Italia se extiende como una península de contrastes agroecológicos donde la agricultura no es solo una actividad económica, sino una arquitectura de paisajes, dietas y culturas regionales. La diversidad de sus suelo-climas, combinada con siglos de selección campesina y, más recientemente, con mejora genética sistemática, ha configurado un mosaico de cultivos que difícilmente puede reducirse a una lista estática. Sin embargo, algunos sistemas productivos se han vuelto tan dominantes, tanto en superficie como en valor añadido, que hoy estructuran el metabolismo agrícola del país: cereales de invierno en la Llanura Padana, viñedos escalonados en colinas y laderas, olivares mediterráneos, frutales intensivos y un cinturón hortícola que abastece a buena parte de Europa.
El primer pilar de ese sistema sigue siendo el trigo duro (Triticum durum), base de la pasta y pieza central de la identidad alimentaria italiana. Se concentra en el sur y las islas, donde los inviernos suaves y las primaveras relativamente secas reducen la presión de enfermedades fúngicas como la roya amarilla. La adaptación del trigo duro a condiciones de estrés hídrico moderado, gracias a raíces profundas y a ciclos de crecimiento ajustados a las lluvias invernales, explica su hegemonía frente al trigo blando en estas regiones. La mejora genética ha introducido variedades de alta índice de cosecha y mayor contenido proteico, optimizadas para la calidad tecnológica de la sémola, pero esa intensificación también ha aumentado la dependencia de fertilizantes nitrogenados, con implicaciones sobre emisiones de óxidos de nitrógeno y lixiviación de nitratos.
Al desplazarnos hacia el norte, la Llanura Padana se transforma en un laboratorio de agricultura intensiva, donde el maíz (Zea mays) domina los paisajes estivales. Este cultivo, esencial para la producción de piensos y para la potente industria láctea del valle del Po, se beneficia de suelos aluviales profundos y de una amplia disponibilidad de agua para riego. Sin embargo, esta aparente ventaja climática se ha vuelto frágil ante el aumento de las olas de calor y la irregularidad de las precipitaciones. El maíz, con su alta demanda hídrica y su sensibilidad a las temperaturas extremas durante la floración, se ha convertido en un indicador temprano de la vulnerabilidad climática del sistema agrícola italiano. La respuesta técnica ha sido doble: por un lado, la adopción de variedades de ciclo más corto y mejor tolerancia al estrés; por otro, la difusión de riego por aspersión y, en menor medida, por goteo, con una eficiencia todavía limitada por pérdidas por evaporación y drenaje.
En ese mismo entorno padano, el arroz (Oryza sativa), especialmente en Piamonte y Lombardía, representa un caso singular de adaptación hidrológica. Los arrozales italianos, inundados de primavera a verano, no solo producen granos para consumo interno y exportación, sino que sostienen ecosistemas semiacuáticos de alto valor ecológico. Este modelo, tradicionalmente dependiente de grandes volúmenes de agua superficial, se enfrenta hoy a una tensión estructural: la competencia entre usos urbanos, industriales y agrícolas, exacerbada por la reducción del caudal de los glaciares alpinos. La transición hacia sistemas de riego intermitente y la introducción de arroz de secano en algunas parcelas experimentales buscan reducir las emisiones de metano asociadas a la inundación continua y mitigar la presión sobre los recursos hídricos, aunque con desafíos en control de malezas y estabilidad de rendimientos.
Si los cereales sostienen la base calórica, la vid (Vitis vinifera) sostiene buena parte del valor económico y simbólico de la agricultura italiana. Los viñedos se despliegan desde el Alto Adigio hasta Sicilia, modulando su fisiología a gradientes finos de altitud, exposición y textura del suelo. La viticultura italiana se caracteriza por una extraordinaria diversidad de variedades autóctonas —Sangiovese, Nebbiolo, Barbera, Montepulciano, Nero d’Avola, entre muchas otras— que han coevolucionado con microclimas locales y prácticas culturales específicas. Esta diversidad genética constituye un recurso estratégico frente al cambio climático, al ofrecer distintos umbrales de tolerancia a calor, sequía y nuevas presiones bióticas. Sin embargo, la intensificación de los viñedos de alta densidad y la mecanización han incrementado la erosión en laderas y el uso de fitosanitarios, especialmente contra mildiu y oídio, lo que obliga a replantear manejos de cubiertas vegetales y estrategias de viticultura de precisión.
Ligados a la misma franja mediterránea, los olivares de Olea europaea dibujan un gradiente que va de la Toscana a Apulia, Calabria y Sicilia, donde el olivo alcanza su máxima expresión productiva. El aceite de oliva, núcleo graso de la dieta mediterránea, se beneficia de la notable tolerancia del cultivo a la sequía y a suelos pobres, pero no es inmune a las presiones emergentes. La expansión de la bacteria Xylella fastidiosa en el sur, con epicentro en Apulia, ha diezmado millones de árboles, revelando la vulnerabilidad de sistemas monovarietales y poco diversificados genéticamente. La respuesta ha implicado la búsqueda de cultivares tolerantes, la reconfiguración de densidades de plantación y un debate intenso entre modelos de olivar tradicional, de alto valor paisajístico, y sistemas superintensivos orientados a la mecanización total. En paralelo, el aumento de olas de calor extremas y la irregularidad de las lluvias obligan a reconsiderar el papel del riego suplementario y de técnicas como el acolchado orgánico para mantener la humedad del suelo.
Más allá de estos cultivos emblemáticos, la fruticultura italiana constituye un pilar silencioso pero decisivo. El manzano (Malus domestica) en Trentino-Alto Adigio y el peral (Pyrus communis) en Emilia-Romaña representan sistemas altamente tecnificados, con plantaciones en espaldera, redes antigranizo y riego por goteo controlado. La presión por calibres homogéneos y altos estándares estéticos ha impulsado el uso intensivo de reguladores de crecimiento y fitosanitarios, a la vez que ha favorecido la concentración en unas pocas variedades comerciales. Esta homogeneización genética aumenta la susceptibilidad a nuevas plagas y enfermedades, obligando a programas de manejo integrado de plagas (MIP) y a la introducción gradual de variedades club más resilientes. La fruticultura de hueso —melocotón, nectarina, albaricoque— en el valle del Po y en el centro del país enfrenta además una desincronización entre floración y polinizadores a causa de inviernos más suaves, un fenómeno que obliga a reconsiderar patrones de poda, elección de portainjertos y uso de coberturas para manipular la fenología.
La horticultura de campo abierto y bajo invernadero completa el cuadro productivo con cultivos de alto valor por hectárea. El tomate industrial en Emilia-Romaña y el sur, destinado a salsas y concentrados, se ha convertido en un cultivo estratégico para la agroindustria, con cadenas de valor altamente integradas. La mecanización de la cosecha ha favorecido variedades de crecimiento determinado, piel resistente y maduración concentrada, optimizadas para la recolección en una sola pasada. Sin embargo, la intensificación del tomate plantea problemas de salinización y degradación estructural del suelo en áreas de riego intensivo, así como una fuerte dependencia de mano de obra estacional en la fase de trasplante y manejo. En paralelo, el tomate fresco, los pimientos, las berenjenas y las cucurbitáceas bajo plástico en Sicilia y Campania ilustran la tensión entre productividad y sostenibilidad: altos rendimientos por unidad de superficie, pero con un consumo significativo de agua, energía y plásticos agrícolas cuya gestión al final de su vida útil sigue siendo deficitaria.
En los últimos años, la expansión de leguminosas de grano —garbanzo, lenteja, haba—, aunque todavía modesta en volumen, refleja una búsqueda deliberada de sistemas más equilibrados desde el punto de vista del nitrógeno. La capacidad de fijación simbiótica de estas especies, mediada por rizobios específicos, permite reducir la fertilización mineral en las rotaciones y mejorar la estructura del suelo. Programas de revalorización de variedades locales, como la lenteja de Castelluccio di Norcia o el garbanzo de Navelli, ponen de relieve que la diversificación no es solo una cuestión agronómica, sino también económica y cultural. Sin embargo, la rentabilidad de las leguminosas sigue siendo frágil frente a la competencia de importaciones baratas, lo que subraya la importancia de políticas agrarias que internalicen los beneficios ambientales de estos cultivos.
Todos estos sistemas productivos se entretejen en un contexto de cambio climático, presión sobre recursos y transformación de los patrones de consumo. La agricultura italiana, apoyada en una combinación de denominaciones de origen, innovación tecnológica y tradición campesina, se ve obligada a redefinir sus principales cultivos no solo en función de la demanda del mercado, sino de la resiliencia ecológica. La reconversión hacia prácticas de agricultura de conservación, el uso de sensores remotos y modelos de decisión para optimizar riegos y tratamientos, y la recuperación de diversidad genética infrautilizada son movimientos que ya están reconfigurando el mapa de cultivos. En ese proceso, trigo, maíz, arroz, vid, olivo, frutales y hortalizas no desaparecen, pero cambian de latitud, de altitud y de manejo, recordando que la agricultura es, en última instancia, un diálogo en constante ajuste entre la biología de los cultivos y las condiciones cambiantes de un planeta finito.
- Bindi, M., & Olesen, J. E. (2011). The responses of agriculture in Europe to climate change. Regional Environmental Change, 11(S1), 151–158.
- FAO. (2023). FAOSTAT: Crops and livestock products. Food and Agriculture Organization of the United Nations.
- Istat. (2022). Annuario dell’agricoltura italiana. Istituto Nazionale di Statistica.
- Moriondo, M., Giannakopoulos, C., & Bindi, M. (2011). Climate change impact assessment: The role of climate extremes in crop yield simulation. Climatic Change, 104(3–4), 679–701.
- Nardone, A., Ronchi, B., Lacetera, N., Ranieri, M. S., & Bernabucci, U. (2010). Effects of climate changes on animal production and sustainability of livestock systems. Livestock Science, 130(1–3), 57–69.
- Ruggieri, L., Cadena, E., Martínez-Blanco, J., Gasol, C. M., Rieradevall, J., Gabarrell, X., Gea, T., Sort, X., & Sánchez, A. (2009). Recovery of agricultural wastes and co-products through composting: A review. Critical Reviews in Environmental Science and Technology, 39(11), 1011–1048.
- Tubiello, F. N., Salvatore, M., Cóndor Golec, R. D., Ferrara, A., Rossi, S., Biancalani, R., Federici, S., Jacobs, H., & Flammini, A. (2014). Agriculture, forestry and other land use emissions by sources and removals by sinks. FAO Statistics Division.
- Vannucci, S., & Pieri, S. (2019). Italian agriculture and the challenge of climate change. Italian Journal of Agronomy, 14(3), 179–188.

