Etapas fenológicas del cultivo de pepino

Artículo - Etapas fenológicas del cultivo de pepino

El pepino (Cucumis sativus L.) representa una de las expresiones más precisas de cómo la fisiología vegetal puede transformar la energía solar, el agua y los nutrientes en un sistema productivo altamente eficiente. Su desarrollo fenológico, aunque breve en comparación con otros cultivos hortícolas, está compuesto por fases de gran complejidad metabólica, donde cada transición marca un cambio profundo en la relación entre crecimiento, diferenciación y rendimiento. La estructura del ciclo se sostiene sobre la sincronía entre tres dimensiones: la genética del cultivar, las condiciones ambientales y el manejo agronómico. Cuando cualquiera de estas se desajusta, el equilibrio fisiológico se altera y el potencial productivo se desvanece.

El ciclo del pepino comienza con la germinación de la semilla, un proceso que se activa cuando la humedad del suelo alcanza el umbral necesario para rehidratar el embrión y despertar la actividad enzimática. Las amilasas, proteasas y lipasas transforman las reservas almacenadas en el endospermo en azúcares y aminoácidos que sostienen la emergencia del hipocótilo. La radícula se alarga y se ancla al sustrato, estableciendo la primera conexión con el entorno físico y químico del suelo. La temperatura desempeña un papel determinante: por debajo de 18 °C la germinación se ralentiza, mientras que por encima de 30 °C puede inhibirse por desnaturalización enzimática. Este equilibrio térmico no solo garantiza una emergencia uniforme, sino que condiciona la futura homogeneidad del cultivo.

Tras la emergencia, el pepino entra en la fase de plántula, etapa de adaptación y establecimiento en la que la planta desarrolla su sistema radical primario y las primeras hojas cotiledonares. En este periodo, la fisiología del cultivo se centra en la expansión foliar y en la creación de reservas de carbono que alimentarán los brotes posteriores. La tasa fotosintética aumenta exponencialmente conforme se forma el primer par de hojas verdaderas, y el crecimiento del tallo responde a la acción combinada de giberelinas y citoquininas, que estimulan la división y elongación celular. La uniformidad lumínica, la textura del suelo y el contenido de oxígeno en la rizosfera son factores decisivos para la consolidación de esta fase. Una deficiencia de luz o un exceso de humedad provocan etioliación y vulnerabilidad a patógenos como Pythium o Fusarium, lo que retrasa el avance hacia el crecimiento vegetativo pleno.

La siguiente etapa, de desarrollo vegetativo, constituye el corazón fisiológico del cultivo. A partir del tercer o cuarto nudo, la planta intensifica su crecimiento mediante la producción continua de hojas, zarcillos y raíces secundarias. La arquitectura del tallo se define bajo un patrón de crecimiento indeterminado, lo que permite una prolongada expansión del dosel y la capacidad de emitir flores a lo largo del eje principal. Este equilibrio dinámico entre crecimiento y diferenciación requiere una distribución eficiente de los fotoasimilados, donde el nitrógeno y el potasio juegan papeles antagónicos y complementarios: el primero estimula el crecimiento foliar, mientras el segundo regula la síntesis de carbohidratos y el transporte de azúcares hacia los tejidos en expansión. La proporción de ambos elementos define la robustez del sistema vegetativo y su capacidad de sostener la carga reproductiva futura.

A medida que la planta madura, la actividad hormonal se reorganiza y se inicia la diferenciación floral, un punto de inflexión que transforma el metabolismo vegetativo en reproductivo. En Cucumis sativus, este proceso depende de factores como la temperatura, la intensidad de luz y la relación carbono/nitrógeno. El pepino es una especie monoica: posee flores masculinas y femeninas separadas, aunque algunos híbridos modernos presentan predominancia femenina para optimizar la producción. Las flores masculinas surgen primero, lo que asegura la disponibilidad de polen cuando emergen las femeninas. La formación de flores femeninas está estrechamente ligada a la concentración de etileno, hormona que promueve la feminización y cuya síntesis aumenta en condiciones de fotoperiodo corto o temperaturas moderadas. Cualquier alteración de este equilibrio, como el exceso de nitrógeno o estrés térmico, puede provocar predominancia de flores masculinas y reducción del rendimiento.

Con la apertura de las flores femeninas comienza la etapa de floración y polinización, donde la precisión temporal es esencial. La flor de pepino tiene una vida extremadamente breve, de apenas uno o dos días; durante ese lapso debe recibir polen viable para asegurar la fecundación. En sistemas tradicionales, la polinización depende de abejas del género Apis y Bombus, mientras que en los híbridos partenocárpicos el fruto puede desarrollarse sin fecundación, gracias a la estimulación hormonal del ovario. En ambos casos, la estabilidad térmica y la humedad relativa controlan la viabilidad del polen y la receptividad del estigma. Una polinización deficiente produce frutos deformes o asimétricos, síntoma de una fecundación parcial. Este punto de la fenología es, quizá, el más vulnerable del cultivo, pues depende de la convergencia exacta entre biología floral, clima y actividad de polinizadores.

Una vez fecundado el ovario, la planta dirige gran parte de su energía hacia la fructificación y desarrollo del fruto, etapa de rápido crecimiento celular. El fruto del pepino sigue una curva de crecimiento sigmoidea: un periodo inicial de división celular intensa, una fase intermedia de expansión rápida y una final de maduración fisiológica. Durante la expansión, las células del pericarpo acumulan agua y azúcares, y la presión de turgencia se mantiene alta gracias al balance hídrico y osmótico de los tejidos. Este fenómeno exige un suministro continuo de agua y nutrientes, pues la interrupción del flujo hídrico causa deformaciones o amargor por acumulación de cucurbitacinas. En esta fase, el potasio se convierte en el nutriente crítico, regulando la síntesis de azúcares y la calidad del fruto. Un déficit en su disponibilidad reduce la firmeza y acorta la vida poscosecha.

La maduración comercial del pepino no coincide con su madurez fisiológica. A diferencia de otros frutos, el pepino se cosecha en estado inmaduro, cuando el pericarpo aún conserva firmeza y las semillas no han completado su desarrollo. La acumulación de clorofila y la elevada turgencia confieren el color verde brillante característico del fruto comercial. A nivel fisiológico, la planta mantiene un flujo continuo de fotoasimilados hacia los frutos en crecimiento, lo que demanda una fotosíntesis activa y una buena relación fuente-destino. Si el productor retrasa la cosecha, el fruto continúa expandiéndose, las semillas maduran y se incrementa la síntesis de lignina, perdiéndose la textura y el sabor deseado. En cultivos intensivos, las cosechas se realizan cada dos o tres días para mantener el equilibrio productivo y evitar que el exceso de frutos maduros inhiba la floración subsiguiente.

Después del pico productivo, la planta entra gradualmente en la fase de senescencia, donde la actividad fotosintética disminuye, los tejidos pierden clorofila y las hojas más viejas ceden nutrientes a los órganos jóvenes. Este proceso, mediado por la degradación de proteínas y la redistribución de nitrógeno, cierra el ciclo fenológico. En ambientes protegidos, el productor puede extender la vida útil de la planta mediante podas selectivas, suplementación de potasio y manejo del microclima, pero la tendencia natural hacia la senescencia es irreversible. La duración total del ciclo, desde la siembra hasta el final de la cosecha, varía entre 90 y 120 días, dependiendo del tipo de híbrido, la temperatura y el régimen de manejo.

En el conjunto de estas fases, el cultivo del pepino muestra una precisión casi matemática en la manera en que organiza sus procesos internos. Cada etapa no es un compartimento aislado, sino un eslabón de un flujo continuo de energía y materia. La fenología del pepino revela que el éxito agronómico no depende solo de la genética o del clima, sino de la capacidad del agricultor para interpretar los ritmos fisiológicos de la planta y sincronizar sus decisiones con ellos. El pepino, con su aparente sencillez, representa un ejemplo extraordinario de cómo la biología vegetal convierte los principios invisibles de la fisiología en frutos tangibles, frescos y esenciales para la alimentación humana.

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