Etapas fenológicas del cultivo de toronja

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La toronja (Citrus × paradisi Macfad.) encarna la expresión fisiológica de un equilibrio entre vigor vegetativo y precisión reproductiva. Como híbrido natural entre el pomelo (Citrus maxima) y la naranja dulce (Citrus sinensis), su fenología combina la plasticidad adaptativa del primero con la capacidad productiva del segundo. Cada etapa del cultivo revela un diálogo continuo entre la biología del árbol y el entorno: temperatura, humedad, luz y nutrición determinan los ritmos de crecimiento y reproducción. Comprender las etapas fenológicas de la toronja no es solo identificar un calendario agrícola, sino interpretar un sistema fisiológico que traduce la energía solar en biomasa y fructificación mediante una secuencia rigurosa de procesos bioquímicos y morfológicos.

El ciclo anual de la toronja inicia con la brotación, proceso en el cual las yemas latentes se reactivan tras un periodo de reposo relativo. En climas tropicales y subtropicales, donde la dormancia no es absoluta, la brotación ocurre principalmente al final del invierno o inicio de la primavera, cuando la temperatura media supera los 18 °C y se restablece el flujo de savia. La rehidratación de tejidos en las yemas y la activación de enzimas hidrolíticas disuelven los compuestos inhibidores acumulados durante el reposo, liberando el crecimiento meristemático. Las primeras hojas emergentes son de textura tierna y color verde claro, con una alta tasa de fotosíntesis neta, aunque aún limitada por la baja concentración de clorofila total. Este evento marca el comienzo de la fase vegetativa, en la que el árbol reconstruye su aparato foliar y restablece la relación entre raíz y copa, esencial para sostener la futura floración.

El crecimiento vegetativo posterior se caracteriza por la elongación de los brotes, la expansión foliar y el desarrollo de nuevos tejidos vasculares. Las giberelinas y citoquininas regulan la división celular en los meristemos apicales, mientras las auxinas controlan la polaridad del crecimiento y la dominancia apical. La toronja, como la mayoría de los cítricos, presenta brotes mixtos, capaces de producir tanto hojas como flores, y su aparición está estrechamente vinculada al estado nutricional del árbol. Una disponibilidad equilibrada de nitrógeno, fósforo y potasio determina la calidad de los brotes: el nitrógeno promueve la síntesis de clorofila y proteínas, el fósforo impulsa la diferenciación floral y el potasio regula la apertura estomática y el transporte de azúcares. El exceso de nitrógeno, sin embargo, prolonga el crecimiento vegetativo y retrasa la floración, un error común en sistemas de manejo intensivo.

La inducción floral, transición clave del ciclo, ocurre generalmente en respuesta a una combinación de estrés leve por bajas temperaturas y reducción del fotoperiodo. Durante este periodo, las yemas vegetativas se reprograman internamente bajo la influencia de señales hormonales, en particular del ácido abscísico y de la reducción en giberelinas, lo que permite que el meristemo cambie de función hacia la formación de órganos reproductivos. Este proceso se desarrolla de manera latente durante varias semanas, sin manifestaciones visibles, hasta que el aumento gradual de temperatura y radiación solar desencadena la floración visible.

La floración de la toronja representa un espectáculo fisiológico de precisión. Las flores, hermafroditas y fragantes, emergen en racimos terminales o axilares, frecuentemente sobre brotes del año anterior. El equilibrio entre flores fértiles y estériles depende de la intensidad lumínica y del estado nutricional, así como de la relación carbono-nitrógeno en los tejidos. Temperaturas entre 20 y 25 °C favorecen la apertura de las flores y la viabilidad del polen, mientras que temperaturas superiores a 35 °C pueden desnaturalizar las proteínas del tubo polínico y reducir el cuajado. La polinización es principalmente entomófila, facilitada por abejas del género Apis, aunque la autogamia parcial garantiza producción aun en ausencia de polinizadores. Sin embargo, el cuajado de frutos es selectivo: solo una fracción de las flores fecundadas se desarrolla, mientras el resto cae por abscisión fisiológica, regulando así la carga frutal del árbol.

Superada la fase floral, el cultivo entra en el cuajado y desarrollo inicial del fruto, etapa en la que el ovario fecundado inicia una expansión controlada por la división celular rápida en el pericarpo y la formación de la cavidad del fruto. Esta etapa es crítica por su alta competencia entre órganos: hojas, brotes y frutos jóvenes demandan simultáneamente fotoasimilados. La relación fuente-destino —entre hojas productoras y frutos consumidores— determina el número final de frutos viables. Factores como déficit hídrico o deficiencia de potasio pueden provocar caída prematura, fenómeno conocido como “caída de junio” en muchas zonas productoras. El mantenimiento de un nivel constante de humedad en el suelo y una nutrición equilibrada son esenciales para reducir esa pérdida fisiológica.

A medida que el fruto crece, se define su fase de expansión celular, en la cual predomina la acumulación de agua, azúcares y ácidos orgánicos. El pericarpo, compuesto por la exocarpio (cáscara) y el mesocarpio (albedo), se engrosa por la deposición de pectinas y celulosa, mientras las vesículas del endocarpio se llenan de jugo. Durante este proceso, las temperaturas moderadas y la adecuada radiación solar favorecen la síntesis de carotenoides, pigmentos que determinarán la coloración final de la pulpa. El potasio desempeña un papel esencial en la translocación de carbohidratos, y su deficiencia se traduce en frutos de menor dulzura y coloración deficiente. La calidad del fruto en esta etapa también depende de la relación hídrica: riegos excesivos diluyen los sólidos solubles, mientras que la escasez hídrica excesiva puede provocar rajaduras o disminución del tamaño.

La maduración fisiológica marca la culminación del ciclo productivo del fruto. Durante esta fase, el crecimiento se detiene y comienzan los cambios bioquímicos que definen la calidad sensorial: disminuye la acidez titulable, aumenta la proporción de azúcares y se intensifica la coloración externa debido a la degradación de clorofilas y la acumulación de pigmentos carotenoides, principalmente licopeno y β-caroteno. Aunque la toronja es un fruto no climatérico —su maduración no depende del etileno endógeno—, el etileno exógeno juega un papel en la uniformidad de la coloración en procesos poscosecha. En el interior del fruto, la respiración celular se reduce gradualmente, estabilizando los niveles de azúcares y evitando la pérdida de firmeza. Las temperaturas nocturnas frescas y los días soleados favorecen un balance ideal entre dulzura y acidez, lo que determina la calidad comercial del producto.

El momento de cosecha se establece con base en parámetros fisiológicos y físicos: contenido de sólidos solubles superior a 9 °Brix, acidez total cercana a 1 % y relación azúcar/ácido alrededor de 10:1. También se evalúa el color de la cáscara, que transita del verde al amarillo o rosado según la variedad. La cosecha debe realizarse cuidadosamente para evitar daños mecánicos, ya que la epidermis del fruto, aunque gruesa, es susceptible a la abrasión y a la entrada de patógenos. La toronja alcanza su madurez fisiológica entre 8 y 12 meses después de la floración, dependiendo del clima y del cultivar.

Tras la cosecha, el árbol entra en una fase de recuperación fisiológica, donde la actividad fotosintética se orienta nuevamente al crecimiento vegetativo. Las hojas remanentes reponen reservas de carbohidratos en raíces y ramas, esenciales para el siguiente ciclo de floración. Esta etapa es crucial para evitar la alternancia productiva, fenómeno común en cítricos que ocurre cuando un año de alta fructificación agota los recursos del árbol y reduce la producción del año siguiente. Las podas sanitarias, la fertilización postcosecha y un manejo hídrico racional permiten restablecer el equilibrio energético del árbol, asegurando la continuidad del ciclo.

Las etapas fenológicas de la toronja —brotación, crecimiento vegetativo, floración, cuajado, desarrollo, maduración y recuperación— conforman un sistema perfectamente coordinado que traduce condiciones ambientales en rendimiento fisiológico. No se trata de una secuencia mecánica, sino de una adaptación dinámica a los ritmos del clima y la energía solar. El árbol no responde a un calendario humano, sino a su propio reloj biológico, marcado por la temperatura, la luz y la disponibilidad de agua. La observación de ese reloj —y la capacidad de ajustarse a su ritmo— es lo que distingue a una agricultura empírica de una verdaderamente científica: aquella que acompaña, en lugar de forzar, el curso natural de la vida vegetal.

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