La geografía agrícola de India es un mosaico excepcional donde la diversidad climática, cultural y ecológica se condensa en un territorio que alimenta a más de mil cuatrocientos millones de personas. Desde las llanuras aluviales del Indo-Ganges hasta las mesetas del Decán, pasando por los valles del noreste y las zonas áridas de Rajastán, el país ha ido seleccionando, durante milenios, un conjunto de cultivos que no solo sostienen su seguridad alimentaria, sino que también estructuran su economía, su paisaje y sus relaciones sociales. Hablar de los principales cultivos producidos en India es, por tanto, hablar de un sistema vivo donde la fisiología vegetal, la economía política y la cultura alimentaria se entrelazan de forma inseparable.
En el centro de este sistema se encuentra el arroz (Oryza sativa), columna vertebral de la dieta en el este y el sur del país. India es uno de los mayores productores mundiales de este cereal, con enormes superficies irrigadas en estados como Uttar Pradesh, Bengala Occidental, Andhra Pradesh y Tamil Nadu. El arroz ilustra con claridad la dependencia estructural de la agricultura india respecto al monzón: la llegada puntual de las lluvias determina fechas de siembra, disponibilidad de agua y rendimientos. En regiones con sistemas de riego intensivo, las variedades de alto rendimiento, combinadas con fertilización nitrogenada, han elevado la producción, pero también han incrementado la presión sobre los acuíferos y la contaminación por nitratos. Al mismo tiempo, persisten variedades tradicionales adaptadas a suelos encharcados, salinos o pobres en nutrientes, que representan un reservorio genético crucial frente a la inestabilidad climática.
Si el arroz domina el este, el trigo (Triticum aestivum) articula el paisaje agrícola del norte y noroeste, especialmente en Punjab, Haryana y partes de Uttar Pradesh y Madhya Pradesh. El trigo rabi, cultivado en la estación fresca y seca tras el monzón, se beneficia de sistemas de riego canalizados y de una mecanización relativamente avanzada en comparación con el resto del país. La llamada Revolución Verde transformó estos territorios en polos de alta productividad mediante variedades semienanas, fertilizantes químicos y pesticidas. Sin embargo, estos logros productivos se han visto acompañados por una creciente degradación del suelo, disminución de la materia orgánica y aparición de resistencias en plagas y patógenos. El trigo, que fue símbolo de seguridad alimentaria en la segunda mitad del siglo XX, es hoy también un indicador de los límites biofísicos de los modelos agrícolas intensivos.
Más allá de los cereales básicos, el mijo perla (Pennisetum glaucum), el mijo pequeño (Eleusine coracana y otras especies) y el sorgo (Sorghum bicolor) representan una constelación de cultivos históricamente subvalorados pero agronómicamente extraordinarios. Predominan en las zonas semiáridas de Rajastán, Karnataka, Maharashtra y Telangana, donde la irregularidad de las lluvias hace inviable la dependencia exclusiva del arroz o el trigo. Su tolerancia a la sequía, a suelos marginales y a temperaturas elevadas los convierte en aliados estratégicos frente al calentamiento global. Estos granos, ricos en micronutrientes y fibra, están siendo revalorizados en las políticas nutricionales y en los mercados urbanos, donde emergen como alternativas más sostenibles y saludables a los cereales refinados. Paradójicamente, su expansión futura dependerá tanto de decisiones de consumo como de decisiones agronómicas.
En el ámbito de las leguminosas, India es líder mundial en la producción de pulses: Cajanus cajan (gandul), Cicer arietinum (garbanzo), Lens culinaris (lenteja), Vigna radiata (mung) y Vigna mungo (urd), entre otras. Estos cultivos cumplen un doble papel esencial. Desde el punto de vista nutricional, aportan proteína vegetal a una población con un alto porcentaje de dietas vegetarianas. Desde el punto de vista agronómico, fijan nitrógeno atmosférico en el suelo mediante simbiosis con rizobios, reduciendo la necesidad de fertilizantes sintéticos en rotaciones con cereales. Sin embargo, los rendimientos medios siguen siendo relativamente bajos por la limitada inversión en mejoramiento genético, la vulnerabilidad a enfermedades y la prioridad histórica otorgada a los cereales. La expansión de rotaciones cereal-leguminosa y de sistemas de agricultura de conservación podría reequilibrar esta asimetría, mejorando la fertilidad del suelo y reduciendo la huella ambiental.
La India agrícola no se entiende sin el algodón (Gossypium hirsutum y G. arboreum), cultivo industrial por excelencia en estados como Maharashtra, Gujarat, Telangana y Andhra Pradesh. El algodón transgénico Bt, adoptado masivamente desde principios de los años 2000, redujo inicialmente el daño por lepidópteros y elevó los rendimientos, pero también generó una nueva dependencia de semillas comerciales y de paquetes tecnológicos intensivos en agroquímicos. Con el tiempo han emergido plagas secundarias, como los trips y los ácaros, y se han documentado casos de resistencia al gen Bt en poblaciones de insectos. La vulnerabilidad económica de pequeños productores, sometidos a la volatilidad de los precios internacionales y a los costes crecientes de producción, ilustra las tensiones entre innovación biotecnológica, equidad social y resiliencia ecológica.
Otro pilar industrial es la caña de azúcar (Saccharum officinarum), concentrada en Uttar Pradesh, Maharashtra y Karnataka. Este cultivo perenne, de alto consumo hídrico, simboliza la contradicción entre expansión económica y estrés de recursos. La caña alimenta ingenios azucareros, destilerías de etanol y una cadena de valor que genera empleo rural, pero su demanda de agua subterránea ha contribuido a la sobreexplotación de acuíferos en zonas semiáridas. Además, la quema de residuos de caña y las emisiones asociadas al procesamiento industrial plantean desafíos de contaminación atmosférica y de emisiones de gases de efecto invernadero. La transición hacia sistemas de riego por goteo, variedades más eficientes en el uso del agua y valorización de subproductos como el bagazo para bioenergía podría amortiguar parte de estos impactos.
En las regiones tropicales y subtropicales, el azafrán de la cocina india es, en realidad, el cúrcuma (Curcuma longa), acompañado de jengibre (Zingiber officinale), cardamomo (Elettaria cardamomum) y otras especias que han situado históricamente a India en el centro del comercio global. Estados como Kerala, Karnataka y Andhra Pradesh producen una fracción significativa de las especias del mundo. Estos cultivos, aunque menos extensivos que los cereales, tienen un valor económico muy elevado por unidad de superficie y sostienen complejas redes de pequeños productores, intermediarios y exportadores. La calidad organoléptica, la concentración de curcuminoides o aceites esenciales y la trazabilidad fitosanitaria son factores determinantes para acceder a mercados internacionales exigentes, lo que impulsa la adopción de buenas prácticas agrícolas, certificaciones y sistemas de manejo integrado de plagas.
Los hortalizas y frutales añaden otra capa de complejidad al paisaje productivo. India es gran productor de patata, cebolla, tomate, así como de mango, banana, guayaba y cítricos. Estos cultivos intensivos en mano de obra generan ingresos importantes en explotaciones pequeñas y medianas, pero son extremadamente sensibles a las fluctuaciones de precios y a las pérdidas poscosecha, que pueden superar el 20–30 % en ausencia de cadenas de frío y almacenamiento adecuados. La variabilidad climática, con olas de calor más frecuentes y eventos de lluvia extrema, incrementa la incidencia de enfermedades fúngicas y bacterianas, obligando a replantear calendarios de siembra, selección varietal y estrategias de manejo integrado de enfermedades. La horticultura periurbana, por su parte, se perfila como una vía para acortar cadenas de suministro y mejorar la disponibilidad de alimentos frescos en ciudades densamente pobladas.
No puede ignorarse el papel de cultivos oleaginosos como la soja (Glycine max), la colza-mostaza (Brassica juncea), el maní (Arachis hypogaea) y el sésamo (Sesamum indicum). Aunque India es gran productor, sigue siendo importador neto de aceites vegetales, lo que refleja una brecha entre consumo interno y capacidad productiva. La soja en Madhya Pradesh y Maharashtra, o el maní en Gujarat, se integran en esquemas de rotación que combinan objetivos de renta con mejoras en la estructura del suelo. Sin embargo, la expansión de estos cultivos plantea preguntas sobre la conversión de tierras, la competencia con cultivos alimentarios y la sostenibilidad de modelos basados en monocultivos extensivos y uso intensivo de plaguicidas.
La coexistencia de estos cultivos principales, con sus dinámicas productivas, ecológicas y socioeconómicas, sitúa a India ante una encrucijada. Por un lado, la presión demográfica y el aumento de ingresos urbanos impulsan la demanda de cereales, aceites, proteína vegetal, frutas y productos procesados. Por otro, el cambio climático, la degradación de recursos y la fragmentación de la propiedad agraria limitan la capacidad de seguir aumentando rendimientos mediante la simple intensificación química. La respuesta no reside en un único cultivo milagroso, sino en rediseñar conjuntos de cultivos, rotaciones y paisajes agrícolas que integren productividad, diversidad biológica y estabilidad económica. La India agrícola del siglo XXI se definirá por cómo logre armonizar el arroz con los mijo, el trigo con las leguminosas, la caña con el agua, el algodón con la biodiversidad y las especias con la calidad, en un entramado donde cada cultivo principal deje de ser una isla y pase a formar parte de un sistema realmente resiliente.
- Food and Agriculture Organization of the United Nations. (2023). FAOSTAT statistical database. FAO.
- Government of India, Ministry of Agriculture & Farmers Welfare. (2022). Agricultural statistics at a glance 2022. Directorate of Economics and Statistics.
- Indian Council of Agricultural Research. (2021). Handbook of agriculture (7th ed.). ICAR.
- Pingali, P. L. (2012). Green Revolution: Impacts, limits, and the path ahead. Proceedings of the National Academy of Sciences, 109(31), 12302–12308.
- Reddy, B. V. S., Ramesh, S., Reddy, P. S., & Kumar, A. A. (2008). Sweet sorghum as a biofuel crop: Where are we now? Energy for Sustainable Development, 12(2), 20–27.
- Sharma, B. R., Villholth, K. G., & Sharma, K. D. (2006). Groundwater research and management: Integrating science into management decisions. Current Science, 91(12), 1616–1624.
- Singh, R. B., Kumar, P., & Woodhead, T. (2002). Smallholder farmers in India: Food security and agricultural policy. FAO Regional Office for Asia and the Pacific.
- Tilman, D., Balzer, C., Hill, J., & Befort, B. L. (2011). Global food demand and the sustainable intensification of agriculture. Proceedings of the National Academy of Sciences, 108(50), 20260–20264.

