Etapas fenológicas del cultivo de manzana

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El cultivo de Malus domestica atraviesa un conjunto articulado de etapas fenológicas que definen la estructura temporal del manejo agronómico y condicionan su rendimiento y calidad. En el inicio del ciclo, se presenta la fase de yema en reposo, cuando los brotes productivos se encuentran inactivos durante el periodo invernal, protegidos por escamas y acumulando frío. Esta etapa es crítica porque el cumplimiento del requisito de chilling afecta directamente la emergencia uniforme de brotes y la sincronía de floración; un déficit en frío puede conducir a brotación irregular y consecuente desajuste en la carga de fruto. A medida que la temperatura aumenta y los sumatorios térmicos se alcanzan, inicia la fase de hinchamiento de yemas, conocida como burst de brotes, donde las yemas vegetativas y florales se activan, las escamas se abren y aparecen las primeras señales verdes. Este grado de desarrollo constituye un punto de inflexión entre el estado vegetativo latente y la activación reproductiva, y marca el momento en que el árbol comienza a movilizar reservas hacia nuevos tejidos.

El siguiente escalón corresponde a la fase de brote activo y extensión foliar, donde las ramas jóvenes se expanden, las hojas se desarrollan y se fortalece la capacidad fotosintética del árbol. Durante este lapso, la planta incrementa su volumen de hoja, establece conexiones radiculares eficientes y acumula carbono y nitrógeno que sostendrán la transición hacia la floración. Esta etapa vegetativa debe abordar dos dinámicas fundamentales: por un lado, un crecimiento excesivo en vegetativo puede competir con la producción de flores, y por otro, una vegetación insuficiente limita la inducción floral. Por tanto, el equilibrio entre crecimiento vegetativo y preparación reproductiva se convierte en un factor determinante para la siguiente fase: la inducción floral. Es en este momento cuando los brotes que han completado cierta maduración cambian su programa celular hacia la diferenciación de inflorescencias, activadas por señales hormonales y condiciones climáticas como horas frías y luego incrementos térmicos. El conocimiento preciso de este cambio permite anticipar intervenciones ancilares, tales como la fertilización o el riego, a fin de optimizar la floración.

Una vez que la diferenciación floral se ha completado, la planta entra en la fase de floración, la cual comprende la apertura de botones florales, la polinización y el cuajado de frutos. Durante el periodo de floración, la sincronía entre cultivares compatibles, así como la presencia de polinizadores y las condiciones ambientales (temperatura, viento, lluvias) se vuelven críticos para asegurar un cuajado eficiente. Las flores que no reciben polinización o que se ven afectadas por condiciones adversas pueden abortar, provocando la caída de yemas florales o la desaceleración del cuajado, lo que impacta directamente en la carga de fruto final. La fase de cuajado se caracteriza por una marcada transición de la flor al fruto incipiente: el ovario se transforma en un pequeño fruto, queda bajo regulación hormonal y comienza a exigir recursos del árbol. Por ello, la gestión del cultivo debe prestar atención especial a este tramo fenológico, donde deficiencias hídricas, nutricionales o daños por heladas tardías pueden reducir la eficiencia de establecimiento de fruta.

Tras el cuajado, el desarrollo del fruto se convierte en la fase más prolongada del ciclo y representa la etapa de crecimiento del fruto, en la que las células se dividen, se expanden y luego concentran azúcares, agua y sólidos. En manzano, este crecimiento se encuentra influenciado por el aporte adecuado de elementos como potasio y calcio, el equilibrio hídrico y una correcta regulación del vigor vegetativo para evitar competencias entre brotes y frutos. Durante esta fase la moraíza (o caída de fruto prematura) puede ocurrir si la planta experimenta estrés; asimismo, un calibre reducido o calibre heterogéneo puede responder a limitantes en esta fase de expansión. Es en esta etapa cuando la fructificación se moldea estructuralmente y el sistema de ramas y hojas debe sostener una carga creciente de fruto sin comprometer su maduración. El conocimiento del tiempo estimado entre cuarado y madurez permite planificar intervenciones de nutrición y raleo, ajustando la carga del árbol para asegurar una fruta de calidad.

La etapa de maduración fisiológica del fruto encapsula los cambios bioquímicos finales: aumento del contenido de sólidos solubles, descenso de acidez, desarrollo de aroma y color, y modificaciones de la textura que definen la calidad de cosecha. En el manzano, alcanzar el punto óptimo de madurez implica no sólo tamaño y color, sino también firmeza, sabor y vida útil poscosecha. En esta fase, la temperatura ambiental juega un rol decisivo: una elevación térmica puede acelerar el proceso, acortando la ventana de cosecha, mientras que un enfriamiento prematuro puede prolongarlo y afectar la armonía entre madurez interna y externa. La planificación del momento de recolección requiere monitorear indicadores fisiológicos del fruto y comprender la sincronía entre maduración y demanda del mercado, evitando tanto la recolección prematura como la sobremaduración que compromete la conservación.

Finalmente, el proceso culmina con la cosecha, momento en el cual la fruta es extraída del árbol e inicia su etapa poscosecha, la cual si bien no es una fase fenológica de la planta, depende del punto fenológico alcanzado. La recolección debe programarse con base en el grado de desarrollo alcanzado, pues una cosecha temprana limita el sabor y almacenamiento, mientras que una tardía puede incrementar pérdidas. A la vez, los tratamientos poscosecha —enfriamiento, clasificación, embalaje— deben adaptarse al estado fisiológico del fruto para preservar los logros acumulados a lo largo de las etapas previas. La comprensión de la fenología permite fijar la fecha óptima de corte, prevenir pérdidas y asegurar que la fruta conserve su potencial.

El seguimiento detallado de cada una de estas etapas —desde la yema latente hasta la cosecha— provee un marco para el diseño agronómico del huerto, donde la acumulación de horas de frío, la suma de grados-día, la sincronía de florecimiento y la duración de la fase de crecimiento del fruto tienen implicaciones directas sobre rendimiento, calidad y riesgo. El uso de escalas como la BBCH‑scale facilita la estandarización de los estados fenológicos, permitiendo correlacionar temperatura, nutrición y manejo en un modelo integrado. En condiciones de cambio climático, este enfoque fenológico adquiere aún mayor relevancia: por ejemplo, el adelanto del brote y de la floración puede aumentar la exposición a heladas tardías o desajustar la sincronía con polinizadores. Por tanto, establecer un calendario fenológico y ajustarlo al cultivar, la región y las condiciones específicas constituye una herramienta esencial de la fruticultura profesional.

Al integrar fisiología, clima, nutrición y manejo en función del desarrollo fenológico del manzano, se habilita una gestión precisa que puede mejorar la eficiencia productiva, reducir desperdicios y elevar la calidad del fruto. La relación entre etapas no es lineal sino interdependiente: una insuficiencia en la fase de brote condiciona la floración; una floración tardía debilita el cuajado; un cuajado deficiente limita el crecimiento; un crecimiento comprometido reduce la maduración; y una maduración incorrecta implica un punto de cosecha desplazado. De este modo, la fenología puede considerarse como la narrativa que la planta escribe entre la tierra, el clima y el manejo humano: leer ese guion permite anticipar, intervenir y conducir el ciclo hacia la excelencia productiva.

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