárea. Pero en zonas áridas la cifra se dispara y a una hectárea de forraje se le destinan entre 20,000 y 30,000 metros cúbicos al año, mientras a cada habitante le corresponderían 32 metros cúbicos.

La caña de azúcar entra al mismo grupo desde otra puerta. Para producir un kilogramo de azúcar refinada se necesitan alrededor de 1,500 litros de agua, y los estudios de cuenca parten de la hipótesis de que la caña registra una huella hídrica más alta que otros cultivos sembrados en México, con valores distintos según el sitio donde se establece. Arroz, plátano, pastos y hortalizas de ciclo largo completan la lista. El aguacate y las berries generan otra conversación, porque su consumo por hectárea es alto y su consumo por peso ligero resulta competitivo frente a los forrajes.

Pero recuerda, no estamos buscando señalar villanos fáciles. Un cultivo que consume mucho agua puede ser el que mejor paga cada metro cúbico. Una hectárea de alfalfa sostiene la cuenca lechera más grande del país, empleo permanente y una cadena industrial completa. En La Comarca Lagunera se riegan 75,000 hectáreas con agua del acuífero, 85% corresponde a cultivos forrajeros y de ellos la alfalfa ocupa 56.5% de la superficie. Quitar ese cultivo por decreto significaría desarmar una región productiva sin haber calculado a dónde se movería la producción de leche ni con qué agua se regaría el forraje en el nuevo destino.

El origen del agua cambia toda la ecuación. Un metro cúbico que llueve sobre la caña en el Papaloapan tiene un costo social distinto al metro cúbico que se bombea a 200 metros de profundidad en Chihuahua o en La Laguna. Los estudios de huella hídrica separan agua verde (lluvia almacenada en el suelo) de agua azul (extraída de ríos y acuíferos), y esa distinción explica por qué dos productores del mismo cultivo pueden estar en situaciones opuestas. El problema regional se agrava cuando la eficiencia es baja, como ocurre en el acuífero Calera de Zacatecas, donde 90.2% del volumen extraído se destina al uso agrícola para irrigar 18,074 hectáreas con una eficiencia global de 43.5%.

Entonces, ¿por qué falta tanta información? La respuesta está en cómo se reparte la superficie regada. Los distritos de riego tienen estadística formal, padrones y reportes de volúmenes distribuidos. Las unidades de riego son otra historia. El último inventario de CONAGUA, concluido en 2018, reporta 4.02 millones de hectáreas regables agrupadas en 50,735 unidades con cerca de 780,000 usuarios, y 65% de esa superficie se abastece de fuentes subterráneas. Es una superficie mayor que la de los distritos y opera con menos seguimiento institucional. Los diagnósticos del sector señalan que existe falta de padrón actualizado, limitada medición de los volúmenes extraídos de las fuentes y entregados a nivel parcela, e incertidumbre en la generación de las estadísticas de producción agrícola e hidrométrica.

También hay un incentivo que empuja en contra de medir. La concesión es un activo patrimonial y el medidor genera evidencia. Nadie instala con entusiasmo un aparato que documenta una extracción por encima del título. A eso se suma la complejidad técnica de un universo enorme, porque en los distritos de riego se contabiliza la producción de alrededor de 160 cultivos cíclicos y perennes, mientras en las unidades de riego se toma la producción de más de 270 cultivos. Levantar ese padrón parcela por parcela cuesta dinero y voluntad política, y ninguna administración cobra el beneficio dentro de su propio sexenio.

La defensa del productor tiene su peso. Durante décadas se le pidió producir más con tarifas eléctricas subsidiadas y sin señales claras sobre el límite del acuífero. El sistema premió el volumen de cosecha y nunca premió el ahorro de agua. Quien tecnificó su riego muchas veces usó la eficiencia ganada para sembrar más hectáreas, con lo cual la extracción total se mantuvo o creció. Sin una contabilidad regional pública, la tecnificación se convierte en una promesa que suena bien y no frena el abatimiento.

La salida pasa por volver el agua un indicador de negocio. Productividad en kilogramos por metro cúbico, pesos generados por metro cúbico y volumen aplicado por ciclo son tres cifras que cualquier empresa agrícola puede calcular con un medidor y una bitácora.

La teledetección ya permite estimar evapotranspiración por parcela a costos bajos, lo que resuelve buena parte del obstáculo técnico. Falta la decisión de publicar esa información por cultivo y por acuífero, con la misma frecuencia con que se publican precios y rendimientos. Mientras el agua siga siendo el insumo invisible, seguiremos discutiendo con anécdotas un problema que ya tiene forma de balance deficitario.

Fuentes consultadas

Olmo Axayacatl Bastida Cañada

Olmo Axayacatl Bastida Cañada

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