Principales cultivos producidos en Brasil

Artículo - Principales cultivos producidos en Brasil

Brasil es un laboratorio vivo de agricultura a escala continental. Entre el Amazonas y la pampa gaúcha, el país ha convertido paisajes muy distintos en un mosaico de monocultivos industriales, sistemas mixtos y reservas naturales fragmentadas. No se trata solo de qué se cultiva, sino de cómo la combinación de clima, suelo, tecnología y política ha moldeado una de las agriculturas más poderosas y controvertidas del planeta. Comprender sus principales cultivos es asomarse a una encrucijada donde se cruzan seguridad alimentaria global, comercio internacional y resiliencia ecológica.

El caso paradigmático es la soja. En pocas décadas, Brasil pasó de ser un productor periférico a disputarle a Estados Unidos el liderazgo mundial. Lo logró expandiendo el cultivo desde el Sur templado hacia el Cerrado, una sabana tropical que muchos consideraban inapropiada para la agricultura intensiva. La combinación de corrección de acidez con caliza, variedades adaptadas al fotoperiodo tropical y manejo preciso de fertilizantes transformó suelos pobres en una fábrica de granos. Hoy, estados como Mato Grosso y Goiás concentran millones de hectáreas de soja que alimentan rebaños en China, Europa y el propio Brasil, y que se han convertido en una de las columnas vertebrales de la balanza comercial brasileña.

Pero esa hazaña agronómica tiene un reverso ecológico difícil de ignorar. La expansión de la soja ha impulsado la conversión de grandes áreas de Cerrado y, de forma más indirecta, de Bosque Amazónico, al desplazar la ganadería hacia nuevas fronteras. Los paisajes que antes albergaban una biodiversidad excepcional se han simplificado en extensiones uniformes de una sola especie, gestionadas con siembra directa, herbicidas y maquinaria de gran escala. La agricultura conservacionista, con cobertura permanente del suelo y rotación con maíz o algodón, ha reducido la erosión, pero no resuelve el dilema de fondo: la pérdida de ecosistemas completos. Esa tensión entre eficiencia productiva y conservación marca casi todas las decisiones estratégicas en torno a la soja.

El maíz, por su parte, comparte protagonismo pero cumple funciones algo distintas. Tradicionalmente cultivado en el Sur y Sudeste, el maíz de primera cosecha se sembraba en verano, en rotación clásica con soja o frijoles. La revolución reciente ha sido el maíz safrinha, una segunda cosecha sembrada inmediatamente después de la soja, aprovechando las lluvias residuales del verano en el Centro-Oeste. Esta innovación agronómica convirtió lo que era una “safrinha” marginal en un pilar productivo, aumentando la oferta sin expandir proporcionalmente el área cultivada. El maíz alimenta al enorme sector de avicultura y porcicultura, abastece la producción de etanol y se exporta masivamente, consolidando a Brasil como un actor clave en el mercado global de granos.

Esta intensificación, sin embargo, también incrementa la presión sobre los recursos. Dos cosechas anuales en la misma área implican un uso más intensivo de fertilizantes nitrogenados, mayor extracción de nutrientes del suelo y una dependencia crítica de la regularidad de las lluvias. A medida que el clima se vuelve más errático, la sincronización entre cosecha de soja y siembra de maíz se vuelve más frágil. La investigación en mejoramiento genético busca variedades de ciclo más corto y mayor tolerancia a estrés hídrico, mientras que el manejo integrado de plagas intenta contener la proliferación de insectos que encuentran en este calendario continuo un ambiente casi permanente de alimento.

Si la soja y el maíz representan la cara más industrial de la agricultura brasileña, la caña de azúcar encarna una tradición más antigua, ligada a la colonización y a la economía de plantación. En la franja costera del Nordeste, la caña fue durante siglos símbolo de concentración de tierra y trabajo forzado. Hoy, su epicentro se desplazó al estado de São Paulo y regiones vecinas, donde se articula con un sofisticado complejo de etanol, azúcar y bioenergía. Brasil se convirtió en referencia mundial de biocombustibles, con un sistema de mezcla obligatoria de etanol en la gasolina y vehículos flex fuel que pueden usar ambos combustibles en proporciones variables. La caña, con su alta eficiencia fotosintética (tipo C4) y su capacidad de rebrote, ofrece una de las tasas más altas de producción de energía por hectárea entre los cultivos actuales.

No obstante, la eficiencia energética no cancela los impactos ambientales y sociales. El corte manual, históricamente asociado a condiciones laborales precarias, ha sido en parte reemplazado por cosecha mecanizada, reduciendo la quema de cañaverales y la emisión de humo. Pero la mecanización también desplaza mano de obra en regiones dependientes del cultivo. En términos ambientales, el desafío es evitar que la expansión de la caña se solape con áreas de alto valor de conservación, especialmente en remanentes de Mata Atlántica y en zonas de recarga hídrica. La integración de caña con sistemas de rotación y el uso de residuos como la vinaza y el bagazo para fertilización y generación de energía ofrecen vías para minimizar la huella ecológica de este cultivo emblemático.

Más silencioso, pero igual de estratégico, es el avance del algodón en el Cerrado. Brasil ha dejado atrás la imagen de pequeños algodonales en el Nordeste para convertirse en un exportador de fibra de alta calidad, producida en sistemas altamente tecnificados. En Mato Grosso y Bahía, el algodón entra en rotación con soja y maíz, aprovechando la infraestructura ya instalada y distribuyendo el riesgo productivo. El cultivo se beneficia de biotecnología, con variedades resistentes a insectos y herbicidas, y de un manejo fitosanitario intensivo que busca contener plagas como el picudo del algodonero. La calidad de la fibra brasileña ha mejorado hasta competir con productores tradicionais como Estados Unidos e India.

Sin embargo, el algodón es también uno de los cultivos con mayor demanda de plaguicidas, lo que reaviva el debate sobre los límites de la intensificación química. La presión de mercados que exigen trazabilidad y certificaciones socioambientales impulsa prácticas más rigurosas de manejo, como la agricultura de precisión y el monitoreo sistemático de residuos. En paralelo, crece un nicho de algodón orgánico y agroecológico, especialmente en el Nordeste, donde pequeñas cooperativas articulan producción textil con identidad territorial. La coexistencia de estos dos modelos, uno hiperindustrial y otro de base comunitaria, ilustra la diversidad de trayectorias posibles dentro de un mismo cultivo.

Mientras tanto, el café mantiene un lugar particular en la identidad agrícola brasileña. De las laderas de Minas Gerais a las altitudes del Espírito Santo y São Paulo, el país sigue siendo uno de los mayores productores mundiales, tanto de Coffea arabica como de Coffea canephora (robusta o conilon). El café brasileño ha pasado de ser visto como un producto masivo y homogéneo a convertirse también en origen de cafés especiales, con denominaciones de origen, trazabilidad y manejo cuidadoso de la postcosecha. La mecanización parcial de la cosecha, el riego localizado y el manejo de sombra y nutrición han elevado la productividad por hectárea, al tiempo que se diversifica la calidad.

El café, sin embargo, es extremadamente sensible al cambio climático. Pequeñas variaciones en temperatura y régimen de lluvias pueden alterar la floración, la maduración y la incidencia de plagas como la broca. Zonas tradicionalmente aptas podrían volverse marginales en pocas décadas, mientras que áreas más altas, antes frías, se tornan viables. La respuesta pasa por nuevas variedades más tolerantes al calor y a enfermedades, por sistemas agroforestales que modulan el microclima y por estrategias de seguro rural que amortigüen la volatilidad productiva. Cada planta de café, con su historia de años hasta la plena producción, es un recordatorio de la necesidad de pensar la agricultura en horizontes temporales largos.

En un país de dimensiones continentales, sería fácil perder de vista la importancia de cultivos más directamente ligados a la alimentación cotidiana, como el arroz, el frijol y la yuca. Aunque su peso en las exportaciones es menor, estos cultivos sostienen la seguridad alimentaria interna. El arroz se concentra en sistemas irrigados del Sur, con altos niveles de mecanización, mientras que el frijol se produce en una amplia gama de sistemas, desde pequeñas parcelas familiares hasta plantaciones comerciales en el Centro-Oeste. La yuca, resistente a la sequía y adaptable a suelos de baja fertilidad, sigue siendo un pilar en regiones rurales del Norte y Nordeste, donde se transforma en harina, tapioca y otros derivados. A menudo cultivados por agricultores familiares, estos sistemas mantienen una diversidad genética y cultural que contrasta con la homogeneidad de los grandes complejos de grano y fibra.

La coexistencia de estos cultivos, con sus distintas escalas, tecnologías y lógicas económicas, convierte a la agricultura brasileña en un sistema complejo y dinámico. Los principales cultivos —soja, maíz, caña de azúcar, algodón, café, arroz, frijol, yuca— no solo ocupan el territorio físico, sino que configuran redes de infraestructura, flujos de capital, patrones de uso del agua y del suelo, y oportunidades o amenazas para comunidades rurales y ecosistemas. En las próximas décadas, el desafío no será únicamente aumentar rendimientos, sino redefinir qué significa éxito agrícola en un contexto de cambio climático, presión social por sostenibilidad y demanda mundial creciente de alimentos, fibras y energía.

  • Companhia Nacional de Abastecimento. (2024). Acompanhamento da safra brasileira de grãos. CONAB.
  • Food and Agriculture Organization of the United Nations. (2023). FAOSTAT: Crops and livestock products.
  • Helfand, S. M., & Pereira, V. (2022). Agricultural development and structural change in Brazil. Journal of Development Studies, 58(4), 623–642.
  • Lapola, D. M., Martinelli, L. A., Peres, C. A., Ometto, J. P., Ferreira, M. E., Nobre, C. A., Aguiar, A. P. D., Bustamante, M. M. C., Cardoso, M. F., Costa, M. H., Joly, C. A., & Leite, C. C. (2014). Pervasive transition of the Brazilian land-use system. Nature Climate Change, 4(1), 27–35.
  • Nepstad, D., McGrath, D., Stickler, C., Alencar, A., Azevedo, A., Swette, B., & McGrath-Horn, M. (2014). Slowing Amazon deforestation through public policy and interventions in beef and soy supply chains. Science, 344(6188), 1118–1123.
  • Sparovek, G., Berndes, G., Barretto, A. G., & Klug, I. L. F. (2012). The revision of the Brazilian Forest Act: Increased deforestation or a historic step towards balancing agricultural development and nature conservation? Environmental Science & Policy, 16, 65–72.
  • Vieira Filho, J. E. R., & Gasques, J. G. (2021). Transformações da agricultura brasileira e desafios para o futuro. Instituto de Pesquisa Econômica Aplicada.

Escucha el podcast en YouTube, Spotify, Apple y Amazon