Cada temporada se repite la misma escena en distintas regiones de México. Un cultivo se pone de moda, ya sea porque el ciclo anterior dejó márgenes atractivos o porque la industria que lo demanda promete crecimiento sostenido, y miles de productores deciden sembrarlo al mismo tiempo.
El resultado, meses después, es casi siempre el mismo, una cosecha abundante que satura el mercado y hace que el precio se desplome justo cuando más se necesitaba que se sostuviera. Ese es hoy el problema más doloroso del campo mexicano, no la falta de producción, sino la incapacidad de traducir esa producción en ingresos dignos para quien la generó.
El caso del agave ilustra con crudeza esta dinámica. La sobreproducción acumulada en los últimos cinco años provocó una caída de hasta 92% en el precio por kilo de la planta, un desplome que llevó a numerosos productores a abandonar sus parcelas porque ya no resultaba rentable atenderlas y ese abandono, a su vez, favoreció la propagación de plagas que no reconocen límites entre predios.
Según el informe Perspectivas Agroalimentarias 2026 del Grupo Consultor de Mercados Agrícolas, el valor del agave se desplomará más de 60% durante el año, lo que convierte a este cultivo en el caso más crítico del sector agroindustrial mexicano mientras la caña de azúcar perderá cerca de 9% en valor.
El presidente del Consejo Regulador del Tequila dijo que no existe manera de controlar quién siembra, porque cualquier persona puede establecer una plantación atraída por la promesa de ganancias que dejó el ciclo anterior y controlar las nuevas siembras resulta complicado precisamente por esa libertad de entrada al mercado.
Este fenómeno tiene nombre en la teoría económica y se conoce como el modelo de la telaraña. La lógica es sencilla, cuando el precio de un cultivo fue alto en el ciclo anterior, los productores deciden sembrar más de ese mismo cultivo esperando repetir la ganancia, y esa decisión colectiva genera una oferta excesiva que hunde el precio al momento de la cosecha lo que a su vez desincentiva la siembra en el año siguiente, provocando una menor oferta y un nuevo aumento de precios que reinicia el ciclo.
El fenómeno ocurre porque existe un desfase entre la decisión de sembrar y el momento en que el producto llega al mercado, un periodo de gestación durante el cual las condiciones que motivaron la siembra ya cambiaron por completo de forma que la oferta de muchos productos agrícolas reacciona al precio con un rezago de un periodo completo, porque implementar cualquier decisión de siembra toma tiempo. Cada agricultor actúa de manera racional al perseguir el precio que vio el año pasado, pero la suma de esas decisiones individuales termina siendo colectivamente irracional.
Aquí conviene mostrar el otro lado de la moneda, porque no todo en este ciclo es negativo. La sobreoferta que hunde el ingreso del productor es, al mismo tiempo, la razón por la que el consumidor accede a alimentos más baratos y por la que México se consolida como potencia exportadora de alimentos.
El país alcanzará en 2026 una producción histórica de 285.4 millones de toneladas de alimentos, y exporta más de 52 mil millones de dólares en productos agrícolas cada año, cifras que reflejan una capacidad productiva envidiable a nivel mundial.
El problema no es entonces que el campo mexicano produzca poco, sino que produce sin coordinación, y esa desconexión entre oferta y demanda real es la que castiga el bolsillo del productor incluso en años de cosechas récord. El propio informe del GCMA indica que el problema ya no es producir, sino generar rentabilidad, en un contexto donde producir más no necesariamente significa ganar más.
El contraste entre cultivos dentro del mismo informe confirma que la solución no está en sembrar menos de manera generalizada, sino en diversificar con inteligencia. Mientras el agave y la caña de azúcar pierden valor por saturación, el cacao se perfila como uno de los cultivos con mejor desempeño del año, con un aumento superior al 80% en su valor debido a la escasez global que enfrenta ese mercado. Es la otra cara exacta del mismo fenómeno, cuando pocos siembran un cultivo y la demanda internacional crece, el precio recompensa esa escasez relativa.
El campo mexicano avanza entonces a dos velocidades, los cultivos de exportación y alto valor prosperan mientras los básicos como el frijol, que caerá más de 7% en producción y hasta 28% en valor, o el trigo, que crecerá hasta 35% en volumen sin que eso mejore su rentabilidad, quedan atrapados en el mismo ciclo de sobreoferta sin premio. Esa brecha no es casualidad, sino la consecuencia directa de decenas de miles de productores tomando la misma decisión de siembra sin información compartida sobre lo que están sembrando sus vecinos, sus competidores y sus pares en otras regiones del país.
La pregunta que queda entonces no es si sembrar en masa es bueno o malo, porque la respuesta depende del cultivo, del ciclo y del momento en que se observe. La pregunta es cómo evitar que la falta de coordinación siga destruyendo valor cada pocos años.
El Consejo Regulador del Tequila ya probó una salida parcial con el programa Agave Responsable Social, que promueve trazabilidad y mejores prácticas de siembra, y que según sus propios responsables logró contener un poco la sobreproducción, aunque no eliminarla, porque la promesa de ganancias rápidas sigue atrayendo a nuevos productores cada temporada.
El GCMA plantea una recomendación similar para el resto del sector, fortalecer la planeación de siembras, los esquemas de agricultura por contrato y el acceso a instrumentos de cobertura de precios, herramientas que existen precisamente para que el productor no dependa únicamente de adivinar qué van a sembrar todos los demás.
Al final, el campo mexicano no enfrenta una crisis de capacidad, sino una crisis de información y coordinación. Los agricultores tienen la tierra, el clima y el conocimiento técnico para producir alimentos de manera competitiva, pero carecen de mecanismos confiables para anticipar lo que hará el resto del sector antes de tomar la decisión de siembra.
Mientras esa brecha no se cierre, seguiremos viendo el mismo patrón repetirse, un cultivo exitoso que atrae a todos, una cosecha abundante que nadie puede absorber a buen precio, y un productor que terminó perdiendo justo en el año en que más produjo.
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