La geografía del Perú parece diseñada para la diversidad agrícola. En apenas unos cientos de kilómetros, la franja costera desértica da paso a valles irrigados de alta productividad, a una cordillera andina escalonada en terrazas milenarias y, finalmente, a la vasta Amazonía húmeda. Esta superposición de pisos ecológicos, de la costa hiperárida a los 4 000 metros de altitud y más allá, crea un mosaico de microclimas donde prosperan desde cultivos originarios de los Andes hasta especies tropicales de enorme dinamismo comercial. No es casual que el país figure entre los principales centros de domesticación de plantas del planeta: su agricultura actual es la expresión contemporánea de miles de años de selección empírica y adaptación local.
Esa historia profunda se percibe con claridad en el corazón de la dieta andina: los tubérculos nativos. La papa (Solanum tuberosum y especies afines) no es solo un cultivo más, sino el resultado de una coevolución entre comunidades campesinas y ambientes de altura sometidos a heladas, sequías y suelos pobres. En los Andes peruanos se conservan miles de variedades nativas, con formas, colores y contenidos nutricionales muy diferenciados, que responden a gradientes altitudinales y a regímenes hídricos específicos. Mientras la papa comercial domina los valles interandinos y la costa gracias al riego tecnificado, las papas nativas se mantienen sobre todo en sistemas de agricultura de subsistencia y mercados locales, donde aportan resiliencia genética frente a plagas, enfermedades y variabilidad climática creciente.
Junto a la papa, la quinua (Chenopodium quinoa) ha pasado de cultivo marginal a símbolo global de los llamados “superalimentos”. Sin embargo, su éxito mediático oculta la complejidad agronómica que sostiene su expansión. La quinua es extraordinariamente plástica: tolera suelos salinos, heladas ligeras y periodos de estrés hídrico, lo que la hace estratégica en escenarios de cambio climático. En el altiplano peruano-boliviano se cultivan ecotipos adaptados a zonas frías y ventosas, mientras que en valles interandinos se han desarrollado materiales para ciclos más cortos y mayor rendimiento. El desafío actual radica en evitar la erosión de esta diversidad genética por la homogeneización de unas pocas variedades comerciales de alto rendimiento, impulsadas por la demanda internacional y por esquemas de certificación que a menudo ignoran la heterogeneidad de las parcelas campesinas.
Algo similar ocurre con otros granos andinos como la kiwicha (Amaranthus caudatus) y la cañihua (Chenopodium pallidicaule), menos difundidos pero agronómicamente valiosos. Su alta concentración de proteínas y micronutrientes, junto con su tolerancia a condiciones extremas, los convierte en aliados potenciales para sistemas de producción diversificados en zonas de altura. Sin embargo, su presencia en las estadísticas nacionales es modesta frente a cultivos de mayor escala económica. Esa asimetría refleja una tensión constante: la coexistencia entre una agricultura orientada a la seguridad alimentaria local y otra volcada a la competitividad global, cada una con lógicas tecnológicas, organizativas y de mercado distintas.
En la costa, esa segunda lógica se hace evidente en el auge de la agroexportación. La franja costera peruana, naturalmente árida, se ha transformado mediante grandes proyectos de irrigación que desvían aguas andinas hacia suelos antes improductivos. Allí prosperan cultivos no tradicionales como el arándano (Vaccinium corymbosum), la palta (Persea americana), el espárrago (Asparagus officinalis) y la uva de mesa (Vitis vinifera), que han convertido al Perú en actor relevante en los mercados internacionales. Estos sistemas se caracterizan por alta densidad de plantación, manejo intensivo de riego por goteo y fertirrigación, uso sistemático de agroquímicos y una fuerte integración vertical desde el campo hasta la exportación.
El caso del arándano es emblemático. En poco más de una década, el país pasó de no figurar en este rubro a posicionarse entre los mayores exportadores del mundo, gracias a la introducción de variedades de alto rendimiento y a la programación de cosechas en contraestación respecto al hemisferio norte. Sin embargo, esta expansión se sostiene sobre una base hídrica frágil. Los acuíferos costeros se recargan principalmente por escorrentía andina y por eventos de precipitación asociados a El Niño. Una gestión inadecuada del riego y la falta de planificación a escala de cuenca pueden comprometer tanto la sustentabilidad de estos cultivos como la disponibilidad de agua para la agricultura familiar y el consumo urbano.
Algo más antiguo, pero igualmente transformador, es el papel de la caña de azúcar (Saccharum officinarum) en la costa norte. Tradicionalmente destinada a azúcar y alcohol, hoy se integra a cadenas de bioetanol y otros derivados industriales. Las plantaciones modernas utilizan variedades seleccionadas por su contenido de sacarosa y su respuesta a riegos presurizados, con ciclos de corte mecanizados. Sin embargo, el monocultivo extensivo incrementa la vulnerabilidad frente a plagas específicas, como el barrenador del tallo, y puede degradar la estructura del suelo si no se acompañan con rotaciones adecuadas o con incorporación sistemática de residuos vegetales.
Mientras tanto, en las laderas andinas y la ceja de selva, el café (Coffea arabica) y el cacao (Theobroma cacao) articulan economías campesinas y cooperativas. El café peruano, mayoritariamente de sombra, se cultiva en sistemas agroforestales que combinan árboles nativos, frutales y especies maderables. Estos sistemas proporcionan servicios ecosistémicos clave: conservación de suelos, regulación hídrica y hábitat para polinizadores y enemigos naturales de plagas. Sin embargo, la presión por aumentar rendimientos ha llevado en algunos casos a la reducción de la sombra y al uso intensivo de insumos, debilitando esa resiliencia ecológica. La roya del café, que afectó severamente al país en la última década, evidenció la importancia de mantener diversidad genética y estructuras de sombra adecuadas para amortiguar eventos sanitarios extremos.
El cacao, por su parte, se ha consolidado como alternativa a cultivos ilícitos en varias zonas amazónicas. El impulso de cacao fino de aroma ha favorecido la adopción de clones y materiales mejorados con perfiles sensoriales específicos para chocolatería de alta gama. No obstante, la homogeneización genética puede aumentar la susceptibilidad a enfermedades como la moniliasis y la escoba de bruja. Los sistemas agroforestales cacaoteros, cuando se manejan con criterios de diversidad de especies y estratos, permiten equilibrar productividad y estabilidad ecológica, pero requieren conocimiento técnico y acceso a mercados diferenciados que reconozcan y remuneren esa complejidad productiva.
En el ámbito de los cultivos básicos, el maíz (Zea mays) ocupa un lugar ambiguo: es simultáneamente patrimonio genético y commodity. El maíz amiláceo andino, con sus mazorcas voluminosas y granos harinosos, mantiene un fuerte arraigo cultural y gastronómico. Convive con maíces costeños destinados a forraje, industria y consumo humano, y con materiales híbridos introducidos para maximizar rendimiento en condiciones específicas. El reto consiste en evitar que la expansión de híbridos y materiales transgénicos de países vecinos comprometa la integridad de los centros de diversidad de maíz nativo, cuya variabilidad puede ser crucial para futuras estrategias de mejoramiento frente a estrés térmico, hídrico o nuevas plagas.
La Amazonía peruana, con su aparente abundancia, enfrenta dilemas distintos. Cultivos como la yuca (Manihot esculenta), el plátano (Musa spp.) y el arroz de secano se integran en sistemas de tumba y quema, practicados por comunidades indígenas y colonos, que dependen de la fertilidad efímera de los suelos tras el desmonte. Aunque estos sistemas pueden ser sostenibles a baja densidad poblacional y con largos periodos de barbecho, la presión demográfica y la demanda de mercado reducen los tiempos de descanso del suelo, acelerando la pérdida de materia orgánica y la compactación. La transición hacia sistemas agroforestales más permanentes, con cultivos comerciales como el cacao y el copoazú, requiere políticas que reconozcan los derechos territoriales y el conocimiento local, junto con apoyo técnico adaptado.
En todos estos paisajes agrícolas, la pequeña agricultura familiar sigue siendo numéricamente dominante, aunque a menudo invisibilizada frente a las grandes cifras de exportación. Sus productores combinan cultivos de autoconsumo con algunos rubros comerciales, manejan una diversidad de especies en espacios reducidos y dependen de estrategias de manejo tradicional, como el uso de semillas propias y el intercambio local. La interacción entre estos sistemas y la agricultura empresarial no es solo económica, sino genética y ecológica: los flujos de semillas, plagas, enfermedades y conocimientos cruzan continuamente las fronteras entre parcelas, configurando un sistema agrícola nacional interdependiente.
Esa interdependencia se vuelve crítica frente al cambio climático. El desplazamiento de isoyetas y pisos térmicos ya está modificando las áreas óptimas para la papa, la quinua, el café o el maíz. Algunas zonas de altura podrían ganar aptitud para ciertos cultivos, pero a costa de presionar ecosistemas frágiles como los páramos y las punas húmedas, esenciales para la regulación hídrica de las cuencas. La adaptación no pasa solo por nuevas variedades tolerantes al calor o a la sequía, sino por rediseñar los arreglos productivos: diversificar portafolios de cultivos, restaurar andenes y sistemas de riego tradicionales, fortalecer bancos de semillas nativas y mejorar la conectividad ecológica del paisaje agrícola.
En última instancia, los principales cultivos del Perú no son solo una lista de especies económicamente relevantes, sino la expresión dinámica de una relación histórica entre sociedad, clima y territorio. Desde las terrazas de piedra que sostienen papas multicolores hasta los túneles de arándanos en el desierto costero, cada sistema productivo encarna decisiones sobre qué conservar, qué transformar y qué arriesgar. Comprender esa red de interacciones es condición necesaria para que la agricultura peruana pueda seguir alimentando a su población, contribuyendo a los mercados globales y, al mismo tiempo, resguardando la extraordinaria agrobiodiversidad que la distingue en el mapa del mundo.
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