Plagas y enfermedades del cultivo de zarzamora

La zarzamora, Rubus fruticosus y especies afines, es un cultivo que condensa en pocas hectáreas buena parte de los desafíos fitosanitarios de la agricultura moderna. Su fisiología perenne, la arquitectura del dosel y la prolongada permanencia de tejidos tiernos crean un microclima ideal para una comunidad diversa de patógenos y artrópodos. Allí donde el productor ve una promesa de alto valor comercial, hongos, bacterias, virus e insectos reconocen un ecosistema estable y predecible. Esta tensión silenciosa determina la productividad del cultivo mucho antes de que el fruto llegue al mercado, y obliga a repensar la sanidad vegetal no como una lista de productos, sino como una ecología gestionada con rigor.

El primer elemento de esa ecología es la planta misma. La zarzamora combina brotes anuales (primocañas) que crecerán y fructificarán al año siguiente como floricanas, generando una superposición de tejidos de edades distintas. Esa coexistencia facilita el “puente verde” que permite a muchos patógenos sobrevivir de una campaña a otra sin interrupción. Cuando se observan las plantaciones afectadas por antracnosis, provocada por Colletotrichum spp., o por roya debida a Kuehneola uredinis, el patrón se repite: lesiones en cañas viejas sirven de reservorio para nuevas infecciones en brotes tiernos, perpetuando un ciclo que rara vez se corta solo con fungicidas.

La antracnosis ilustra con claridad cómo el manejo del microclima es tan decisivo como la elección de moléculas. Las lesiones hundidas en cañas y frutos, con bordes violáceos, no son solo síntomas; son la consecuencia visible de un equilibrio roto entre humedad, ventilación y carga vegetativa. En plantaciones densas, con exceso de sombreo y riego por aspersión, las gotas de agua actúan como vehículos de dispersión de conidios, colonizando tejidos aún asintomáticos. La reducción de la humedad foliar mediante poda estratégica, conducción adecuada y riego localizado tiene, a menudo, un impacto más profundo y duradero que una rotación apresurada de fungicidas de contacto y sistémicos.

Algo similar ocurre con la roya, cuyas pústulas anaranjadas en el envés de las hojas son la culminación de un ciclo complejo de esporulación. Este hongo explota las capas densas de follaje donde la transpiración se acumula y la radiación solar penetra mal. Al abrir el dosel con podas que favorecen la circulación de aire y la entrada de luz, se acorta el periodo de humectación necesario para la germinación de esporas. La fisiología de la planta responde: hojas más expuestas desarrollan cutículas más gruesas y estomas más regulados, haciendo menos probable la infección. La sanidad deja de ser un asunto químico para convertirse en una consecuencia de la arquitectura del sistema.

En el terreno de las enfermedades de fruto, la podredumbre gris causada por Botrytis cinerea ocupa un lugar central. Este patógeno, polífago y ubicuo, coloniza flores, restos de pétalos y tejidos senescentes, esperando condiciones de alta humedad para avanzar sobre frutos en envero y madurez. La paradoja es que, en la búsqueda de calibre y firmeza, se tiende a elevar la fertilización nitrogenada, lo que genera tejidos más suculentos y compactos, con menor aireación intrarracimo. El resultado es una mayor susceptibilidad a la infección. Así, la nutrición se vuelve un arma de doble filo: el mismo nitrógeno que impulsa el rendimiento puede favorecer la epidemia si se desatiende el equilibrio con potasio, calcio y el manejo de la canopia.

Las raíces, ocultas a la vista, sostienen otra dimensión del problema. Patógenos de suelo como Phytophthora spp. causan marchitez y pudrición radicular, especialmente en suelos mal drenados y con encharcamientos recurrentes. El síntoma visible —plantas decaídas, amarillentas, con muerte regresiva de cañas— suele atribuirse de manera simplista al “estrés hídrico”, cuando en realidad se trata de un colapso del sistema vascular por infección. La corrección no pasa solo por fungicidas específicos, sino por rediseñar el entorno físico: camas elevadas, drenajes funcionales, textura y estructura del suelo que permitan un balance adecuado entre aire y agua. La sanidad radicular es, en esencia, ingeniería de suelos aplicada a la fisiología de la planta.

Las enfermedades bacterianas, menos espectaculares a primera vista, pueden resultar devastadoras en sistemas intensivos. Agrobacterium tumefaciens, agente de la agalla de la corona, transforma células vegetales en fábricas de tumores al transferir fragmentos de su ADN. Este fenómeno de transferencia genética horizontal convierte la base del tallo en un tejido deformado que estrangula el flujo de agua y nutrientes. La respuesta más eficaz no es curativa, sino preventiva: material de propagación certificado, desinfección rigurosa de herramientas y evitar heridas en condiciones de alta humedad. Cada corte de poda se convierte en una puerta de entrada potencial, y la higiene del manejo adquiere el mismo peso que cualquier tratamiento químico.

Sobre este escenario de enfermedades se superpone un elenco igualmente complejo de insectos y ácaros. Entre los más determinantes se encuentran los áfidos y los trips, pequeños pero influyentes. Los áfidos no solo extraen savia y deforman brotes; actúan como vectores de virus que pueden causar mosaicos, clorosis y reducción drástica de la vida productiva de la plantación. Su dinámica poblacional está íntimamente ligada a la presencia de enemigos naturales —coccinélidos, sírfidos, crisópidos— y al uso de insecticidas de amplio espectro. Cada aplicación no selectiva reduce la biodiversidad funcional del agroecosistema y facilita, paradójicamente, resurgencias de plagas más difíciles de controlar.

Los trips, por su parte, dañan flores y frutos jóvenes, provocando cicatrices y deformaciones que comprometen la calidad comercial. Su tamaño diminuto y comportamiento críptico los hacen poco visibles hasta que el problema es evidente. Sin embargo, responden con fuerza a cambios en el entorno: coberturas vegetales diversificadas, reducción de polvo en caminos internos, manejo cuidadoso de malezas hospedantes. El enfoque de manejo integrado de plagas (MIP) se vuelve aquí imprescindible: monitoreo sistemático con trampas adhesivas, umbrales de acción definidos y uso racional de insecticidas selectivos, compatibles con la fauna benéfica, en lugar de intervenciones reactivas guiadas por el temor.

Otros actores, como la araña roja (Tetranychus urticae), se benefician de ambientes cálidos y secos, muy frecuentes bajo invernaderos o túneles plásticos. Sus colonias generan punteaduras cloróticas y defoliación prematura, debilitando la planta justo en fases críticas de llenado de fruto. El control biológico con ácaros depredadores, como Phytoseiulus persimilis, muestra cómo es posible redirigir la dinámica trófica a favor del cultivo. La clave es anticiparse: liberar enemigos naturales cuando las poblaciones plaga aún son incipientes, evitando que las telarañas densas y la resistencia a acaricidas conviertan el problema en crónico.

En cultivos perennes, la memoria del sistema se acumula también en los restos vegetales. Cañas no eliminadas, frutos momificados y hojas caídas constituyen una biblioteca de inóculos lista para reactivarse cada temporada. La higiene cultural —retirar y destruir material enfermo, desinfectar estructuras, manejar la vegetación circundante— es, con frecuencia, la intervención más subestimada. No genera un efecto inmediato tan visible como una aplicación foliar, pero reduce de forma sustancial la presión inicial de patógenos e insectos. La fitosanidad deja entonces de depender de respuestas tardías para convertirse en una estrategia de reducción progresiva de riesgos.

La interacción entre plagas y enfermedades añade otra capa de complejidad. Daños en epidermis causados por insectos perforadores o por granizo abren puertas de entrada a hongos oportunistas; plantas debilitadas por infecciones radiculares se vuelven más atractivas para ciertos insectos, que detectan cambios en los perfiles de compuestos volátiles. Entender estas sinergias permite diseñar intervenciones que actúan en múltiples frentes: mejorar la resistencia sistémica inducida mediante nutrición equilibrada y bioestimulantes, ajustar el calendario de podas para reducir heridas expuestas en periodos de alta presión de patógenos, y sincronizar liberaciones de enemigos naturales con las fases más vulnerables del cultivo.

En el fondo, la sanidad de la zarzamora no se decide en la etiqueta de un producto, sino en la forma en que se concibe el sistema productivo. Plantaciones genéticamente diversas, con variedades que aporten distintos niveles de tolerancia; suelos vivos, con microbiomas capaces de competir con patógenos; paisajes agrícolas que integren setos, corredores biológicos y refugios para fauna útil. Cada una de estas piezas contribuye a desplazar el equilibrio hacia una situación en la que las plagas y enfermedades no desaparecen, pero dejan de dictar el destino del cultivo. La zarzamora, entonces, no se entiende solo como una fuente de fruta, sino como un laboratorio vivo donde se ensaya, campaña tras campaña, una agricultura más inteligente y menos vulnerable.

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