Principales cultivos producidos en Chile

Artículo - Principales cultivos producidos en Chile

Chile, un país largo y angosto encajado entre la cordillera de los Andes y el océano Pacífico, funciona como un laboratorio natural donde caben desde el desierto cálido más árido del planeta hasta valles templados y climas fríos de influencia subantártica. Esa diversidad climática y geográfica, lejos de ser solo un dato pintoresco, es el fundamento bioclimático que explica la extraordinaria variedad de cultivos que el país produce y exporta. En su franja de poco más de 4.000 kilómetros se despliega una suerte de atlas vivo donde cada zona ofrece una combinación específica de temperatura, radiación, suelo y agua que define qué especies prosperan y con qué calidad. Entender los principales cultivos de Chile implica, por tanto, leer el territorio como un mosaico de zonas agroecológicas más que como una unidad productiva homogénea.

El primer gran contraste se observa entre el norte y el centro del país. En el Norte Grande, dominado por el desierto de Atacama, la agricultura solo es posible en oasis y valles transversales irrigados por ríos de origen cordillerano o por aguas subterráneas. Allí se han instalado cultivos intensivos de hortalizas de alto valor, como tomates, pimientos y lechugas, y plantaciones de olivo destinadas a la producción de aceite y aceituna de mesa. Más al sur, en el Norte Chico, los valles del Elqui, Limarí y Choapa combinan una radiación solar muy alta con noches frías y escasas lluvias, condiciones ideales para la uva de mesa y, especialmente, para la uva pisquera (Vitis vinifera), base del destilado nacional conocido como pisco. La viticultura en esta franja árida se sostiene sobre sistemas de riego tecnificado que se han vuelto imprescindibles ante la intensificación de la sequía y la competencia por el recurso hídrico con la minería.

Este énfasis en la uva no es casual. Chile se ha consolidado como uno de los mayores exportadores mundiales de fruta fresca, y la uva de mesa ha sido históricamente su emblema. En los valles centrales, desde la región de Valparaíso hasta el Maule, se concentra la mayor superficie de parronales destinados a mercados del hemisferio norte durante su invierno boreal. La combinación de clima mediterráneo, con inviernos lluviosos y veranos secos, y una alta amplitud térmica diaria favorece la acumulación de azúcares, la firmeza de la pulpa y la sanidad del racimo. Junto a la uva, los cítricos –principalmente mandarinas y naranjas– han ido ganando terreno, aprovechando las ventajas de producir en contraestación. La expansión de estos cultivos ha impulsado la adopción de portainjertos tolerantes a salinidad y a enfermedades del suelo, así como el uso de cubiertas vegetales y manejo integrado de plagas para responder a las crecientes exigencias fitosanitarias de los mercados internacionales.

El corazón agrícola de Chile, sin embargo, late con más fuerza en su fruticultura de clima templado. Los manzanos (Malus domestica), perales y cerezos han convertido a los valles del Maule, Ñuble y Biobío en paisajes dominados por huertos de alta densidad. El caso del cerezo es paradigmático: en dos décadas pasó de ser un cultivo relativamente marginal a transformarse en uno de los principales rubros de exportación, impulsado por la demanda asiática. La adaptación de variedades de floración tardía, el uso de coberturas plásticas para proteger la fruta de lluvias en cosecha y la incorporación de sistemas de conducción en muro frutal son ejemplos de cómo la innovación tecnológica ha permitido ajustar la fisiología del cultivo a ventanas de mercado muy específicas. En paralelo, los kiwis y peras han debido enfrentar desafíos sanitarios como el Pseudomonas syringae pv. actinidiae en kiwi, que han forzado una mayor inversión en bioseguridad y manejo preventivo.

Más al sur, a medida que el clima se vuelve más fresco y húmedo, emergen con fuerza los berries, una categoría en la que Chile ha encontrado una ventaja competitiva singular. El arándano alto (Vaccinium corymbosum), introducido hace pocas décadas, se adaptó con notable éxito a los suelos ácidos y al régimen de lluvias del sur central. La plasticidad de este cultivo, combinada con la posibilidad de escalonar cosechas desde la región de Coquimbo hasta Los Lagos, lo convirtió en un pilar de la fruticultura exportadora. Los frambuesos y moras complementan este panorama, con una parte importante de su producción orientada a congelados y pulpas. Estos cultivos, intensivos en mano de obra, han reconfigurado el tejido social rural, generando empleo estacional pero también tensiones ligadas a la precariedad laboral y a la necesidad de mecanizar cosechas sin perder calidad de fruta.

La fruticultura no agota, sin embargo, el mapa agrícola chileno. En las mismas regiones centrales donde prosperan los frutales, los viñedos viníferos han alcanzado un desarrollo notable. Las variedades Cabernet Sauvignon, Carmenere, Merlot y Sauvignon Blanc, entre otras, se distribuyen a lo largo de valles como Maipo, Colchagua y Maule, donde la interacción entre clima, suelo y manejo define perfiles enológicos diferenciados. La viticultura chilena ha transitado desde un modelo de volumen hacia uno de mayor segmentación de terroir, con prácticas como el manejo del riego deficitario controlado, la selección clonal y la vinificación por parcelas. El vino se ha convertido así en un cultivo emblemático no solo por su peso económico, sino por su capacidad de traducir la diversidad geográfica del país en una gama de estilos sensoriales.

Mientras tanto, en el valle central y parte del sur persisten los grandes cultivos extensivos que sostienen la seguridad alimentaria interna y la industria de alimentos. El trigo (Triticum aestivum), el maíz y el arroz ocupan superficies significativas, aunque sometidas a una fuerte presión por la competencia de cultivos de mayor rentabilidad por hectárea. El trigo ha debido adaptarse a un escenario de cambio climático que acorta los ciclos y aumenta la frecuencia de olas de calor, lo que ha impulsado la adopción de variedades de ciclo más corto y mayor tolerancia a estrés hídrico. El maíz, concentrado en el valle central, se utiliza tanto para consumo humano como para alimentación animal, enlazando con el sector pecuario. El arroz se cultiva principalmente en zonas con disponibilidad de agua para inundación, como partes del Maule, pero enfrenta un futuro incierto por la competencia por el agua y la necesidad de reducir emisiones de metano asociadas a sistemas inundados tradicionales.

Al avanzar hacia el sur, el paisaje agrícola se transforma y aparecen cultivos que requieren más frío y mayor humedad. La papa (Solanum tuberosum), originaria de la región andina y con un centro de diversidad secundaria en el archipiélago de Chiloé, encuentra en las regiones de Los Lagos y Los Ríos condiciones óptimas para su desarrollo. Allí coexisten sistemas tradicionales de pequeña escala, que conservan variedades locales con alto valor genético y cultural, con esquemas más intensivos orientados a la industria de chips y bastones congelados. El manejo de enfermedades como el tizón tardío (Phytophthora infestans) obliga a estrategias de rotación, uso de semilla certificada y, cada vez más, a la exploración de mejoramiento genético que combine rendimiento con resistencia. Junto a la papa, los cultivos forrajeros –ballica, trébol, avena forrajera– sostienen las lecherías del sur, integrando el sistema agrícola con la producción de carne y leche.

En este mismo sur lluvioso, la frontera agrícola se entrelaza con la forestal. Aunque el pino radiata y el eucalipto no son cultivos alimentarios, su expansión ha desplazado en algunas zonas a cultivos anuales y praderas, modificando la disponibilidad de suelo para la agricultura. Esta competencia por el territorio obliga a replantear qué cultivos se priorizan y bajo qué modelos productivos. La presión sobre suelos y agua se acentúa cuando se consideran las proyecciones climáticas: aumento de temperaturas, mayor variabilidad de precipitaciones y eventos extremos más frecuentes. Frente a este escenario, los cultivos chilenos se ven forzados a una transición hacia sistemas más resilientes, que integren prácticas de conservación de suelos, riego de alta eficiencia y diversificación productiva.

La horticultura, a menudo eclipsada por la fruticultura en el debate público, cumple un rol estratégico en la dieta local. En las cercanías de las grandes ciudades, en particular en la zona central, proliferan cultivos de hortalizas como lechuga, espinaca, brásicas, cebollas y zanahorias, muchas veces bajo invernadero o túneles plásticos. Estos sistemas intensivos requieren un manejo cuidadoso de fertilización y fitosanidad para evitar contaminación de aguas y suelos. La creciente demanda por productos con certificación orgánica o de bajo residuo ha impulsado la adopción de bioinsumos, rotaciones más complejas y técnicas como el uso de control biológico de plagas. Así, la horticultura se convierte en un campo de experimentación para modelos de producción más sostenibles que eventualmente pueden escalar a otros rubros.

En conjunto, los principales cultivos producidos en Chile conforman una red interdependiente que vincula condiciones naturales singulares, decisiones tecnológicas, mercados globales y dinámicas sociales rurales. La uva, el cerezo, el arándano, el trigo, la papa o la lechuga no son meras especies vegetales aisladas, sino nodos de un sistema agroalimentario que se reconfigura permanentemente bajo la presión simultánea del clima, la economía y la política pública. El desafío no reside solo en mantener volúmenes y competitividad, sino en reorientar estos cultivos hacia esquemas de sustentabilidad que permitan que este laboratorio agrícola alargado entre montaña y mar siga produciendo alimentos de calidad sin agotar los fundamentos ecológicos que lo hacen posible.

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