La agricultura paraguaya se despliega sobre una paradoja silenciosa: un país sin salida al mar que, sin embargo, figura entre los grandes exportadores mundiales de soja, maíz y carne bovina, y que al mismo tiempo sostiene su seguridad alimentaria con cultivos profundamente arraigados como la mandioca, el arroz y el sésamo. Entender sus principales cultivos significa leer simultáneamente la geografía del país, su historia agraria y las tensiones contemporáneas entre agricultura empresarial y agricultura familiar. Cada hectárea cultivada en Paraguay es resultado de esa convergencia de clima, suelo, mercado y poder.
El eje de esta estructura productiva es, sin duda, la soja (Glycine max). Introducida y expandida con fuerza desde la segunda mitad del siglo XX, la soja se ha convertido en el cultivo dominante en la Región Oriental, especialmente en los departamentos de Alto Paraná, Itapúa, Canindeyú y Caaguazú. La combinación de suelos Oxisoles y Ultisoles relativamente profundos, un régimen de lluvias generoso y la adopción de variedades transgénicas tolerantes a herbicidas permitió una agricultura de alta escala, fuertemente mecanizada. El resultado es un paisaje agrícola donde la rotación de cultivos se ha vuelto más un ideal técnico que una práctica generalizada, con extensos monocultivos que maximizan el volumen exportable pero presionan los equilibrios ecológicos.
La soja paraguaya se destina en su mayoría a la producción de harina proteica y aceite, insumos esenciales para las cadenas globales de alimentación animal y biocombustibles. Esta lógica de commoditización ha impulsado la adopción de siembra directa, fertilización fosfatada intensiva y un paquete tecnológico dependiente de agroquímicos. A corto plazo, estos sistemas elevan los rendimientos y estabilizan la producción frente a la variabilidad climática. A largo plazo, sin embargo, plantean interrogantes sobre la erosión de la biodiversidad, el empobrecimiento de la materia orgánica del suelo y la vulnerabilidad de un modelo excesivamente concentrado en un solo cultivo. La soja ha traído divisas y ha reconfigurado el territorio, pero también ha profundizado la dualidad entre agricultura empresarial y campesina.
Esta dualidad se hace visible cuando se observa el papel del maíz (Zea mays), segundo pilar de la producción agrícola paraguaya. Utilizado tanto como grano comercial como insumo para la alimentación animal, el maíz se integra a las grandes rotaciones con soja en sistemas de doble cultivo, pero también se mantiene como cultivo básico en fincas familiares. Los híbridos de alto rendimiento, con ciclos cortos y buena respuesta a la fertilización nitrogenada, dominan los sistemas empresariales; en contraste, en la agricultura campesina persisten materiales criollos y variedades locales que conservan una mayor diversidad genética y se adaptan mejor a condiciones de baja disponibilidad de insumos. El maíz, por tanto, conecta dos mundos productivos: el de la exportación de granos y el de la subsistencia diversificada.
El tercer gran cultivo extensivo es el trigo (Triticum aestivum), pieza clave de los sistemas de doble zafra. Tras la cosecha de soja, el trigo ocupa el invierno, aprovechando las temperaturas más bajas y contribuyendo, al menos en teoría, a una mejor cobertura del suelo. Sin embargo, la presión de enfermedades fúngicas como la roya y la septoriosis, unida a la volatilidad de los precios internacionales, ha generado ciclos de expansión y retracción del cultivo. Su importancia radica menos en el volumen exportado y más en su función agronómica: diversificar el calendario de siembra, fragmentar ciclos de plagas y enfermedades y reducir la exposición del suelo a la erosión hídrica. Cuando el trigo se sustituye por barbechos desnudos, los sistemas pierden una de sus pocas barreras biológicas frente a la degradación.
Más allá del triángulo soja-maíz-trigo, la mandioca (Manihot esculenta) ocupa un lugar central en la seguridad alimentaria y en la identidad agraria del país. A diferencia de los cultivos de grano, la mandioca se asocia fuertemente con la agricultura familiar, con sistemas de baja mecanización y una lógica productiva orientada al autoconsumo y al mercado local. Su notable tolerancia a la sequía, la capacidad de mantenerse en el suelo durante largos períodos sin cosecha y la relativa rusticidad frente a suelos de mediana fertilidad la convierten en un amortiguador frente a crisis climáticas y económicas. Si la soja responde a la demanda global de proteína vegetal, la mandioca responde al imperativo local de asegurar calorías accesibles y estables.
El arroz (Oryza sativa), por su parte, revela otra dimensión de la agricultura paraguaya: la gestión del agua. Concentrado en áreas con disponibilidad de riego o suelos inundables, el arroz se cultiva en sistemas tecnificados que exigen un manejo cuidadoso de láminas de agua, fertilización nitrogenada y control de malezas acuáticas. Aunque su volumen total no compite con el de la soja, el arroz tiene un peso estratégico por su rol en la dieta y por la complejidad técnica que demanda. La expansión de este cultivo está condicionada por la infraestructura de riego, la energía para bombeo y la competencia por usos alternativos del agua, factores que se vuelven críticos en escenarios de variabilidad climática creciente.
En un registro distinto, el algodón (Gossypium hirsutum) simboliza la transformación histórica de la agricultura campesina paraguaya. Durante décadas actuó como cultivo de renta para pequeños productores, articulando mano de obra familiar, mercados regionales y una industria textil incipiente. La caída de los precios internacionales, el avance de la soja y los problemas de plagas como el picudo del algodonero redujeron su área de forma drástica. Sin embargo, su legado persiste como advertencia: un cultivo que fue eje económico de miles de familias puede volverse marginal cuando las condiciones del mercado y el apoyo institucional se desvanecen. El algodón expone la fragilidad de los sistemas productivos excesivamente dependientes de un solo rubro de renta.
Algo similar, aunque con signo opuesto, ocurre con el sésamo (Sesamum indicum). Este cultivo oleaginoso, de ciclo relativamente corto y buena adaptación a condiciones de baja fertilidad, se ha consolidado como alternativa de exportación para agricultores familiares, sobre todo en la Región Oriental. Su demanda en mercados asiáticos y europeos, sumada a la posibilidad de producirlo con baja mecanización, lo convierte en un cultivo estratégico para diversificar ingresos rurales. No obstante, su sensibilidad a las lluvias excesivas en floración y cosecha, así como la necesidad de cumplir estándares de inocuidad y baja presencia de residuos de plaguicidas, introducen vulnerabilidades que sólo pueden mitigarse con acompañamiento técnico sostenido y cadenas de valor más equitativas.
La horticultura intensiva, aunque menos visible en las estadísticas de exportación, desempeña un papel decisivo en el abastecimiento interno. Tomate, cebolla, locote, lechuga y otras hortalizas se concentran en cinturones periurbanos y en fincas diversificadas de pequeña escala. Estos sistemas se caracterizan por una alta demanda de mano de obra, uso frecuente de invernaderos y una dependencia significativa de agroquímicos, a menudo sin la regulación ni la capacitación adecuadas. La estacionalidad de la producción genera frecuentes “ventanas de importación”, en las que el país recurre a productos hortícolas extranjeros, revelando la fragilidad de los circuitos cortos de comercialización y la necesidad de mejorar la planificación productiva y el manejo poscosecha.
En la Región Occidental, el Chaco paraguayo, la agricultura cede protagonismo a la ganadería, pero emergen sistemas mixtos donde el cultivo de maíz y forrajeras acompaña la intensificación lechera y cárnica, especialmente en colonias menonitas. Allí, la principal limitante no es la fertilidad intrínseca del suelo, sino la disponibilidad de agua y la salinidad en ciertas áreas. La expansión de cultivos en el Chaco obliga a pensar en modelos productivos adaptados a ecosistemas frágiles, donde la deforestación masiva y la conversión de pastizales pueden desencadenar procesos irreversibles de degradación. La experiencia chaqueña ilustra cómo la elección de cultivos no es sólo una cuestión económica, sino también ecológica y ética.
Todas estas piezas —soja, maíz, trigo, mandioca, arroz, algodón, sésamo y horticultura— configuran un mosaico donde coexisten agricultura de exportación intensiva y agricultura de subsistencia o de mercado interno. La tensión entre ambos polos se expresa en el acceso a la tierra, al crédito, a la asistencia técnica y a la infraestructura. Mientras los grandes complejos sojeros operan integrados a cadenas globales de agronegocio, los pequeños productores dependen de circuitos comerciales fragmentados, precios volátiles y políticas públicas intermitentes. La estructura de cultivos no es neutra: orienta el tipo de desarrollo rural posible, define quién captura el valor agregado y determina qué tan resiliente es el sistema frente a shocks externos.
En un contexto de cambio climático, la elección de los principales cultivos producidos en Paraguay adquiere un significado adicional. La mayor frecuencia de sequías e inundaciones, las olas de calor y la irregularidad en el régimen de lluvias desafían la estabilidad de los sistemas basados en monocultivos extensivos. La diversificación con cultivos más tolerantes al estrés hídrico, la recuperación de variedades locales, la integración de agroforestería y la mejora en la gestión del agua se vuelven estrategias no sólo deseables, sino necesarias. El futuro agrícola paraguayo dependerá de su capacidad para equilibrar la potencia exportadora de sus grandes cultivos con la robustez socioecológica de sus sistemas campesinos y mixtos, evitando que la eficiencia de corto plazo comprometa la viabilidad de largo plazo de sus suelos, sus comunidades rurales y sus paisajes productivos.
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