El plátano (Musa paradisiaca L.), uno de los cultivos tropicales más cultivados y de mayor impacto alimentario en el mundo, presenta un ciclo fenológico singular, continuo y altamente sensible a las condiciones ambientales. Su fisiología combina la plasticidad de una herbácea con la complejidad estructural de una planta perenne, y su desarrollo refleja la interacción permanente entre temperatura, humedad, radiación solar y manejo agronómico. Cada una de sus etapas fenológicas representa una expresión de equilibrio energético y metabólico, donde el crecimiento vegetativo y la reproducción se solapan en un proceso ininterrumpido. Comprender estas fases no es un ejercicio descriptivo, sino una clave para armonizar la producción con el tiempo biológico del cultivo.
El ciclo del plátano inicia con la emergencia del pseudotallo, una estructura formada por las vainas superpuestas de las hojas que protege el verdadero tallo, el cormo, enterrado bajo el suelo. Desde este órgano subterráneo surgen las raíces primarias, gruesas y fibrosas, que se expanden radialmente para anclar la planta y absorber agua y nutrientes. En esta etapa, la fisiología se concentra en la movilización de reservas almacenadas en el cormo, particularmente almidones y azúcares, que sostienen el brote inicial antes de que la fotosíntesis se establezca plenamente. La temperatura óptima para la emergencia oscila entre 25 y 30 °C; por debajo de 18 °C el crecimiento se ralentiza drásticamente, mientras que temperaturas superiores a 35 °C pueden provocar necrosis en los tejidos jóvenes. La homogeneidad del brote depende del vigor del material vegetativo —ya sea un hijo espada o una plántula micropropagada— y del equilibrio hídrico del suelo, cuya saturación o sequedad extrema pueden comprometer el desarrollo inicial.
Superada la emergencia, comienza la fase de crecimiento vegetativo, la más prolongada del ciclo. Durante este periodo, la planta desarrolla hojas nuevas a intervalos regulares, cada una emergiendo enrollada desde el centro del pseudotallo, en un patrón que refleja la eficiencia del metabolismo C3 bajo condiciones tropicales. Cada hoja funciona como una unidad fotosintética que amplía la capacidad de captura de radiación y genera los fotoasimilados necesarios para el desarrollo futuro del racimo. En condiciones óptimas, la planta emite una hoja cada siete a diez días, aunque esta frecuencia depende del régimen térmico y del nivel nutricional. La radiación fotosintéticamente activa (RFA) y la disponibilidad de nitrógeno y potasio son los factores más determinantes del ritmo de crecimiento. El primero controla la tasa de fotosíntesis; el segundo regula la apertura estomática y la translocación de carbohidratos. En esta etapa, la planta establece la arquitectura que definirá su capacidad productiva: un pseudotallo robusto, un sistema radical activo y un balance fisiológico capaz de sostener la fase reproductiva.
El paso de la fase vegetativa a la fase de floración o emisión de la inflorescencia constituye una transición fisiológica crítica. El meristemo apical, hasta entonces dedicado al crecimiento foliar, cambia su destino y se transforma en meristemo floral. Este proceso, conocido como diferenciación floral, es irreversible y depende de señales internas moduladas por la temperatura y el estado nutricional. La inflorescencia, conocida como “corazón” o “bellota”, se origina en el cormo y asciende lentamente a través del pseudotallo hasta emerger por el centro. En variedades de ciclo corto como ‘Williams’ o ‘Grande Naine’, este cambio ocurre entre los seis y ocho meses después de la plantación; en variedades de ciclo largo, puede tardar más de un año. El momento de la floración está determinado por la acumulación térmica: cada variedad requiere un número específico de grados-día para iniciar la diferenciación. Una deficiencia hídrica o nutricional en este punto puede retrasar o incluso abortar la floración, comprometiendo el rendimiento.
La emisión de la inflorescencia marca el inicio visible de la fase reproductiva. La espiga floral, protegida por brácteas violáceas, emerge gradualmente mostrando primero las flores femeninas, ubicadas en la parte basal, que darán origen a los frutos, seguidas por las flores masculinas en la parte distal. Este orden no es casual: refleja la estrategia evolutiva del plátano para garantizar la fecundación cruzada en sus ancestros diploides, aunque en los cultivares modernos, estériles y partenocárpicos, el desarrollo del fruto ocurre sin fecundación. La diferenciación entre flores femeninas, hermafroditas y masculinas está regulada por el balance hormonal entre auxinas, giberelinas y citoquininas, que coordinan la expansión celular y la polaridad de los tejidos. En condiciones óptimas, la inflorescencia completa emerge entre 20 y 30 días después del inicio de la elongación floral, dependiendo de la variedad y el microclima.
Tras la floración, la planta entra en la fase de llenado de frutos, periodo en el que ocurre la expansión y acumulación de reservas dentro de los ovarios desarrollados. Este proceso depende directamente de la fotosíntesis de las hojas activas y del transporte eficiente de asimilados hacia los frutos. La velocidad de llenado está regulada por la temperatura: en torno a 28 °C se alcanza la máxima tasa de crecimiento, mientras que valores inferiores a 20 °C prolongan el ciclo y reducen la acumulación de azúcares. Durante esta etapa, el potasio adquiere un papel fundamental en la translocación de carbohidratos y en el control de la turgencia celular, lo que influye directamente en el calibre y la textura de los frutos. Las hojas senescentes comienzan a perder funcionalidad, por lo que el manejo agronómico debe asegurar su reemplazo constante mediante nutrición y control de enfermedades foliares, especialmente Mycosphaerella musicola y Sigatoka negra, que reducen la eficiencia fotosintética. El riego controlado también es crucial: un estrés hídrico transitorio puede limitar el llenado y causar deformaciones o fisuras.
Concluido el llenado, el racimo entra en la fase de maduración fisiológica, momento en que los procesos metabólicos del fruto cambian de la acumulación a la transformación. En esta etapa se produce la conversión parcial del almidón en azúcares simples, la degradación de clorofilas y la síntesis de pigmentos carotenoides que definen el color final. El proceso se acompaña de un incremento en la respiración y la producción de etileno, hormona que regula la maduración y la senescencia. Aunque el plátano es un fruto climatérico, la maduración comercial suele inducirse de manera controlada tras la cosecha, utilizando cámaras de etileno para uniformar el color y optimizar la presentación. El momento de cosecha se determina por la edad del racimo, la forma angular de los frutos y el contenido de materia seca, indicadores del equilibrio entre desarrollo y calidad. Una cosecha prematura reduce el sabor y la durabilidad; una tardía incrementa la susceptibilidad al daño mecánico y a enfermedades poscosecha como la anthracnosis.
Después de la cosecha, el ciclo de la planta madre concluye, pero el sistema vegetativo del plátano no muere. A partir del cormo surgen nuevos brotes laterales, llamados “hijos”, que garantizan la continuidad del cultivo. Esta regeneración vegetativa define la naturaleza perenne del sistema, en el que cada hijo sustituye al pseudotallo cosechado, manteniendo un flujo productivo continuo. Sin embargo, el exceso de brotes genera competencia por nutrientes y luz, reduciendo el tamaño de los racimos subsiguientes. Por ello, la selección y manejo del hijo sucesor —la práctica conocida como “deshije”— constituye una operación crítica en la sostenibilidad del sistema.
Las etapas fenológicas del plátano son, en realidad, fases superpuestas que se repiten en un ciclo perpetuo de regeneración. Mientras una planta florece, otra llena su racimo y una tercera emerge desde el suelo. Este solapamiento convierte al cultivo en un ecosistema dinámico, donde cada unidad vegetativa representa un instante distinto del tiempo biológico de la plantación. El agricultor que comprende esta simultaneidad no controla el ciclo, sino que lo acompasa, equilibrando las necesidades fisiológicas de la planta con los ritmos del ambiente. En la secuencia incesante del plátano, la productividad no se mide por velocidad, sino por armonía: la capacidad de sostener, en cada fase, la continuidad del sistema que convierte la luz tropical en alimento.
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