Plagas y enfermedades del cultivo de sorgo

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El sorgo, Sorghum bicolor, nació como un cereal de climas áridos y, sin embargo, su aparente rusticidad ha alimentado durante décadas una peligrosa ilusión: la idea de que es casi inmune a las plagas y enfermedades. Esa percepción, heredada de los primeros programas de mejoramiento en África y Asia, se ha ido resquebrajando a medida que el cultivo se expande, se intensifica y se integra en sistemas agrícolas más complejos. Hoy el sorgo es un laboratorio vivo donde se enfrentan, con una claridad casi didáctica, la presión evolutiva de los patógenos y la capacidad de respuesta de la agronomía moderna.

Esta tensión se percibe con nitidez en el ámbito de las enfermedades fúngicas, que han encontrado en el sorgo un hospedero capaz de sostener epidemias silenciosas. La antracnosis, causada por Colletotrichum sublineola, ilustra esa dinámica. En condiciones de alta humedad y temperaturas cálidas, el hongo coloniza hojas y tallos, dibujando lesiones necróticas que reducen la fotosíntesis y debilitan la planta. Su éxito radica en la extraordinaria diversidad de razas fisiológicas: por cada variedad resistente liberada, el patógeno parece encontrar una grieta genética por la que colarse. Esta carrera armamentista convierte el manejo de la antracnosis en un ejercicio continuo de vigilancia, donde la resistencia genética no es un estado, sino un proceso.

Algo similar ocurre con el mildiu lanoso del sorgo, provocado por Peronosclerospora sorghi y especies afines. A diferencia de la antracnosis, este oomiceto se manifiesta desde las primeras etapas del cultivo, deformando hojas, alterando la arquitectura de la planta y, en casos extremos, provocando esterilidad. Su capacidad de sobrevivir en el suelo y en restos de cultivo hace que la rotación sea una herramienta poderosa, pero insuficiente cuando se combina con la siembra continua de genotipos homogéneos. La agricultura industrial, al simplificar el paisaje genético, ofrece al patógeno un terreno casi ideal para su adaptación, y obliga a complementar la resistencia con medidas de manejo integrado.

En este contexto, los carbones y tizones del sorgo recuerdan que no todas las amenazas se expresan de forma explosiva. El carbón cubierto, causado por Sporisorium sorghi, y el carbón de la panoja, por Sporisorium reilianum, actúan como saboteadores discretos: infectan de forma temprana, permanecen latentes y solo revelan su presencia al momento de la espigazón, cuando las panojas se sustituyen por masas negras de esporas. El control químico de la semilla, mediante fungicidas específicos, ha demostrado ser eficaz, pero depende del acceso a insumos de calidad y de una cadena de suministro organizada. Allí donde la semilla se guarda de cosecha en cosecha sin tratamiento, el patógeno encuentra un ciclo perfecto de perpetuación.

Los patógenos bacterianos del sorgo han sido históricamente menos visibles, pero no menos significativos. Las rayas foliares causadas por Xanthomonas y Pseudomonas emergen con fuerza en ambientes cálidos y lluviosos, donde las gotas de agua actúan como vehículos de dispersión. Su impacto no solo se mide en rendimiento, sino en la erosión gradual de la salud fisiológica del cultivo. Al no existir bactericidas de uso rutinario en campo para cereales, la estrategia se desplaza hacia la higiene del sistema: uso de semilla sana, manejo cuidadoso del riego, reducción de heridas mecánicas y, de nuevo, diversificación genética. La bacteria no se combate con un solo golpe, sino con la suma de pequeñas decisiones agronómicas.

Más esquivo aún es el mundo de las enfermedades virales, donde el sorgo se ve atrapado en redes epidemiológicas que trascienden especies y fronteras. El virus del mosaico enano del maíz (MDMV), que infecta tanto maíz como sorgo, viaja de planta en planta a través de pulgones que responden a cambios sutiles en el clima y en la estructura del paisaje agrícola. Las manchas cloróticas y el enanismo que provoca el virus son solo la cara visible de una alteración profunda del metabolismo vegetal. Frente a este tipo de patógenos, la lucha directa es casi imposible; en su lugar, el énfasis recae en la gestión de los vectores, en la sincronización de fechas de siembra y en la elección de híbridos menos susceptibles, aceptando que el objetivo realista no es la erradicación, sino la reducción de la presión viral a niveles tolerables.

Si las enfermedades son la expresión microscópica del conflicto, las plagas insectiles representan su dimensión móvil y oportunista. El sorgo, con sus tejidos ricos en azúcares y almidones, es un recurso valioso para una amplia gama de insectos que se han especializado en explotar distintos órganos de la planta. Entre ellos, la mosquita del sorgo, Stenodiplosis sorghicola, ocupa un lugar central. Sus diminutas larvas se alimentan de las flores recién fecundadas, impidiendo la formación de granos. Lo notable es la sintonía entre su ciclo biológico y la floración del cultivo: cualquier desajuste en la fecha de siembra puede desplazar ese equilibrio a favor del insecto, multiplicando los daños. Aquí, el calendario agrícola se convierte en una herramienta de manejo tan poderosa como cualquier insecticida.

En los tallos, la cogollera y los barrenadores encuentran refugio y alimento. Spodoptera frugiperda, polífaga y adaptable, ha ampliado su rango geográfico acompañando la expansión de monocultivos de gramíneas. Sus larvas se ocultan en el cogollo, donde la aplicación de productos químicos resulta ineficiente y tardía. Los barrenadores del tallo, como Chilo partellus, perforan internamente, interrumpiendo el flujo de nutrientes y provocando acame. Estas plagas revelan los límites de una protección basada exclusivamente en moléculas de síntesis: cuando el insecto vive dentro del tejido, el control externo se vuelve un gesto casi simbólico. La respuesta más prometedora se encuentra en el fortalecimiento de enemigos naturales, el uso de control biológico y la selección de variedades con tallos más duros o con compuestos secundarios que desincentiven la alimentación.

En la superficie de las hojas, los pulgones establecen colonias densas que transforman la fisiología de la planta y la ecología del cultivo. El pulgón amarillo del sorgo, Melanaphis sacchari, ha pasado en pocos años de ser un problema localizado a convertirse en una amenaza global, favorecido por el comercio internacional de material vegetal y por inviernos más suaves. Su capacidad de reproducirse partenogenéticamente y de generar rápidamente biotipos resistentes a insecticidas convierte cada tratamiento químico en una apuesta de corto plazo. Frente a esta plasticidad evolutiva, la agricultura se ve obligada a diseñar estrategias que integren monitoreo, umbrales de intervención y conservación de depredadores como coccinélidos y crisópidos, que funcionan como una defensa difusa pero constante.

Todas estas interacciones entre el sorgo, sus plagas y sus patógenos se desarrollan en un escenario que cambia con velocidad: el clima se vuelve más variable, las estaciones menos predecibles y los eventos extremos más frecuentes. Las lluvias intensas favorecen la dispersión de esporas y bacterias; las sequías prolongadas debilitan las defensas de las plantas y modifican la dinámica de los insectos vectores. En este contexto, el concepto de manejo integrado de plagas (MIP) adquiere un significado más profundo. Ya no se trata solo de combinar herramientas de control, sino de diseñar sistemas agrícolas resilientes, capaces de absorber perturbaciones sin colapsar. Rotaciones inteligentes, policultivos, franjas de vegetación natural y uso estratégico de variedades resistentes se convierten en componentes de una arquitectura ecológica que amortigua la presión biótica.

La genética del sorgo ofrece, en ese sentido, una reserva de posibilidades aún lejos de agotarse. La especie alberga una enorme diversidad de genes de resistencia, tanto cualitativa como cuantitativa, frente a hongos, insectos y virus. El reto consiste en movilizar esa diversidad sin caer en la uniformidad de soluciones únicas que el propio sistema biológico terminará por desbordar. Las herramientas de genómica y edición génica permiten identificar y combinar alelos favorables con una precisión inédita, pero también plantean dilemas agronómicos y éticos: un sorgo hiperresistente, cultivado en millones de hectáreas, podría ejercer una presión selectiva tal que acelere la aparición de patógenos más agresivos. La sostenibilidad, en este nivel, no se mide solo en toneladas por hectárea, sino en la estabilidad del diálogo evolutivo entre cultivo y enemigos.

En última instancia, las plagas y enfermedades del sorgo no son solo problemas técnicos a resolver, sino manifestaciones de cómo se organiza la agricultura y de qué tipo de relación se establece con los ecosistemas que la sostienen. Cada brote de antracnosis, cada invasión de pulgones, cada panoja convertida en carbón es un recordatorio de que el cultivo no existe en aislamiento, sino inmerso en una red de interdependencias biológicas. Comprender esas interacciones, aceptando su complejidad sin reducirlas a una lista de amenazas, es el primer paso para construir sistemas de producción de sorgo que no solo sean productivos, sino también coherentes con los límites y las posibilidades de la biosfera.

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