Indonesia, un archipiélago de más de diecisiete mil islas, es ante todo una potencia agrícola fragmentada. Su diversidad climática, edáfica y cultural produce un mosaico de sistemas de cultivo que rara vez encajan en las categorías simples de la estadística global. Hablar de los principales cultivos producidos en Indonesia exige mirar más allá de las cifras de toneladas y hectáreas, para entender cómo se entrelazan la seguridad alimentaria, la exportación de materias primas y la transformación acelerada de los paisajes rurales. En ese entrecruce, algunos cultivos se convierten en auténticos ejes gravitacionales del sistema agrario nacional.
El primero de ellos es el arroz (Oryza sativa), que no solo domina las mesas, sino también la imaginación política y económica del país. Más del 90 % de la población lo consume a diario, y su disponibilidad define la percepción social de estabilidad. La mayor parte del arroz indonesio se produce en sistemas de arrozales inundados en Java, Sumatra y Sulawesi, donde la combinación de suelos aluviales, riego intensivo y alta densidad de población ha favorecido una agricultura extremadamente intensiva. La llamada “revolución verde” dejó aquí una huella profunda: variedades de alto rendimiento, fertilizantes nitrogenados, pesticidas y múltiples cosechas al año. Sin embargo, esa intensificación ha tensado los ciclos hidrológicos y la fertilidad del suelo, obligando a repensar la productividad no solo como rendimiento por hectárea, sino como sostenibilidad a largo plazo.
Esa tensión se hace evidente en el creciente interés por sistemas de intensificación sostenible del arroz (SRI, por sus siglas en inglés), que buscan reducir el uso de agua y agroquímicos, aumentando la aireación del suelo y la diversidad microbiana. Estos enfoques, aún minoritarios, apuntan hacia un cambio de paradigma: de la maximización inmediata de la producción a la resiliencia ecológica en un contexto de cambio climático. El aumento de episodios de El Niño y La Niña altera los patrones de lluvia y pone en riesgo la estabilidad de un cultivo que depende críticamente de la sincronía entre el calendario agrícola y el monzón. Así, el arroz, aparentemente estático, se convierte en un indicador dinámico de la vulnerabilidad climática del país.
En paralelo, Indonesia ha construido buena parte de su poder económico sobre los cultivos de plantación, especialmente el aceite de palma (Elaeis guineensis). En pocas décadas, la palma aceitera ha pasado de ser una curiosidad botánica a ocupar millones de hectáreas en Sumatra, Kalimantan y Papúa. El aceite de palma fluye hacia mercados globales como ingrediente en alimentos procesados, cosméticos y biocombustibles, lo que convierte a Indonesia en el mayor productor mundial. La eficiencia biológica de la palma —altísimos rendimientos de aceite por unidad de superficie— se ha utilizado como argumento para justificar su expansión. Sin embargo, esa expansión se ha realizado con frecuencia a costa de bosques tropicales y turberas ricas en carbono, generando emisiones masivas de gases de efecto invernadero y pérdida de biodiversidad.
La complejidad aumenta cuando se observa quién cultiva la palma. No se trata solo de grandes corporaciones; pequeños agricultores y esquemas de outgrowers participan en esta economía, atrapados entre la promesa de ingresos estables y la dependencia de cadenas de valor controladas externamente. Las certificaciones de aceite de palma sostenible intentan mitigar los impactos ambientales y sociales, pero su alcance real es desigual. La cuestión de fondo es si un cultivo tan dominante puede reconfigurarse sin perpetuar la deforestación y la degradación de suelos, al tiempo que se mantiene el ingreso de millones de familias rurales que ahora dependen de él.
Junto a la palma, otros cultivos de plantación han marcado la historia agraria indonesia. El caucho (Hevea brasiliensis), introducido en la época colonial, continúa siendo un pilar para pequeños productores, sobre todo en Sumatra y Kalimantan. Aunque su rentabilidad ha sido eclipsada por la palma, el caucho mantiene una función estratégica como diversificador de ingresos y como amortiguador frente a la volatilidad de precios internacionales. Sus sistemas agroforestales tradicionales, donde los árboles de caucho conviven con frutales y especies maderables, conservan mayor complejidad ecológica que los monocultivos industriales. En ellos persiste un conocimiento local sobre gestión de la biodiversidad que podría ser clave para rediseñar paisajes productivos más resilientes.
Algo similar ocurre con el café (Coffea arabica y C. canephora) y el cacao (Theobroma cacao), cultivados sobre todo por pequeños agricultores en Sumatra, Sulawesi y Nusa Tenggara. Estos cultivos, frecuentemente establecidos bajo sombra de árboles nativos o introducidos, generan sistemas de agroforestería que combinan producción de commodities con servicios ecosistémicos como conservación de suelos, captura de carbono y hábitat para fauna. Sin embargo, la presión por aumentar la productividad ha impulsado la eliminación de la sombra y el uso intensivo de insumos, debilitando la resiliencia de estos sistemas frente a plagas, enfermedades y estrés hídrico. La paradoja es clara: la búsqueda de más rendimiento a corto plazo puede reducir la estabilidad de la producción en un clima cada vez más impredecible.
Más allá de los cultivos de exportación, la dieta indonesia se apoya también en tubérculos y raíces como la yuca (Manihot esculenta), el ñame y el taro. Aunque el arroz domina, estos cultivos aportan una reserva energética crucial en zonas donde el riego es limitado o los suelos son marginales. La yuca, en particular, tolera suelos pobres y sequías prolongadas, lo que la convierte en un componente clave de la seguridad alimentaria en regiones como el este de Indonesia. Sin embargo, su menor prestigio social frente al arroz ha limitado su integración en políticas alimentarias nacionales, que siguen tendiendo a medir la suficiencia casi exclusivamente en toneladas de arroz per cápita. Esta visión estrecha dificulta el aprovechamiento de la diversidad agrícola como seguro frente a crisis climáticas o de mercado.
Los cereales secundarios, como el maíz (Zea mays), ocupan un lugar intermedio entre la alimentación humana y la producción de alimentos balanceados para ganado y aves. En muchas zonas de Nusa Tenggara y Sulawesi, el maíz sigue siendo un alimento básico, pero a escala nacional su demanda crece sobre todo impulsada por la intensificación de la avicultura. Esto vincula el maíz a procesos de urbanización y cambios dietéticos, donde aumenta el consumo de proteína animal. La expansión del maíz, frecuentemente en laderas y áreas propensas a la erosión, plantea interrogantes sobre el manejo de suelos, la rotación de cultivos y la necesidad de prácticas conservacionistas que eviten la degradación irreversible de tierras agrícolas.
No puede ignorarse el papel de las hortalizas y frutas tropicales, aunque su producción se registre de forma más fragmentaria. Tomate, chile, cebolla, banana, mango, papaya y durián, entre otros, sostienen economías intensivas en mano de obra y muy sensibles a las oscilaciones de precios en mercados locales y urbanos. Estos cultivos, al requerir ciclos cortos, riego más preciso y, en muchos casos, protección frente a plagas, actúan como laboratorios vivos de innovación técnica. La adopción de riego por goteo, mallas antiinsectos o bioinsumos suele comenzar aquí antes de extenderse a otros sectores. Además, la diversidad genética de frutas y hortalizas indonesias representa un reservorio valioso para programas de mejoramiento genético orientados a la adaptación climática y nutricional.
En el trasfondo de todos estos cultivos se encuentra una cuestión decisiva: la estructura de la tenencia de la tierra y la organización social de la producción. Indonesia combina grandes plantaciones corporativas con millones de pequeños agricultores que manejan parcelas de tamaño reducido. Esta dualidad condiciona el tipo de innovaciones que pueden implementarse. Tecnologías que requieren inversiones altas o acceso sofisticado a mercados suelen concentrarse en las plantaciones, mientras que los pequeños productores se apoyan en redes comunitarias, cooperativas y conocimientos tradicionales. Entender los principales cultivos del país implica, por tanto, entender quién decide qué se siembra, cómo se cultiva y a quién benefician los flujos de valor generados.
A medida que el cambio climático altera las lluvias monzónicas, eleva el nivel del mar y modifica la distribución de plagas, la jerarquía de cultivos podría reconfigurarse. Variedades de arroz tolerantes a la salinidad, palmas más resistentes a la sequía o sistemas agroforestales diversificados dejan de ser opciones marginales para convertirse en condiciones de supervivencia agraria. La clave no radica solo en introducir nuevas tecnologías, sino en reorganizar los paisajes productivos para que integren simultáneamente productividad, conservación y equidad social. En ese horizonte, los principales cultivos de Indonesia ya no se definen únicamente por su volumen de producción, sino por su capacidad de sostener, sin agotar, la compleja trama ecológica y humana de un archipiélago que se juega su futuro en los campos.
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