En el mapa agrícola mundial, Vietnam aparece como una franja estrecha de tierra que se estira a lo largo del mar de China Meridional, pero su diversidad de cultivos desmiente esa aparente fragilidad geográfica. Entre el delta del río Rojo en el norte y el delta del Mekong en el sur se despliega un mosaico productivo que combina tradiciones milenarias con una acelerada modernización. Esa combinación explica por qué un país con menos superficie cultivable que muchos de sus vecinos es, sin embargo, un actor central en la oferta global de alimentos estratégicos.
El punto de partida inevitable es el arroz, columna vertebral de la dieta y de la economía rural. Vietnam es uno de los mayores exportadores mundiales de arroz blanco y arroz fragante, gracias sobre todo a los suelos aluviales del delta del Mekong, donde el régimen de inundaciones estacionales ha moldeado sistemas de cultivo intensivo de alto rendimiento. La introducción de variedades de ciclo corto, la fertilización mineral y la mecanización parcial han permitido pasar de una cosecha al año a dos e incluso tres cosechas en algunas zonas, con rendimientos que superan las 6 toneladas por hectárea. Sin embargo, esta intensificación ha incrementado la dependencia de agroquímicos y la vulnerabilidad frente a la salinización asociada al ascenso del nivel del mar.
Esa tensión entre productividad y sostenibilidad se percibe también en la expansión de los cultivos industriales, destinados principalmente a la exportación. El más emblemático es el café, concentrado en las Tierras Altas Centrales, donde los suelos basálticos y un clima con estación seca marcada favorecen el cultivo de Coffea canephora (robusta). Vietnam se ha convertido en el segundo productor mundial de café, casi todo robusta, utilizado en mezclas solubles y como base de la industria global de bebidas. Este éxito, sin embargo, ha traído consigo una fuerte presión sobre los recursos hídricos por el riego intensivo, la sustitución de bosques por monocultivos y una creciente exposición a la volatilidad de los precios internacionales.
La misma lógica de especialización se observa en el caucho (Hevea brasiliensis), que ocupa amplias superficies en el sudeste y las Tierras Altas. Plantaciones uniformes, diseñadas para la extracción de látex, han reemplazado paisajes de mosaico agrícola y forestal. El caucho vietnamita alimenta cadenas globales de neumáticos y productos industriales, pero su rentabilidad depende de ciclos de precios que escapan al control de los agricultores. Cuando los precios caen, muchas plantaciones se reconvierten a madera o se abandonan, generando una inestabilidad ecológica y social que obliga a repensar la diversificación a nivel de finca y de región.
En paralelo, la anacardía (Anacardium occidentale) se ha consolidado como otro cultivo de exportación clave, sobre todo en provincias del sur. La nuez de anacardo, procesada en plantas que combinan trabajo manual y maquinaria semiautomática, se dirige principalmente a mercados de alto poder adquisitivo. A diferencia del café y el caucho, la anacardía se adapta mejor a suelos pobres y condiciones de estrés hídrico, lo que la convierte en una opción relevante frente al cambio climático. Sin embargo, la cadena de valor muestra marcadas asimetrías: pequeños productores con baja capacidad de negociación frente a intermediarios y procesadores que concentran el valor añadido.
Más al norte, en las laderas montañosas, aparece otro protagonista: el té (Camellia sinensis). Las provincias montañosas del noreste y noroeste albergan plantaciones que van desde sistemas intensivos de alto insumo hasta pequeñas explotaciones de té semi-silvestre, a menudo ligadas a minorías étnicas. Vietnam produce tanto té negro como té verde, con una fracción creciente dedicada a tés especiales y de alta calidad. La transición hacia certificaciones orgánicas y de comercio justo ha abierto nichos de mercado, pero exige cambios profundos en el manejo de plagas, la fertilización y la trazabilidad, retos considerables para agricultores con recursos limitados.
En las zonas de clima tropical húmedo, sobre todo en el sur, prospera un abanico notable de frutales subtropicales y tropicales. El litchi (Litchi chinensis) y el longán (Dimocarpus longan) dominan el paisaje frutícola del norte, mientras que el sur se especializa en durian, mango, rambután, pomelo y fruta del dragón (Hylocereus spp.). Estos cultivos se benefician de una creciente demanda internacional por frutas exóticas, pero también enfrentan barreras fitosanitarias estrictas. La necesidad de cumplir con estándares de residuos de pesticidas, trazabilidad y calidad poscosecha impulsa la adopción de buenas prácticas agrícolas y tecnologías de frío, aunque la infraestructura aún es desigual entre regiones.
La horticultura de hortalizas y legumbres completa el cuadro de la producción vegetal, con sistemas intensivos en torno a las grandes ciudades como Hanói y Ciudad Ho Chi Minh. El cultivo de hortalizas de hoja, solanáceas y cucurbitáceas se organiza en ciclos cortos, altamente dependientes del mercado diario y vulnerables a fluctuaciones de precios. En los últimos años se han expandido los invernaderos y los sistemas de producción bajo cubierta, junto con técnicas de riego por goteo y manejo integrado de plagas, impulsados tanto por la demanda urbana de alimentos más seguros como por la presión sobre la tierra agrícola periurbana.
Aunque a menudo eclipsados por los cultivos de exportación, los tubérculos como la yuca (Manihot esculenta) y la batata (Ipomoea batatas) siguen siendo esenciales en muchas zonas rurales. La yuca, en particular, se ha transformado de cultivo de subsistencia a materia prima para la industria del almidón y el etanol, con grandes volúmenes exportados a China. Su tolerancia a suelos degradados y a sequías moderadas la convierte en un componente estratégico de la seguridad alimentaria y energética, pero su expansión desordenada puede acelerar la erosión del suelo si no se acompaña de prácticas de conservación como terrazas, cultivos de cobertura y rotaciones diversificadas.
El caso de la pimienta negra (Piper nigrum) ilustra cómo un cultivo puede pasar de ser marginal a protagonista y, de nuevo, a fuente de preocupación. Vietnam se ha situado entre los primeros productores y exportadores mundiales de pimienta, con plantaciones concentradas en el sur y el centro. El auge de precios llevó a una rápida expansión de áreas, muchas veces en suelos inadecuados y con manejo intensivo de fertilizantes y pesticidas. Cuando los precios internacionales cayeron, numerosos agricultores quedaron atrapados en deudas y con plantaciones envejecidas. Esta dinámica resalta la importancia de integrar análisis de riesgo y planificación territorial en la toma de decisiones productivas.
La ganadería y la acuicultura se entrelazan con los cultivos en sistemas mixtos que reciclan nutrientes y diversifican ingresos. En los deltas, los arrozales se combinan con estanques de peces y camarones, generando sistemas integrados arroz-pez que mejoran la eficiencia del uso del agua y reducen la presión de plagas al favorecer enemigos naturales. En zonas periurbanas, la producción de forrajes para bovinos y porcinos se articula con el uso de estiércol como fertilizante orgánico, cerrando parcialmente los ciclos de nutrientes. Sin embargo, la intensificación de la ganadería industrial introduce desafíos de manejo de residuos y emisiones de gases de efecto invernadero que aún no se abordan de forma sistemática.
Todo este entramado productivo se ve ahora atravesado por dos fuerzas convergentes: el cambio climático y la integración en cadenas de valor globales. El aumento del nivel del mar amenaza con salinizar extensas áreas arroceras del delta del Mekong, mientras que la variabilidad de las lluvias y las olas de calor afectan la floración y el cuajado de frutos en cultivos perennes como café, caucho y frutales. Al mismo tiempo, los acuerdos comerciales y las exigencias de los consumidores internacionales impulsan la trazabilidad, la reducción de residuos químicos y la certificación ambiental, obligando a los productores a adoptar tecnologías más precisas y sistemas de monitoreo que requieren inversión y capacitación.
Surge así una pregunta de fondo: cómo reconfigurar la matriz de cultivos de Vietnam para que siga siendo competitiva y, al mismo tiempo, más resiliente ecológica y socialmente. La respuesta no pasa por abandonar los cultivos que hoy sostienen la economía, sino por rediseñar su manejo. La diversificación intraparcelaria, con sistemas agroforestales que mezclan café, pimienta, frutales y árboles maderables, puede mejorar la estabilidad de los ingresos y la salud del suelo. La selección de variedades tolerantes a la salinidad y al estrés térmico, junto con la gestión comunitaria del agua, se vuelve crucial en los deltas. Y la promoción de cadenas de valor más equitativas, donde los pequeños productores participen en la transformación y no solo en la producción primaria, puede reducir la vulnerabilidad frente a los vaivenes del mercado.
En ese cruce entre ciencia agronómica, economía y ecología, los principales cultivos de Vietnam dejan de ser simples mercancías para convertirse en indicadores sensibles del estado de un territorio. Cada hectárea de arroz, café, caucho o fruta tropical encarna decisiones históricas, políticas públicas, innovaciones tecnológicas y aspiraciones de millones de agricultores. Entender su evolución y sus tensiones no es solo un ejercicio de geografía agrícola: es una ventana a la forma en que una sociedad entera negocia su relación con la tierra, el agua y un clima que ya no puede darse por estable.
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