Principales cultivos producidos en Tailandia

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La imagen habitual de Tailandia como país de arrozales infinitos es cierta, pero incompleta. Bajo esa lámina verde se esconde una de las agriculturas tropicales más diversificadas del planeta, donde conviven cultivos ancestrales con sistemas intensivos de exportación. La estructura productiva tailandesa es el resultado de una combinación particular de clima monzónico, suelos aluviales y decisiones políticas que, durante décadas, han orientado el paisaje rural hacia una mezcla de autoconsumo, mercado interno y comercio global. Comprender sus principales cultivos exige mirar no solo qué se siembra, sino cómo cada especie se ha incrustado en la economía, la cultura y los ecosistemas del país.

El arroz ocupa un lugar central en esa trama. Más que un alimento, es la matriz sobre la que se organizan los calendarios agrícolas y las relaciones sociales del medio rural. Tailandia ha sido históricamente uno de los mayores exportadores mundiales de arroz aromático, en particular del célebre Oryza sativa variedad jasmine rice o Hom Mali, adaptado a suelos bien drenados del noreste y del centro del país. En las llanuras del Chao Phraya, en cambio, dominan variedades de arroz de regadío de alto rendimiento, dependientes de complejas redes de canales y embalses. La coexistencia de arrozales inundados tradicionales y sistemas intensivos mecanizados ilustra la tensión entre seguridad alimentaria rural y competitividad internacional.

Esa dualidad se refleja también en la forma en que la producción arrocera responde al clima. El régimen de monzones determina el calendario de siembra: el arroz de temporada húmeda aprovecha las lluvias entre mayo y octubre, mientras que el arroz de temporada seca depende de riego controlado. La variabilidad interanual de las precipitaciones, amplificada por el cambio climático, está desplazando paulatinamente las zonas óptimas de cultivo y forzando la adopción de variedades más tolerantes a la sequía o a inundaciones prolongadas. No se trata solo de un reto agronómico; cuando el arroz falla, se resiente el ingreso de millones de pequeños agricultores y se tensiona el equilibrio político de los precios internos.

Si el arroz es el sustento, la yuca y la caña de azúcar son el músculo industrial de la agricultura tailandesa. La yuca (Manihot esculenta) se ha consolidado como un cultivo estratégico en las regiones con suelos más pobres y periodos secos más marcados, gracias a su extraordinaria tolerancia a la sequía y a la baja fertilidad. De un tubérculo tradicionalmente asociado al consumo local se ha pasado a un sistema orientado a la producción de fécula, piensos compuestos y, cada vez más, bioetanol. La demanda de China y la Unión Europea por harina de yuca y pellets para alimentación animal ha incentivado la expansión de este cultivo, con impactos notables sobre la deforestación y la degradación del suelo cuando se practica sin rotaciones ni coberturas vegetales.

La caña de azúcar (Saccharum officinarum), por su parte, se beneficia de las mismas regiones de transición entre las llanuras arroceras y las zonas ligeramente más secas. Su cultivo está íntimamente ligado a la industria de azúcar refinado y a la producción de etanol para mezclas con gasolina, dentro de una estrategia de seguridad energética y de apoyo al sector agroindustrial. El modelo de contrato entre ingenios y agricultores estructura la vida económica de amplias áreas rurales, pero también encadena a los productores a esquemas de monocultivo intensivo, con altos requerimientos de fertilizantes nitrogenados y riesgo de erosión. La quema de residuos de caña antes de la cosecha, práctica todavía frecuente, contribuye a episodios recurrentes de contaminación atmosférica regional.

Mientras estos cultivos de base energética se expanden tierra adentro, en las zonas tropicales más húmedas del sur y en las franjas costeras prosperan los frutales que han convertido a Tailandia en una potencia frutícola asiática. El durian (Durio zibethinus), el mangostán (Garcinia mangostana), el rambután (Nephelium lappaceum) y la piña (Ananas comosus) forman un mosaico de plantaciones que abastecen tanto al mercado interno como a un comercio de exportación altamente especializado. La piña, en particular, se ha industrializado hasta el punto de situar al país entre los líderes mundiales en piña en conserva y jugos concentrados, apoyada en sistemas de producción contractuales y una fuerte integración vertical con la industria procesadora.

La lógica ecológica de estos frutales tropicales contrasta con la de los cultivos de secano industrial. Árboles como el durian o el mangostán requieren suelos profundos, alta humedad y sombra parcial en las primeras etapas de crecimiento; se integran mejor en sistemas agroforestales donde coexisten con otras especies leñosas y cultivos de sotobosque. Sin embargo, el auge de la demanda china de durian fresco ha impulsado plantaciones más densas y homogéneas, con mayor uso de agroquímicos y presión sobre los recursos hídricos. La tensión entre sistemas diversificados, de menor impacto ecológico, y plantaciones intensivas orientadas a la exportación se hace visible en la pérdida de biodiversidad y en la creciente vulnerabilidad a plagas y enfermedades.

En ese mismo sur tropical se extienden los dominios del hevea (Hevea brasiliensis), el árbol del caucho, que aunque no se consume como alimento, ocupa una proporción significativa de la superficie agrícola y condiciona el uso del suelo. La producción de caucho natural ha sido uno de los pilares del ingreso rural, pero la volatilidad de los precios internacionales ha empujado a muchos agricultores a diversificar hacia frutales o palma aceitera. Esta dinámica de sustitución y mezcla de cultivos leñosos ilustra cómo la agricultura tailandesa ya no puede entenderse solo en términos de calorías producidas, sino también de portafolios de riesgo que los agricultores gestionan frente a mercados globales inciertos.

Más al norte, en las regiones montañosas, la historia agrícola siguió una trayectoria distinta. Durante décadas, la sustitución de cultivos ilícitos como el opio por alternativas legales dio lugar a programas de desarrollo que promovieron el café (Coffea arabica), el té (Camellia sinensis) y diversas hortalizas de clima templado. Aunque su contribución al volumen total nacional es limitada, estos cultivos han transformado las economías locales y los paisajes de las llamadas “áreas de montaña”, donde las comunidades étnicas realizan una transición gradual desde sistemas itinerantes de roza y quema hacia formas más permanentes de agricultura comercial. La integración de estos cultivos en cadenas de valor certificadas, orientadas a nichos de comercio justo y producción orgánica, muestra otra faceta de la diversificación agrícola tailandesa.

La horticultura de las zonas bajas, menos visible en las estadísticas macroeconómicas, sostiene buena parte de la seguridad nutricional urbana. Tomate, chile, pepino, coles y una extensa gama de hortalizas de hoja crecen en cinturones periurbanos que abastecen a los mercados locales diariamente. Estos sistemas hortícolas son intensivos en mano de obra y en insumos, muy sensibles a variaciones en el precio de los fertilizantes y pesticidas, y vulnerables a eventos climáticos extremos como inundaciones repentinas. Su proximidad a las ciudades abre oportunidades para la adopción de agricultura protegida, hidroponía y certificaciones de inocuidad, pero también incrementa la competencia por el suelo con la expansión inmobiliaria.

En paralelo, cultivos como el maíz amarillo para pienso han ganado peso en las zonas de ladera, impulsados por la creciente demanda de la industria avícola y porcina. La expansión de maíz en áreas montañosas, muchas veces sobre bosques secundarios, ha sido objeto de un intenso debate ambiental. Los rendimientos se sostienen a menudo mediante labranza intensiva en pendientes y uso elevado de herbicidas, con consecuencias directas sobre la erosión, la sedimentación de embalses y la calidad del agua. Este patrón revela el vínculo estrecho entre la estructura de la demanda de proteína animal, la configuración de los sistemas de cultivo y la salud de los ecosistemas.

La articulación de todos estos cultivos en un mismo territorio plantea un desafío sistémico: cómo mantener la competitividad de una agricultura intensiva y orientada a la exportación sin agotar los recursos que la sostienen. Las políticas públicas han comenzado a introducir instrumentos de agricultura sostenible, desde incentivos para el manejo integrado de plagas hasta programas de rotación de cultivos y adopción de variedades más eficientes en el uso del agua. No obstante, la presión combinada del crecimiento urbano, el cambio climático y la volatilidad de los mercados internacionales obliga a replantear la lógica de especialización extrema hacia una matriz productiva más resiliente, donde el arroz, la yuca, la caña, los frutales y los cultivos de montaña no compitan por sobrevivir, sino que se integren en paisajes agrícolas capaces de sostener, a la vez, economías rurales vivas y ecosistemas funcionales.

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