Principales cultivos producidos en Puerto Rico

Artículo - Principales cultivos producidos en Puerto Rico

La imagen agrícola de Puerto Rico suele reducirse a postales de caña de azúcar y cafetales de montaña, pero el mosaico real de cultivos es mucho más diverso y dinámico. En un territorio pequeño, sometido a huracanes, sequías intermitentes y presiones urbanas intensas, la agricultura puertorriqueña ha tenido que reconfigurarse una y otra vez. Ese proceso de transformación ha desplazado algunos cultivos históricos y ha impulsado otros, redefiniendo no solo el paisaje rural, sino también la seguridad alimentaria y la identidad culinaria del archipiélago.

Durante gran parte del siglo XX, la caña de azúcar dominó la economía agraria, moldeando infraestructura, relaciones laborales y hasta la organización del espacio. Sin embargo, la combinación de salarios crecientes, competencia internacional y políticas públicas orientadas a la industrialización provocó el colapso del sector azucarero. Hoy, la caña sobrevive en áreas limitadas, más vinculada a la producción de melaza, ron y experimentos de bioenergía que a los ingenios masivos del pasado. Este declive liberó tierras, pero también dejó un vacío estructural: la transición hacia cultivos alimentarios más diversos no fue inmediata ni homogénea.

En esa transición, el café recobró protagonismo simbólico, aunque con desafíos profundos. El café arábigo (Coffea arabica), cultivado en las montañas de la Cordillera Central —especialmente en municipios como Yauco, Adjuntas y Jayuya—, ha sido emblema de calidad desde el siglo XIX. No obstante, la combinación de huracanes como María, el envejecimiento de los cafetales, la escasez de mano de obra y la competencia de cafés importados ha reducido drásticamente su contribución al consumo interno. Paradójicamente, la reputación del café puertorriqueño como producto de alta calidad sensorial ha abierto nichos de mercado especializado, con énfasis en sistemas agroforestales, variedades seleccionadas y prácticas de sombra diversificada que integran árboles nativos y frutales.

Ese modelo agroforestal conecta el café con otro grupo de cultivos fundamentales: los frutales tropicales. La guayaba, el mango, la piña, la papaya y los cítricos ocupan un lugar creciente en la agricultura comercial y en los patios caseros. La piña, en particular, se ha consolidado como uno de los principales cultivos de exportación, apoyada en variedades de alta dulzura y en sistemas de producción intensiva en la zona norte y costera. El mango, cultivado en regiones como Lajas y el suroeste, se orienta tanto al mercado fresco local como a exportaciones selectivas, donde la calidad poscosecha y el manejo de plagas como la mosca de la fruta son determinantes. Estos frutales, además de su importancia económica, diversifican la dieta y aportan resiliencia ecológica frente a eventos extremos, siempre que se integren en paisajes con cobertura arbórea y suelos bien manejados.

La base calórica tradicional, sin embargo, no está en las frutas sino en los cultivos de raíces y tubérculos, el llamado “viandas” en el imaginario boricua. La yuca (Manihot esculenta), el ñame, la yautía y el malanga forman parte de un complejo alimentario que antecede a la colonización europea y que ha resistido los vaivenes de la economía global. Estos cultivos presentan una notable tolerancia al estrés hídrico, cierta resistencia a vientos fuertes cuando se manejan en sistemas diversificados, y una capacidad de almacenamiento en el suelo que funciona como “banco de energía” comestible. En un contexto de vulnerabilidad climática, su relevancia trasciende la nostalgia gastronómica y se convierte en un asunto de seguridad alimentaria estratégica.

Junto a las viandas, el plátano y el guineo constituyen la columna vertebral del consumo diario. El plátano, en particular, es un cultivo de altísimo valor cultural y económico; su presencia en todas las comidas lo convierte en un indicador sensible de crisis cuando escasea tras un huracán. Los sistemas de producción de musáceas en Puerto Rico, históricamente basados en monocultivos con baja diversificación genética, han mostrado vulnerabilidades frente a enfermedades como el Mal de Panamá y la Sigatoka negra. Esto ha impulsado investigaciones en mejoramiento genético, manejo integrado de plagas y diseños de parcelas donde el plátano se combina con cultivos de ciclo corto, reduciendo riesgos y mejorando la eficiencia del uso de la tierra.

La horticultura de ciclo corto, centrada en hortalizas de hoja, solanáceas y cucurbitáceas, ha ganado relevancia en las últimas décadas. Tomate, pimiento, lechuga, repollo, pepino y calabaza forman parte de un sistema intensivo que abastece tanto supermercados como mercados agrícolas directos. Sin embargo, la dependencia de insumos externos, como fertilizantes sintéticos y pesticidas, y la competencia de productos importados a bajo costo ponen presión sobre la rentabilidad de estos cultivos. El auge de la agricultura protegida —invernaderos y casas de malla— ha permitido producir hortalizas de mayor calidad y con menos impacto de plagas, pero también ha introducido nuevos retos de manejo climático, consumo energético y acceso al capital de inversión.

En paralelo, emergen experiencias de agricultura urbana y periurbana que reconfiguran la relación entre ciudad y campo. Techos verdes, huertos comunitarios y pequeñas fincas intensivas en el cinturón metropolitano producen lechugas, hierbas culinarias, ajíes y microgreens para mercados locales y restaurantes. Estas iniciativas no compiten en volumen con las grandes zonas agrícolas, pero sí generan innovación social y técnica, impulsando prácticas de agroecología, compostaje y manejo biológico de plagas. La proximidad al consumidor reduce pérdidas poscosecha y acorta cadenas de suministro, un factor crucial en un territorio insular con alta dependencia de importaciones alimentarias.

Entre los cultivos industriales, la ganadería lechera y la producción de forrajes están íntimamente ligados a la agricultura vegetal. Aunque la leche no es un cultivo en sentido estricto, su viabilidad depende del suministro local de pasto mejorado, heno y a veces maíz forrajero. La presión sobre tierras planas y fértiles, muchas veces disputadas por el desarrollo urbano, limita la expansión de estos sistemas y obliga a optimizar la productividad por unidad de superficie. En este contexto, las decisiones sobre qué sembrar —forraje, hortalizas, frutales o viandas— se convierten en un rompecabezas donde intervienen precios internacionales, subsidios, preferencias de consumo y proyecciones climáticas.

El clima tropical húmedo de Puerto Rico, con su gradiente altitudinal y microclimas, ofrece condiciones para una diversificación productiva aún mayor que la observada. No obstante, la estructura agraria fragmentada, el envejecimiento de la población agrícola y la falta de infraestructura de procesamiento y almacenamiento en frío limitan la capacidad de escalar algunos cultivos prometedores. Productos como el panapén (Artocarpus altilis), el cacao, el jengibre y la cúrcuma tienen potencial para nichos de alto valor, tanto locales como internacionales, pero requieren cadenas de valor integradas, certificaciones de calidad y una logística que hoy es todavía incipiente.

Los huracanes recientes han funcionado como laboratorio extremo de resiliencia agrícola. Tras María, muchos sistemas de plátano y café quedaron devastados, mientras que parcelas con diversidad de especies, cobertura de suelo y prácticas conservacionistas se recuperaron con mayor rapidez. Esta experiencia ha reforzado el interés por modelos de agricultura regenerativa, donde la selección de cultivos no se hace solo por rendimiento económico inmediato, sino por su capacidad de proteger el suelo, reciclar nutrientes y amortiguar impactos climáticos. En este sentido, la combinación de árboles frutales, viandas, leguminosas de cobertura y pequeños animales puede redefinir la lista de “principales cultivos”, entendidos ahora como componentes de sistemas integrados más que como rubros aislados.

En el trasfondo de todas estas decisiones productivas se encuentra una tensión fundamental: alimentar a la población con producción local, sin renunciar a la inserción en mercados globales. Puerto Rico importa una proporción muy alta de lo que consume, mientras dispone de suelos fértiles subutilizados o destinados a usos no agrícolas. Fortalecer la producción de cultivos clave —plátano, viandas, hortalizas frescas, frutas tropicales— no es solo una cuestión de nostalgia agraria, sino una estrategia de resiliencia socioecológica frente a interrupciones en cadenas de suministro, crisis energéticas y volatilidad de precios internacionales. La pregunta no es si el archipiélago puede volver a ser autosuficiente en términos absolutos, sino qué combinación de cultivos y sistemas productivos puede maximizar su autonomía relativa y su capacidad de respuesta ante un futuro incierto.

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