Nigeria, vasta y diversa, se extiende desde las sabanas sahelianas del norte hasta las selvas húmedas del sur, y esa gradiente ecológica sostiene una de las agriculturas más complejas de África. Entender sus principales cultivos no es solo enumerar especies y volúmenes; es descifrar cómo clima, suelos, historia y mercados globales se entrelazan en paisajes rurales donde la seguridad alimentaria y la resiliencia ecológica se ponen a prueba cada temporada. En ese mosaico, la frontera entre subsistencia y mercado es porosa, y cada cultivo ocupa un lugar específico en la economía, en la dieta y en la política del país.
El punto de partida es el grupo de cereales básicos, columna vertebral de la alimentación nigeriana. En el centro y norte, el mijo perla (Pennisetum glaucum) y el sorgo (Sorghum bicolor) dominan campos expuestos a lluvias erráticas y altas temperaturas. Estas gramíneas de raíces profundas y ciclo flexible han evolucionado, junto con las prácticas campesinas, como una respuesta biológica a la aridez creciente. Mientras tanto, en la franja central y en ciertas zonas del norte más húmedo, el maíz (Zea mays) se ha expandido con rapidez, impulsado por variedades mejoradas de ciclo corto y altos rendimientos potenciales, pero también más dependientes de fertilizantes y manejo agronómico preciso.
Esa expansión del maíz no ha desplazado del todo a los cereales tradicionales porque el cambio climático redefine los márgenes de viabilidad. A medida que las lluvias se vuelven más impredecibles, el mijo y el sorgo conservan una ventaja fisiológica: toleran suelos pobres, soportan olas de calor y pueden completar su ciclo con menos agua. La coexistencia de estos cereales refleja una estrategia de diversificación del riesgo: el maíz alimenta mercados urbanos y avícolas, mientras mijo y sorgo aseguran la dieta de comunidades rurales cuando las campañas agrícolas fallan. La seguridad alimentaria se construye, así, sobre un equilibrio dinámico entre productividad y resiliencia.
Más al sur, donde las lluvias se vuelven más abundantes y los suelos más profundos, la energía de la dieta se desplaza hacia los tubérculos y raíces. Nigeria es uno de los mayores productores mundiales de yuca (Manihot esculenta), un cultivo que simboliza la capacidad de la agricultura tropical para amortiguar crisis. La yuca tolera suelos ácidos, soporta periodos de sequía y puede permanecer en el suelo como “almacén vivo” hasta que la familia necesite cosecharla. Convertida en garri, fufu o harina fermentada, estructura la alimentación cotidiana de millones de personas. Sin embargo, esta versatilidad agronómica convive con una vulnerabilidad bioquímica: las variedades con alto contenido de glucósidos cianogénicos exigen procesados cuidadosos para evitar intoxicaciones.
Junto a la yuca, los ñames (Dioscorea spp.) ocupan un lugar casi ceremonial en la cultura agrícola nigeriana, pero también una posición estratégica en términos de calorías y prestigio social. El ñame requiere suelos fértiles, tutores de madera y mayor inversión de trabajo, lo que limita su expansión masiva, pero su valor económico es alto y su simbolismo en rituales y celebraciones fortalece su persistencia. El ñame blanco y el ñame de agua se combinan con la yuca en sistemas de rotación y asociación que buscan mantener la fertilidad y reducir la presión de plagas del suelo. En menor medida, la batata (Ipomoea batatas) introduce una fuente adicional de energía y carotenoides, aunque aún no alcanza la centralidad de la yuca.
La arquitectura de la dieta no se sostiene solo en carbohidratos; las leguminosas aportan proteína vegetal y fijan nitrógeno en suelos frecuentemente degradados. El frijol caupí (Vigna unguiculata), conocido como cowpea, es omnipresente en el norte y centro del país. Su tolerancia relativa a la sequía y su capacidad de asociarse con cereales en cultivos mixtos lo vuelven esencial. Sin embargo, su potencial se ve mermado por insectos como Maruca vitrata y Callosobruchus spp., que atacan tanto en campo como en almacenamiento. La respuesta técnica incluye variedades resistentes y tratamientos poscosecha herméticos, pero la adopción depende de acceso a crédito, información y mercados.
En paralelo, el cacahuate o maní (Arachis hypogaea) cubre extensiones significativas del norte, articulando una interfaz entre nutrición y economía. Es fuente de aceite, proteína y forraje, y participa tanto en cadenas locales de valor como en exportaciones regionales. Su cultivo intensivo, sin manejo adecuado de rotaciones, puede acelerar la degradación del suelo y la proliferación de enfermedades fúngicas. La integración de leguminosas en esquemas de agricultura de conservación —con mínima labranza y cobertura permanente— se presenta como una vía para mantener la productividad sin agotar la base de recursos.
Si los cereales, tubérculos y leguminosas sostienen la alimentación interna, los cultivos comerciales conectan Nigeria con los mercados globales. El cacao (Theobroma cacao), concentrado en el suroeste húmedo, ha sido históricamente un vector de divisas. Su producción se organiza en pequeños huertos sombreados, donde la biodiversidad arbórea mitiga el estrés térmico y sostiene servicios ecosistémicos como el control biológico. No obstante, la edad avanzada de muchas plantaciones, la baja densidad de árboles mejorados y la volatilidad de los precios internacionales reducen la rentabilidad. La renovación clonal y la gestión del cáncer del tallo y otras enfermedades son desafíos técnicos tanto como políticos.
Más al sur y en la franja costera, la palma aceitera (Elaeis guineensis) domina el paisaje. Nigeria fue uno de los grandes productores históricos de aceite de palma, antes de ser superado por países del sudeste asiático con plantaciones industriales. Hoy, el cultivo combina palmares tradicionales dispersos, integrados en sistemas agroforestales, con plantaciones más intensivas. El aceite rojo es un ingrediente central de la cocina local, pero también un insumo industrial. La tensión entre expansión de la palma y conservación de bosques tropicales plantea dilemas similares a los observados en Indonesia o Malasia, aunque el patrón nigeriano sigue más fragmentado y menos mecanizado. El reto es aumentar la productividad por hectárea sin avanzar sobre ecosistemas de alto valor.
Otros cultivos comerciales completan el cuadro: el algodón (Gossypium hirsutum) en zonas semiáridas, el sésamo (Sesamum indicum) como cultivo exportador en expansión, y el anacardo (Anacardium occidentale) en áreas del centro y sur que buscan alternativas de ingreso frente a la volatilidad del cacao. Cada uno responde a nichos ecológicos específicos y a ventanas de oportunidad en los mercados internacionales. El sésamo, por ejemplo, se beneficia de su tolerancia a la sequía y de una demanda creciente en Asia, mientras el anacardo se inserta en cadenas de valor donde el procesamiento poscosecha y la calidad del grano determinan el acceso a precios premium.
La dimensión hortícola, a menudo menos visible en las estadísticas nacionales, es crucial para la diversidad nutricional. Tomate, pimiento, cebolla, okra y hortalizas de hoja se producen en cinturones periurbanos y valles irrigados, especialmente en la estación seca, cuando los ríos permiten sistemas de riego por gravedad o motobombas. Estos cultivos son intensivos en trabajo y en insumos, vulnerables a plagas y pérdidas poscosecha, pero esenciales para el suministro urbano. La mejora en cadenas de frío, empaques y transporte podría reducir de forma significativa las pérdidas, que en algunos casos superan el 30-40 % de la producción.
La organización espacial de estos cultivos no es estática. La presión demográfica, la urbanización y la expansión de infraestructuras modifican la lógica de uso del suelo. Zonas antes dedicadas a cereales extensivos se transforman en áreas de horticultura orientada a ciudades en crecimiento, mientras las rutas de comercio interior reconfiguran qué cultivos resultan más rentables. El acceso a carreteras pavimentadas y a mercados mayoristas determina si un agricultor apuesta por maíz comercial, por yuca procesada o por maní para exportación regional. En ese sentido, la geografía de los cultivos es también una geografía de la conectividad económica.
Sobre este entramado productivo se proyectan las amenazas del cambio climático. El avance del frente saheliano hacia el sur, la variabilidad interanual de las lluvias y la mayor frecuencia de eventos extremos ponen a prueba la estabilidad de los sistemas agrícolas nigerianos. Los cultivos más sensibles al estrés hídrico, como el maíz en zonas marginales, enfrentan riesgos crecientes, mientras los más tolerantes, como mijo, sorgo y yuca, ganan relevancia estratégica. La investigación agronómica se orienta hacia variedades más tolerantes a la sequía, manejo integrado de suelos y agua, y sistemas de alerta temprana que permitan ajustar fechas de siembra y combinaciones de cultivos.
En última instancia, los principales cultivos producidos en Nigeria forman una red de interdependencias ecológicas, económicas y culturales. No existen especies aisladas, sino sistemas de cultivo donde la asociación de maíz con caupí, la rotación con yuca o la integración de palmas aceiteras en mosaicos agroforestales definen la sostenibilidad a largo plazo. La cuestión central no es solo qué se produce, sino cómo se produce y bajo qué condiciones institucionales. El futuro de la agricultura nigeriana dependerá de su capacidad para combinar la sabiduría agronómica acumulada en las comunidades rurales con innovaciones científicas que aumenten la productividad sin sacrificar la resiliencia de los paisajes que la sostienen.
- Food and Agriculture Organization of the United Nations. (2023). FAOSTAT statistical database. Rome, Italy.
- Liverpool-Tasie, L. S. O., & Winter-Nelson, A. (2012). Social learning and farm technology in Ethiopia: Impacts on adoption and productivity. Agricultural Economics, 43(5), 459–471.
- Manyong, V. M., Ikpi, A., Olayemi, J. K., Yusuf, S. A., Omonona, B. T., Okoruwa, V., & Idachaba, F. S. (2005). Agriculture in Nigeria: Identifying opportunities for increased commercialization and investment. International Institute of Tropical Agriculture.
- Nweke, F. I. (2014). Cassava in Africa’s food economy: Past, present and future. International Institute of Tropical Agriculture.
- Olanrewaju, R. M., & Adeoti, A. I. (2014). Climate change and cereal production in Nigeria: Implications for food security. Nigerian Journal of Agricultural Economics, 4(1), 21–34.
- Ruf, F., & Schroth, G. (2013). Chocolate forests and monocultures: A historical review of cocoa growing and its conflicting role in tropical deforestation and forest conservation. Agroforestry Systems, 86(2), 303–323.
- Udoh, E. J., & Akpan, S. B. (2010). Measuring technical efficiency of waterleaf (Talinum triangulare) production in Akwa Ibom State, Nigeria. Journal of Agriculture and Social Sciences, 6(4), 83–88.
- World Bank. (2022). Nigeria: Country agricultural sector overview. Washington, DC: World Bank Group.

