Ghana se extiende como un mosaico agroecológico donde la humedad del Golfo de Guinea se encuentra con la aridez progresiva del Sahel. Esa gradiente climática, modulada por suelos que van desde los Ferralsoles muy meteorizados del sur hasta los Acrisoles y Lixisoles del norte, determina con precisión qué cultivos prosperan, cómo se organizan los sistemas productivos y qué vulnerabilidades arrastran. Entender los principales cultivos de Ghana implica leer al mismo tiempo su geografía, su historia económica y las tensiones entre exportación y seguridad alimentaria que atraviesan al país desde la época colonial.
El caso paradigmático es el cacao (Theobroma cacao), columna vertebral de la agricultura de exportación ghanesa. Introducido a finales del siglo XIX, el cacao encontró en las zonas de bosque húmedo del sur un ambiente casi ideal: lluvias bien distribuidas, temperaturas estables y suelos profundos, aunque ácidos y pobres en fósforo disponible. Lo notable no es solo la aptitud ecológica, sino la estructura social que se generó en torno al cultivo: fincas familiares de pequeña escala, organizadas en torno a árboles de sombra, que combinan cacao con banano, plátano y especies forestales. Este modelo ha permitido una amplia distribución de ingresos, pero también ha fomentado la expansión agrícola hacia bosques remanentes, con impactos sobre la biodiversidad y el balance de carbono.
La productividad del cacao en Ghana ilustra el choque entre potencial biológico y limitaciones de manejo. A pesar de disponer de materiales genéticos mejorados y de conocimientos agronómicos consolidados, muchos agricultores operan con árboles envejecidos, baja reposición de nutrientes y control insuficiente de plagas como la moniliasis y la escoba de bruja. La combinación de degradación del suelo y variabilidad climática ha reducido la estabilidad de los rendimientos, empujando a la intensificación mediante fertilizantes y a la renovación de plantaciones. Sin embargo, la intensificación mal planificada puede exacerbar la contaminación de aguas y la pérdida de materia orgánica, de modo que la sostenibilidad del cacao depende cada vez más de sistemas agroforestales diversificados y de esquemas de certificación que premien la conservación de sombra y la trazabilidad.
Mientras el cacao se orienta al mercado global, los cultivos básicos que sostienen la dieta diaria se concentran en los cereales, con el maíz (Zea mays) como protagonista. Distribuido desde las zonas de transición del centro hasta el norte semiárido, el maíz se cultiva tanto como monocultivo como en asociación con leguminosas y raíces. Su importancia radica no solo en el aporte calórico, sino en su papel en la alimentación animal, especialmente en la avicultura en expansión. Sin embargo, el maíz en Ghana está atrapado en una paradoja: es el cultivo más promovido por programas de subsidio de fertilizantes y semillas, pero sigue siendo altamente vulnerable a la irregularidad de las lluvias y a la falta de infraestructura de almacenamiento, lo que provoca pérdidas poscosecha significativas por hongos y micotoxinas.
La apuesta por el maíz ha desplazado parcialmente a otros cereales tradicionales como el mijo perla (Pennisetum glaucum) y el sorgo (Sorghum bicolor), especialmente en el norte. Estos cultivos, de raíces profundas y alta eficiencia en el uso del agua, están mejor adaptados a los regímenes pluviométricos erráticos y a los suelos menos fértiles. Desde una perspectiva agroecológica, el mijo y el sorgo representan una forma de seguro climático: mantienen rendimientos aceptables donde el maíz fracasa. Sin embargo, su menor demanda en los mercados urbanos y la menor inversión en mejoramiento genético los han relegado a un segundo plano, a pesar de su valor nutricional y de su papel en la resiliencia de los sistemas agrícolas frente al cambio climático.
Si el maíz articula la franja central y el norte, las raíces y tubérculos modelan la seguridad alimentaria del sur y la zona de transición. La yuca (Manihot esculenta) es, en términos de energía por hectárea, uno de los cultivos más eficientes de Ghana. Su tolerancia a la sequía relativa, su capacidad de permanecer en el suelo como “reserva viva” y su flexibilidad en las fechas de cosecha la convierten en un amortiguador frente a crisis de producción de cereales. Además, su transformación en gari, kokonte y otros derivados genera cadenas de valor locales, mayormente gestionadas por mujeres. No obstante, la expansión de la yuca en monocultivo, sin rotaciones adecuadas, aumenta la presión sobre los nutrientes del suelo y favorece la acumulación de enfermedades como la bacteriosis vascular y el virus del mosaico africano.
Junto a la yuca, el ñame (Dioscorea spp.) ocupa un lugar cultural y económico preponderante, especialmente en el llamado “cinturón del ñame” del centro-norte. A diferencia de la yuca, el ñame exige suelos bien estructurados y ricos en materia orgánica, y su cultivo tradicional requiere estructuras de tutorado y montículos altos, con un coste de mano de obra considerable. Esta exigencia ha vinculado históricamente al ñame con sistemas de barbecho y con prácticas que, cuando se acortan los periodos de descanso del suelo, pueden acelerar la degradación. Pese a ello, el elevado valor de mercado del ñame y su importancia ceremonial lo mantienen como un cultivo estratégico, cuya intensificación sostenible pasa por mejorar la eficiencia del uso de estacas, el manejo de semilla vegetativa y la incorporación de abonos orgánicos.
En el mismo entramado de raíces, la batata (Ipomoea batatas) y el taro (Colocasia esculenta) complementan la dieta y diversifican el riesgo productivo. Aunque su superficie es menor, aportan micronutrientes esenciales y se adaptan bien a nichos ecológicos específicos, como áreas con drenaje deficiente o con suelos marginales. Esta diversidad de tubérculos no es un mero catálogo botánico: es una estrategia de gestión del riesgo que distribuye la vulnerabilidad frente a plagas, sequías y fluctuaciones de precios, reduciendo la probabilidad de fallas simultáneas en todos los cultivos básicos.
En el ámbito de los cultivos oleaginosos, el aceite de palma (Elaeis guineensis) ocupa un lugar central en el sur húmedo. Sus plantaciones, que van desde pequeñas parcelas familiares hasta grandes explotaciones industriales, producen tanto aceite rojo para consumo local como aceite refinado para exportación y usos industriales. La palma se asocia con frecuencia a debates globales sobre deforestación, pero en Ghana su patrón de expansión ha sido más fragmentado y menos masivo que en el sudeste asiático. El desafío reside en equilibrar la alta productividad de aceite por hectárea con prácticas de manejo que preserven corredores de biodiversidad, reduzcan la erosión y limiten el uso indiscriminado de herbicidas que afectan la biota del suelo.
Otro actor clave es el coco (Cocos nucifera), concentrado en las franjas costeras. Sus sistemas de cultivo, a menudo mezclados con cacao joven, banano y cultivos anuales, representan una forma de agroforestería costera que protege contra la erosión y aporta múltiples productos: agua de coco, copra, fibra y madera. Sin embargo, enfermedades como el amarillamiento letal han diezmado plantaciones en algunas zonas, obligando a programas de sustitución varietal y manejo fitosanitario más sistemático. La vulnerabilidad del coco a tormentas intensas y al ascenso del nivel del mar introduce una dimensión costera del cambio climático en la agricultura ghanesa que se suma a las presiones ya existentes en el interior.
Entre los cultivos industriales, el algodón (Gossypium hirsutum) ha tenido una trayectoria intermitente, concentrado en el norte, donde compite por tierra y agua con alimentos básicos. Su promoción se ha justificado por la generación de divisas y la integración en cadenas textiles, pero la volatilidad de los precios internacionales y los costes de insumos han limitado su expansión sostenida. Más prometedor en términos de integración con la seguridad alimentaria es el anacardo (Anacardium occidentale), cuya superficie se ha incrementado notablemente. Este cultivo perenne se adapta bien a zonas de transición y semiáridas, mejora la cobertura del suelo y ofrece ingresos en la estación seca, aunque también puede desplazar cultivos alimentarios si no se planifica su inserción en sistemas agroforestales mixtos.
La agricultura ghanesa, articulada en torno a estos cultivos principales, se encuentra hoy en una encrucijada. La presión demográfica, la fragmentación de la tierra y la variabilidad climática empujan hacia la intensificación, mientras que la degradación de los recursos y la dependencia de unos pocos rubros de exportación revelan la fragilidad del modelo. La respuesta no pasa por abandonar el cacao, el maíz o la yuca, sino por reconfigurarlos dentro de paisajes agrícolas más diversificados, con rotaciones que incluyan leguminosas como el caupí (Vigna unguiculata), mayor integración ganadera y un uso más inteligente de la información climática estacional. En esa transformación, los cultivos de Ghana dejan de ser una lista de productos para convertirse en una red ecológica y socioeconómica, cuyo equilibrio determinará no solo la producción futura, sino la capacidad del país para adaptarse a un planeta en rápida transformación.
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