Plagas y enfermedades del cultivo de naranja

Artículo - Plagas y enfermedades del cultivo de naranja

El naranjo, Citrus sinensis, es una paradoja botánica: un árbol extraordinariamente productivo y, al mismo tiempo, vulnerable a una constelación de plagas y enfermedades que se entrelazan en una red ecológica compleja. Cada fruto que llega a la mesa es el resultado de una negociación silenciosa entre el potencial fisiológico del árbol y las presiones bióticas que lo rodean. Entender estas presiones no implica solo enumerar organismos dañinos, sino descifrar cómo se articulan con el clima, el manejo agronómico y la genética del cultivo para definir, año tras año, el destino de una plantación.

Entre las plagas, pocas simbolizan mejor esta tensión que el minador de los cítricos (Phyllocnistis citrella). Esta diminuta polilla no destruye el árbol de forma inmediata, pero sus larvas excavan galerías serpenteantes en las hojas jóvenes, interrumpiendo la fotosíntesis en la fase más crítica del crecimiento. El daño no es solo directo: las heridas abiertas facilitan la colonización por bacterias y hongos oportunistas, amplificando el impacto inicial. El minador, además, altera la arquitectura del follaje, provocando brotes más débiles y mayor susceptibilidad al estrés hídrico, lo que ilustra cómo una sola plaga puede reconfigurar la fisiología del cultivo.

Algo similar ocurre con los pulgones (como Toxoptera citricida y Aphis gossypii), que no destacan por su tamaño, sino por su papel como vectores de virus. Al alimentarse del floema, no solo extraen fotoasimilados, sino que inyectan saliva cargada de patógenos. El resultado es la difusión de virosis debilitantes, como la tristeza de los cítricos, que no derriban al árbol de inmediato, pero erosionan su vigor productivo con una lentitud implacable. Además, la melaza que excretan los pulgones sirve de sustrato para el desarrollo de fumagina, una capa negra de hongos saprófitos que reduce la captación de luz y empeora el balance energético del árbol.

Desde otra trinchera ecológica actúan las cochinillas y las moscas blancas, organismos que comparten estrategias de succión de savia y producción de melaza, pero difieren en su capacidad de adaptarse a insecticidas y microclimas. Algunas cochinillas, protegidas por escudos cerosos, se refugian en grietas de la corteza y en la base de los frutos, esquivando el contacto con los productos fitosanitarios. Esta capacidad de ocultamiento genera reservorios poblacionales que reemergen cuando las condiciones son favorables. En paralelo, las moscas blancas, con sus ciclos de vida cortos, explotan cada ventana de clima suave para multiplicarse, generando picos poblacionales difíciles de anticipar si no se cuenta con un sistema de monitoreo riguroso.

En un nivel aún más devastador se sitúan los psílidos de los cítricos, en particular Diaphorina citri, vector de la bacteria asociada al huanglongbing (HLB) o “enverdecimiento de los cítricos”. Esta enfermedad bacteriana no se limita a reducir el rendimiento: desorganiza el sistema vascular del árbol, distorsiona la maduración de los frutos y condena, a medio plazo, la viabilidad del huerto. Lo perturbador del HLB es su asincronía: los árboles pueden estar infectados años antes de mostrar síntomas inequívocos, mientras el psílido continúa diseminando la bacteria. La lucha contra esta enfermedad es, por tanto, una carrera contra un enemigo que siempre parece ir un paso por delante.

Si las plagas tienden a ser visibles, aunque discretas, muchas de las enfermedades más graves del naranjo son inicialmente invisibles. Los hongos de suelo, como Phytophthora spp., se instalan en las raíces y el cuello del tronco, provocando podredumbres que se manifiestan, en superficie, como amarilleos difusos, caída prematura de hojas y disminución del calibre de los frutos. La gomosis de los cítricos, asociada a estos patógenos, exuda resinas desde la corteza, una señal tardía de un sistema radicular ya comprometido. La interacción con el manejo del riego es crucial: suelos mal drenados, láminas de agua excesivas y compactación favorecen un microambiente hipóxico donde estos patógenos prosperan.

En la parte aérea, los hongos foliares como Alternaria alternata y Mycosphaerella citri explotan condiciones de alta humedad relativa y temperaturas moderadas para colonizar hojas y frutos. La mancha marrón de Alternaria puede arruinar la calidad comercial de la fruta, incluso cuando el árbol aparenta buena salud general. Las lesiones necróticas en la piel del fruto no solo reducen el valor en mercado fresco; también abren puertas a infecciones secundarias durante el almacenamiento y transporte. Así, un episodio de enfermedad foliar mal gestionado puede traducirse en pérdidas que se manifiestan meses después, lejos del huerto donde se originaron.

Los virus y viroides añaden otra capa de complejidad, porque no se combaten con fungicidas ni insecticidas, sino con estrategias preventivas basadas en la sanidad del material vegetal. La ya mencionada tristeza de los cítricos, causada por el Citrus tristeza virus, ha obligado a reconfigurar portainjertos y patrones de injertación en muchas regiones productoras. El virus altera el equilibrio entre copa y raíz, provocando colapsos súbitos o declives crónicos. Aquí la genética se vuelve una herramienta defensiva: la elección de portainjertos tolerantes redefine la vulnerabilidad del sistema, demostrando que la resistencia genética es, en muchos casos, la forma más elegante de control.

La coexistencia de tantas amenazas obliga a abandonar la idea de soluciones únicas y adoptar el paradigma del manejo integrado de plagas y enfermedades. Este enfoque no se limita a combinar tácticas; se basa en comprender los umbrales económicos de daño, la fenología del cultivo y la dinámica poblacional de los organismos implicados. Un tratamiento insecticida aplicado sin considerar la presencia de enemigos naturales —como mariquitas, crisopas o parasitoides específicos— puede desencadenar resurgencias de plagas al eliminar a sus controladores biológicos. Del mismo modo, un fungicida mal calendarizado puede generar presiones de selección que favorezcan cepas resistentes, erosionando la eficacia futura del producto.

El manejo integrado se apoya, por tanto, en monitoreos sistemáticos, trampas, modelos climáticos y diagnósticos de laboratorio. La detección temprana de síntomas sutiles —una clorosis irregular, un patrón anómalo de caída de frutos, una distribución no aleatoria de árboles debilitados— permite intervenir con medidas focalizadas. La poda sanitaria, la eliminación de árboles infectados por HLB, el ajuste de marcos de plantación para mejorar la ventilación y reducir la humedad foliar nocturna, o la modificación de calendarios de riego para evitar encharcamientos son decisiones que, acumuladas, redefinen la epidemiología del huerto. La sanidad del cultivo deja de ser una cuestión de productos y se convierte en una cuestión de diseño del sistema.

En este contexto, la microbiota del suelo y de la rizosfera emerge como un actor silencioso pero determinante. Suelos vivos, con alta diversidad microbiana, tienden a mostrar mayor supresión natural frente a patógenos como Phytophthora o Fusarium. La incorporación de materia orgánica bien compostada, el uso de cubiertas vegetales y la reducción de labranza excesiva crean entornos donde los microorganismos benéficos compiten, antagonizan o simplemente desplazan a los patógenos. Esta dimensión biológica del suelo no es una moda, sino una ampliación del concepto de manejo sanitario: el árbol ya no se entiende aislado, sino como parte de un consorcio ecológico.

La tecnología digital añade otra capa de posibilidades. Sensores de humedad, imágenes multiespectrales de drones y algoritmos de detección temprana pueden identificar patrones de estrés en el naranjal antes de que el ojo humano perciba síntomas evidentes. Variaciones sutiles en el índice de vegetación, en la reflectancia de determinadas bandas del espectro o en la temperatura foliar pueden asociarse con focos iniciales de enfermedad o con ataques incipientes de plagas. Esta capacidad de ver “un poco más allá” del espectro visible abre la puerta a intervenciones quirúrgicas, reduciendo el uso de insumos y minimizando impactos ambientales.

Sin embargo, ninguna herramienta tecnológica compensa decisiones agronómicas desacertadas. La densidad de plantación, la elección de variedades, la compatibilidad copa-portainjerto, el régimen de fertilización y la gestión del agua configuran un escenario más o menos propicio para las plagas y enfermedades. Un naranjo sobreabonado con nitrógeno, por ejemplo, genera tejidos más tiernos y suculentos que atraen a pulgones y minadores, mientras que un déficit crónico de potasio debilita la resistencia mecánica de las paredes celulares, facilitando el avance de hongos necrotróficos. La sanidad, en este sentido, no se añade al final del manejo; está implícita en cada decisión de cultivo.

Al observar un huerto de naranjos aparentemente sano, con copas uniformes y frutos brillantes, es fácil olvidar que esa estabilidad es frágil y requiere una vigilancia constante. Cada brote nuevo es un posible punto de entrada para un insecto, cada herida en la corteza una oportunidad para un hongo, cada patrón de riego una señal ecológica para los organismos del suelo. La agricultura de cítricos del futuro no podrá basarse en la eliminación sistemática de enemigos, sino en la construcción de sistemas resilientes, capaces de absorber perturbaciones sin colapsar. En esa transición, las plagas y enfermedades dejan de ser solo adversarios y se convierten en indicadores de cómo estamos diseñando —o desajustando— la relación entre el naranjo y su entorno.

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