Principales cultivos producidos en Pakistán

Artículo - Principales cultivos producidos en Pakistán

En el mapa agrícola del planeta, Pakistán ocupa un lugar discreto a primera vista, pero decisivo si se observan los flujos de alimentos, fibras y materias primas que sostienen a millones de personas dentro y fuera de sus fronteras. La franja fértil que se extiende a lo largo del valle del Indo, alimentada por un sistema de riego entre los más extensos del mundo, ha convertido a un territorio de clima mayoritariamente árido y semiárido en un mosaico de cultivos intensivos. La paradoja es evidente: un país sometido a estrés hídrico crónico es, al mismo tiempo, uno de los principales productores globales de trigo, arroz y algodón, tres pilares de la seguridad alimentaria y de la industria textil mundial.

Ese protagonismo se entiende mejor al observar la estructura dual del sistema agrícola pakistaní. Por un lado, extensas explotaciones mecanizadas dominan las llanuras irrigadas de Punjab y Sindh; por otro, millones de pequeñas parcelas familiares dependen de la mano de obra humana y animal, con insumos limitados y una resiliencia frágil frente a las oscilaciones del clima y del mercado. En ambos casos, los mismos cultivos vertebran el paisaje: cereales de invierno y verano, fibras, oleaginosas y caña de azúcar, organizados en rotaciones que buscan equilibrar rendimiento, disponibilidad de agua y fertilidad de los suelos. El resultado es un patrón productivo intensivo en recursos, pero también altamente vulnerable.

El trigo es la columna vertebral de la dieta y de la política agrícola pakistaní. Ocupa la mayor parte de la superficie de cultivos de invierno y constituye la base calórica de la población rural y urbana. Su ciclo se ajusta al calendario del agua: siembras tras el monzón de verano, cuando los suelos aún conservan humedad, y cosechas al final de la estación fresca, antes de que el calor extremo reduzca drásticamente el rendimiento. Las variedades modernas de alto potencial, desarrolladas a partir de la revolución verde, se han difundido ampliamente, pero su productividad sigue limitada por la salinización de suelos, la deficiencia de micronutrientes y la gestión ineficiente del riego. Aun así, el trigo mantiene un papel casi simbólico: asegurar su disponibilidad interna es una prioridad política, incluso cuando los costos de producción superan los precios internacionales.

La centralidad del trigo, sin embargo, no eclipsa al segundo gran cereal del país: el arroz, especialmente en su forma aromática de alto valor, como el célebre basmati del Punjab. A diferencia del trigo, el arroz pakistaní está profundamente conectado con los mercados globales; parte importante de la producción se destina a la exportación, generando divisas esenciales. Este cereal se cultiva sobre todo bajo riego inundado, una práctica que maximiza el rendimiento pero exige enormes volúmenes de agua en un contexto de glaciares en retroceso y acuíferos sobreexplotados. Los sistemas de trasplante manual y cosecha poco mecanizada reflejan una estructura laboral intensiva, donde el arroz no solo alimenta, sino que también emplea. La presión para reducir el consumo hídrico impulsa la experimentación con técnicas como el riego intermitente y la siembra directa, pero su adopción es desigual y enfrenta barreras técnicas y culturales.

Si los cereales sostienen el plato, el algodón sostiene buena parte de la economía. Pakistán figura entre los principales productores mundiales de esta fibra, que alimenta una poderosa industria textil orientada tanto al mercado interno como a la exportación. El cultivo de algodón se concentra en zonas cálidas y relativamente secas, donde el riego controlado permite ajustar el suministro de agua a sus exigencias. La introducción de variedades Bt resistentes a insectos transformó el manejo de plagas, reduciendo inicialmente el uso de insecticidas. Sin embargo, la evolución de resistencias en poblaciones de lepidópteros y la aparición de nuevas plagas secundarias han vuelto a elevar la presión química sobre el agroecosistema. La dependencia de un solo cultivo comercial, expuesto a la volatilidad de los precios internacionales y al cambio climático, convierte al algodón en un vector de riesgo económico y ecológico.

En paralelo a los cereales y fibras, la caña de azúcar ocupa un lugar prominente en la planificación agrícola, aunque su lógica productiva es distinta. Se trata de un cultivo de ciclo largo, voraz en agua y nutrientes, estrechamente vinculado a la industria azucarera local. Su expansión ha respondido tanto a incentivos de precios como a la demanda de materia prima para refinerías y, en menor medida, para la producción de etanol. Pero la caña compite directamente por recursos hídricos con cultivos alimentarios y contribuye a la degradación de suelos cuando se practica sin rotaciones adecuadas ni manejo de residuos. La quema de rastrojos, frecuente en algunas regiones, agrava los problemas de contaminación atmosférica y pérdida de materia orgánica, generando un círculo vicioso de dependencia de fertilizantes sintéticos.

A la sombra de estos gigantes —trigo, arroz, algodón y caña— prospera un conjunto de oleaginosas que, aunque ocupan menor superficie, resultan estratégicas para la balanza comercial. El algodón no solo aporta fibra; su semilla se procesa para obtener aceite comestible, complementado por cultivos de colza, girasol y, en menor medida, soja. Pakistán importa una fracción considerable de los aceites vegetales que consume, de modo que cada incremento en el rendimiento de estas oleaginosas supone un alivio para sus cuentas externas. Sin embargo, la competencia por tierra con cultivos más rentables a corto plazo dificulta su expansión. La intensificación sostenible de estos sistemas exige mejorar la eficiencia del uso del nitrógeno, seleccionar variedades adaptadas a altas temperaturas y diseñar rotaciones que interrumpan ciclos de plagas y enfermedades.

En las zonas más áridas de Baluchistán y las laderas montañosas del norte, donde el riego por canal es limitado o inexistente, emergen otros protagonistas: los leguminosas de grano como el garbanzo, la lenteja y el mung bean. Estos cultivos, adaptados a condiciones de baja precipitación, aportan proteínas vegetales esenciales y fijan nitrógeno atmosférico en el suelo, reduciendo la necesidad de fertilizantes sintéticos. Su papel ecológico es crucial: insertados en rotaciones con cereales, mejoran la estructura del suelo, incrementan la materia orgánica y estabilizan los rendimientos frente a años secos. Sin embargo, las políticas de apoyo suelen favorecer cultivos de mayor visibilidad económica, relegando a las leguminosas a sistemas de subsistencia con acceso limitado a semillas mejoradas y servicios de extensión.

La horticultura introduce un matiz distinto en este paisaje productivo. Tomate, cebolla, papa, cítricos, mango y dátil, entre otros, ocupan superficies más reducidas pero generan un valor económico por hectárea muy superior al de los cultivos extensivos. Los cinturones hortícolas alrededor de las ciudades abastecen mercados frescos dinámicos, donde la calidad, la estacionalidad y la logística de frío determinan el precio tanto como el rendimiento. En frutales como el mango y los cítricos, Pakistán ha logrado nichos de exportación, aunque limitados por problemas de manejo poscosecha, trazabilidad y cumplimiento de estándares fitosanitarios internacionales. La horticultura, más intensiva en conocimiento que en insumos, revela con claridad la brecha tecnológica entre productores con acceso a asesoría técnica y crédito, y aquellos que operan en condiciones de alta incertidumbre.

Subyacente a todos estos cultivos se encuentra el factor que los hace posibles y, al mismo tiempo, los amenaza: el agua. El sistema de canales derivado del Indo, construido y ampliado desde la época colonial, permitió transformar un paisaje predominantemente desértico en un mosaico de agricultura irrigada. Pero ese mismo logro ha conducido a problemas de salinización y anegamiento en amplias zonas, donde el ascenso de la capa freática y la evaporación intensa concentran sales en el perfil del suelo. El trigo y el algodón muestran cierta tolerancia, pero el arroz y la caña de azúcar exacerban el problema cuando se manejan con láminas excesivas de riego. La gestión integrada del recurso hídrico —desde la modernización de canales hasta la adopción de riego por goteo en cultivos de alto valor— se vuelve determinante para el futuro de la agricultura pakistaní.

El cambio climático actúa como un amplificador de todas estas tensiones. Olas de calor más frecuentes durante la floración del trigo, cambios en el inicio y la intensidad del monzón que alteran la siembra del arroz, y eventos extremos de inundación que devastan campos de algodón y caña son ya parte de la experiencia reciente del país. La respuesta no puede limitarse a ajustar fechas de siembra o incrementar dosis de fertilizantes. Implica repensar la combinación de cultivos, diversificar hacia especies más tolerantes a la sequía, mejorar la eficiencia del uso del agua y reforzar los sistemas de semillas para que variedades adaptadas lleguen efectivamente a los agricultores. La ciencia agronómica dispone de herramientas para ello, desde el mejoramiento genético convencional hasta la agricultura digital, pero su impacto dependerá de la capacidad institucional y de la voluntad política para orientar los incentivos en la dirección adecuada.

En última instancia, los principales cultivos de Pakistán no son solo una lista de especies dominantes, sino la expresión de un delicado equilibrio entre clima, agua, suelos, mercados y decisiones humanas. Trigo, arroz, algodón, caña, oleaginosas, leguminosas y hortalizas forman un entramado donde cada ajuste repercute en el conjunto: más caña puede significar menos agua para arroz; más algodón, menos leguminosas fijadoras de nitrógeno; más horticultura, mayor demanda de frío y logística. Comprender este entramado es esencial para imaginar una agricultura que no solo produzca más, sino que lo haga con menos agua, menos degradación y mayor resiliencia social y ecológica en un territorio donde cada gota y cada hectárea cuentan.

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