Venezuela se extiende desde los llanos inundables hasta los valles andinos y las planicies áridas de la franja costera, y en esa diversidad se esconde la lógica de sus principales cultivos. No se trata solo de una lista de productos agrícolas, sino de un entramado donde clima, suelo, historia económica y decisiones políticas han moldeado qué se siembra, cómo se produce y quién se beneficia. El paisaje agrícola venezolano es el resultado de una tensión permanente entre vocación tropical y modelos productivos incompletos, entre abundancia potencial y limitaciones estructurales.
Durante buena parte del siglo XX, la renta petrolera desplazó del centro de la economía a la agricultura, reduciendo los incentivos para modernizarla. Sin embargo, en los márgenes de ese modelo extractivo sobrevivió una matriz de cultivos que hoy sostiene la seguridad alimentaria interna y una fracción modesta de las exportaciones no petroleras. El contraste entre una dotación natural privilegiada y una producción agrícola intermitente resulta particularmente visible cuando se analizan los cultivos predominantes: cereales básicos, raíces y tubérculos, frutales tropicales, rubros industriales como el café, el cacao y la caña de azúcar, y un sector hortícola que gravita en torno a los grandes centros urbanos.
El maíz ocupa un lugar central en este mosaico. Más que un cultivo, es un eje cultural y nutricional. En los llanos centrales y occidentales, el maíz amarillo y blanco se produce en sistemas que combinan agricultura mecanizada de mediana escala con explotaciones familiares. Las condiciones de fotoperiodo y temperatura permiten ciclos continuos, pero la productividad real dista del potencial agroecológico. Limitaciones en fertilización, acceso a semillas híbridas de alto rendimiento y deficiencias en riego explican buena parte de la brecha. Aun así, el maíz sigue siendo el insumo principal de la harina precocida y de los alimentos balanceados para animales, de modo que cualquier fluctuación en su oferta repercute en cascada sobre la dieta cotidiana y la ganadería.
Muy cerca del maíz, tanto en superficie como en importancia estratégica, aparece el arroz, concentrado en los llanos inundables de Guárico, Portuguesa, Cojedes y Barinas. El arroz exige agua abundante y manejo cuidadoso de láminas de riego, lo que lo convierte en un termómetro de la infraestructura hidráulica del país. Cuando los sistemas de riego funcionan, los rendimientos se acercan a los de otras regiones tropicales de América Latina; cuando fallan, la producción colapsa y se profundiza la dependencia de importaciones. El arroz ilustra con nitidez cómo un cultivo puede ser eficiente a escala de parcela y, sin embargo, vulnerable a cuellos de botella fuera del predio, desde el suministro de diésel hasta el mantenimiento de canales y compuertas.
En una dimensión más silenciosa pero no menos crucial se ubican las raíces y tubérculos, encabezados por la yuca (Manihot esculenta) y la papa (Solanum tuberosum). La yuca, omnipresente en zonas rurales de clima cálido, es un cultivo de resiliencia: tolera suelos pobres, periodos de sequía y baja inversión en insumos. Su productividad energética por hectárea la convierte en un seguro biológico frente a la inestabilidad de otros alimentos básicos. La papa, por el contrario, se concentra en los Andes venezolanos, donde pequeños productores cultivan variedades adaptadas a altitudes medias y altas. Dependientes de semillas certificadas, insumos costosos y cadenas de frío, los sistemas paperos revelan la fragilidad de una agricultura de montaña presionada por la urbanización, la migración y el cambio climático, que desplaza isoclinas de temperatura y altera la fenología de los cultivos.
Si se desciende de las montañas hacia las tierras bajas húmedas, el paisaje cambia de textura y de color. Aparecen plantaciones de plátano y banano que bordean ríos y ciénagas, especialmente en el sur del Lago de Maracaibo y en zonas de los estados Aragua y Carabobo. El plátano, base de múltiples preparaciones tradicionales, se cultiva en sistemas intensivos que requieren manejo fitosanitario riguroso frente a enfermedades como la sigatoka negra. La dependencia de pocos clones comerciales incrementa la vulnerabilidad genética, lo que obliga a estrategias de manejo integrado de plagas y enfermedades. Aquí la productividad está menos limitada por el clima que por la sanidad vegetal, el acceso a fertilizantes y la estabilidad del mercado interno.
En paralelo, la franja tropical húmeda de Barlovento, el eje andino y algunas zonas de Monagas y Sucre albergan cultivos que han definido la identidad agrícola venezolana hacia el exterior: cacao y café. El cacao criollo y trinitario venezolano, con perfiles aromáticos altamente valorados, se produce mayoritariamente en fincas pequeñas bajo sistemas agroforestales. Estos sistemas, donde el cacao convive con árboles de sombra y especies maderables, generan microclimas estables, conservan suelos y favorecen la biodiversidad. Sin embargo, la productividad promedio sigue siendo baja por envejecimiento de plantaciones, limitada renovación genética y escaso acceso a podas y fertilización adecuada. El valor se concentra en la calidad, no en el volumen, y esa estrategia solo es sostenible si existen canales de comercialización que remuneren la diferenciación sensorial.
El café, por su parte, ha transitado de cultivo emblemático de exportación a rubro predominantemente interno. En las laderas andinas y de la Cordillera de la Costa, el café arábica se cultiva en pequeñas parcelas familiares, muchas veces en condiciones de sombra parcial. El manejo tradicional ha preservado cierta diversidad genética y ecológica, pero la baja rentabilidad relativa frente a otras actividades ha propiciado el abandono de cafetales y el envejecimiento de productores. La tensión entre conservar sistemas agroforestales complejos y adoptar modelos más intensivos con mayores rendimientos pero menor resiliencia ecológica sigue sin resolverse plenamente, en un contexto de volatilidad de precios y cambios en los patrones de consumo.
En el dominio de los cultivos industriales destaca la caña de azúcar, que se extiende en valles y piedemontes de Aragua, Yaracuy, Portuguesa y Lara. La caña sintetiza en su tallo la energía solar convertida en sacarosa, pero requiere ciclos largos, suelos bien drenados y un suministro constante de agua. La mecanización de la cosecha, la eficiencia de los ingenios y la disponibilidad de insumos determinan en gran medida su competitividad. En Venezuela, la producción azucarera ha enfrentado cuellos de botella en todos estos frentes, lo que ha reducido la capacidad de autoabastecimiento de azúcar y subproductos como la melaza y el bagazo, este último con potencial para generación de energía y alimentación animal. La caña expone un dilema típico de los monocultivos tropicales: alta eficiencia en la conversión de biomasa, pero riesgos de degradación del suelo y dependencia de pocos compradores industriales.
Más cerca de las ciudades, en cinturones periurbanos y valles interiores, prosperan los cultivos hortícolas: tomate, cebolla, pimentón, zanahoria, lechuga, repollo y otros vegetales de ciclo corto. Estos sistemas, altamente intensivos en mano de obra y agroquímicos, responden con rapidez a cambios de precios y a la estacionalidad climática. Su proximidad a los mercados reduce costos de transporte, pero también los expone a la expansión urbana desordenada y a la contaminación de aguas de riego. La horticultura venezolana ha demostrado una notable capacidad de adaptación tecnológica, incorporando invernaderos, riego por goteo y variedades mejoradas, aunque de forma desigual según región y estrato socioeconómico de los productores.
No puede ignorarse el papel de los frutales tropicales, que aportan diversidad nutricional y oportunidades de agregación de valor. El mango, la naranja, la mandarina, la piña, la guayaba y la papaya se cultivan en sistemas que van desde huertos familiares dispersos hasta plantaciones comerciales. En muchos casos, el problema no es la producción en sí, sino la estacionalidad extrema y la falta de infraestructura de poscosecha. En época de pico de cosecha, grandes volúmenes de fruta se pierden por ausencia de cadenas de frío, plantas de procesamiento y canales de comercialización eficientes. La brecha entre potencial frutícola y aprovechamiento real revela cuánto depende la agricultura de la logística y de la planificación territorial.
Sobre este conjunto de cultivos se proyectan ahora nuevas variables: el cambio climático, que altera regímenes de lluvias y frecuencia de eventos extremos; la degradación de suelos por mal manejo de fertilización y labranza; y la necesidad de transitar hacia sistemas más agroecológicos que reduzcan la dependencia de insumos importados. El patrón espacial de los principales cultivos venezolanos podría reconfigurarse en las próximas décadas, desplazando zonas aptas para maíz y arroz, forzando a la papa a altitudes mayores y modificando la fenología del café y el cacao. La capacidad de anticipar y gestionar estas transformaciones será determinante para que la diversidad agrícola del país se convierta en una fortaleza adaptativa y no en una fuente adicional de vulnerabilidad.
- Banco Central de Venezuela. (2022). Informe económico anual. Caracas, Venezuela.
- FAO. (2021). FAOSTAT database: Crops and livestock products. Roma, Italia.
- Fedeagro. (2020). Situación actual y perspectivas de los principales rubros agrícolas en Venezuela. Caracas, Venezuela.
- Instituto Nacional de Investigaciones Agrícolas. (2019). Zonificación agroecológica de cultivos prioritarios en Venezuela. Maracay, Venezuela.
- Ministerio del Poder Popular para la Agricultura Productiva y Tierras. (2020). Anuario estadístico agropecuario. Caracas, Venezuela.
- Morón, A., & Machado-Allison, C. E. (2018). Agricultura, ambiente y desarrollo rural en Venezuela. Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales, 24(2), 45-72.
- Pérez, E., & Seijas, H. (2019). Transformaciones recientes en la producción de cereales en Venezuela. Revista de la Facultad de Agronomía (UCV), 45(1), 11-28.
- Salas, R., & Rangel, J. (2020). Impacto del cambio climático en la agricultura venezolana. Revista Geográfica Venezolana, 61(1), 85-108.
- Zambrano, J., & García, L. (2017). Sistemas agroforestales de cacao en Venezuela: estado actual y desafíos. Agroforestería en las Américas, 54, 23-35.

