En California un grupo de agricultores de aguacate acaba de lanzar una chispa a una hoguera lista para arder hasta consumirse toda. La California Avocado Commission (CAC) lanzó el 2 de julio una campaña publicitaria para presionar a Washington a que establezca un contingente arancelario estacional (una especie de arancel temporal) sobre el aguacate mexicano durante marzo y septiembre, la ventana en la que los huertos californianos cosechan y comercializan su producto.
La propuesta llega en un momento en el que Estados Unidos ya anunció que no renovará el T-MEC en su forma actual, y a días de una tercera ronda de negociaciones bilaterales con México. El aguacate, ese fruto adorado por Norteamérica que parecía inmune a la política, se volvió la pieza central de este ajedrez geopolítico.
El problema de fondo es que México coloca entre 85-90% del aguacate que se consume en Estados Unidos, y esa dependencia es precisamente lo que ahora se cuestiona. Ken Melban, presidente de la CAC, insiste en que no buscan detener el comercio, sino “competir de manera justa” en su propio mercado, argumentando que los productores californianos (apenas 3,000, que aportan más de 1,500 millones de dólares anuales a la economía del estado) están recibiendo hoy 50 centavos de dólar por lo que el año pasado les pagaban un dólar completo.
Bajo su propuesta, un volumen determinado de fruta mexicana seguiría entrando con arancel estándar entre marzo y septiembre, pero cualquier excedente pagaría una tarifa más alta. Es, en esencia, una barrera con temporizador: activa solo cuando compite directamente con la cosecha local.
Aquí es donde el análisis no puede quedarse en blanco y negro. Del lado estadounidense hay un argumento con sustento: la producción doméstica de aguacate representa apenas 10% del consumo nacional, y una industria que lleva generaciones sembrando en el sur de California enfrenta el riesgo real de desaparecer si compite sin ninguna protección contra un vecino que produce a menor costo laboral y con escala industrial.
La CAC además ha ligado su petición a un tema sensible: la violencia del crimen organizado en algunas regiones aguacateras de Michoacán, que (según su narrativa) reduce la supervisión fitosanitaria estadounidense y eleva el riesgo de plagas invasoras. Es un argumento que mezcla economía con seguridad, y que resuena entre ciertos legisladores, como el republicano Vince Fong.
Pero el otro lado de la moneda también tiene peso. Un arancel estacional, aunque se presente como “equilibrio de mercado”, introduce fricción justo en los meses de mayor demanda del mercado, cuando la fruta californiana por sí sola no podría abastecer al mercado sin generar escasez o alzas de precio para el consumidor estadounidense. En este sentido, la oferta mexicana más que competir, complementa.
Y desde la perspectiva mexicana, el aguacate es de los pocos productos agrícolas donde el país tiene ventaja comparativa clara, con certificaciones fitosanitarias que se han robustecido durante años bajo supervisión de USDA-APHIS. Reducir ese acceso por decreto estacional, sin evidencia de dumping ni fallo de una autoridad comercial, abre la puerta a que cualquier producto agrícola sensible (no solo el aguacate) se vuelva negociable por presión política y no por reglas objetivas.
Aquí es justo donde entra la idea que debería estar sobre la mesa de cualquier negociador mexicano: si Estados Unidos es capaz de tocar el aguacate mexicano con un arancel estacional para proteger a sus productores en su temporada de cosecha, México tiene el mismo derecho a tocar los granos estadounidenses en la suya.
La relación agroalimentaria entre ambos países no es unidireccional. Estados Unidos compra alrededor de 91% de las exportaciones agroalimentarias mexicanas, sí, pero México depende del mercado estadounidense para abastecerse de maíz, sorgo, trigo y soya, insumos que sostienen a la industria pecuaria y avícola del país.
De acuerdo con datos de este Grupo Consultor de Mercados Agrícolas, las importaciones mexicanas de sorgo crecieron 833% en enero de 2026 frente al mismo mes del año anterior, y el más reciente informe WASDE del USDA proyecta importaciones totales de maíz para México por 27 millones de toneladas en el ciclo 2025/2026, cifra que prácticamente iguala la producción nacional del grano. Ese volumen entra hoy prácticamente libre de arancel bajo el T-MEC, en los meses en que el productor mexicano de maíz y sorgo (en Tamaulipas, Sinaloa, Jalisco, Guanajuato) también está cosechando y compitiendo con ese mismo grano importado.
Si Washington puede argumentar que necesita proteger a sus 3,000 agricultores de aguacate durante su temporada, México tiene argumentos igual de sólidos (y mucho más peso en volumen de toneladas) para plantear un mecanismo espejo sobre maíz o sorgo estadounidense durante la temporada de cosecha nacional, bajo la misma lógica de “mercado equilibrado” que hoy defiende la CAC.
No se trata de escalar una guerra comercial, sino de dejar claro que la reciprocidad no es una cortesía diplomática, es una regla básica de negociación. El T-MEC entra este año en su primera revisión sexenal obligatoria, con la posibilidad de extenderse 16 años más o caer en revisiones anuales con riesgo de expiración en 2036. Ese marco de incertidumbre es exactamente el terreno donde cada concesión sectorial que México otorgue sin exigir algo a cambio se convertirá en precedente para el resto del acuerdo.
La deriva proteccionista de Estados Unidos ya no es retórica de campaña: llegó al campo, a la fruta que México exporta con más orgullo y a la que menos pensaba que necesitaba defender. La lección para el aparato negociador mexicano (sea en Agricultura, en Economía o en las mesas técnicas del T-MEC) es que la próxima ronda no puede jugarse solo a la defensiva. Si el aguacate se vuelve moneda de cambio en Washington, el maíz, el sorgo y el trigo estadounidenses deben volverse moneda de cambio en México.
La pregunta que definirá el resto de esta revisión no es si Estados Unidos protegerá a sus productores (ya lo está haciendo), sino si México está dispuesto a negociar de tú a tú, con la misma contundencia, o si seguirá cediendo terreno con la esperanza de que la relación bilateral se resuelva sola.
Fuentes consultadas:
- Productores de aguacate de California piden limitar importaciones de México en medio de negociaciones comerciales del T-MEC
- California Avocado Growers Demand Seasonal Tariffs on Mexican Imports
- Seasonal tariff rate quota proposal on Mexican avocados unveiled
- California avocado industry calls for trade policy changes amid import concerns
- California Avocado Growers Call for Seasonal Tariff-Rate Quota on Mexican Imports
- México dispara importaciones de maíz, soja y trigo y presiona al mercado agrícola
- Aranceles y disputas comerciales reconfiguran la agricultura de México
- Crecen 833% las importaciones de sorgo en enero de 2026 – KROM Aduanal
- Nota aclaratoria – Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural
- T-MEC/USMCA 2026: poder y diplomacia corporativa en Norteamérica


