Plagas y enfermedades del cultivo de yaca

Artículo - Plagas y enfermedades del cultivo de yaca

En los trópicos húmedos, donde la atmósfera parece más densa y el suelo nunca termina de enfriarse, el cultivo de yaca (Artocarpus heterophyllus) se ha convertido en un símbolo de promesa productiva y, al mismo tiempo, de vulnerabilidad biológica. Este árbol, capaz de sostener frutos que superan los 20 kilos, no solo ofrece una pulpa aromática y versátil, sino que también concentra en su fisiología un delicado equilibrio entre rendimiento y susceptibilidad. Esa tensión se hace evidente cuando se observan las plagas y enfermedades que lo atacan: son el recordatorio de que cada agroecosistema es un sistema abierto, donde los intentos humanos de orden se enfrentan a la dinámica evolutiva de insectos, hongos y bacterias.

La yaca, originaria del sur de Asia pero hoy difundida en América Latina, África y Oceanía, se integra a paisajes agrícolas muy distintos a los de su centro de origen. Este desplazamiento geográfico ha alterado el repertorio de enemigos bióticos. En algunos países, las plagas clave son insectos polífagos ya establecidos en otros frutales; en otros, emergen patologías nuevas, producto de interacciones imprevistas con patógenos nativos. El árbol, con su follaje denso y sus frutos pegados al tronco y ramas principales, crea microambientes húmedos que favorecen la proliferación de hongos fitopatógenos, mientras que su prolongado ciclo vegetativo lo expone de forma continua a insectos masticadores, perforadores y chupadores.

Entre los insectos, uno de los problemas recurrentes en zonas tropicales es el complejo de moscas de la fruta (Bactrocera, Anastrepha), que encuentra en la yaca un hospedero ideal cuando los frutos alcanzan madurez fisiológica. Las hembras perforan la epidermis y depositan los huevos en la pulpa, abriendo la puerta a la descomposición interna y al rechazo comercial. Esa misma perforación, casi invisible al principio, se convierte en un punto de entrada para levaduras y bacterias oportunistas, acelerando la fermentación y el colapso tisular. El fruto, que evolutivamente desarrolló una cáscara gruesa como defensa parcial, no estuvo preparado para la precisión de un ovipositor adaptado a explotar casi cualquier drupa o baya tropical.

No muy lejos en importancia están los cóccidos y cochinillas harinosas (familia Coccoidea), que colonizan hojas, ramas jóvenes y pedúnculos florales. Su daño directo, al succionar savia, reduce el vigor vegetativo y altera la relación fuente–sumidero del árbol, pero su impacto más profundo es indirecto: excretan melaza, un sustrato perfecto para el desarrollo de fumagina (hongos saprófitos como Capnodium spp.). Esa película negra que recubre hojas y frutos disminuye la fotosíntesis, interfiere con el intercambio gaseoso y deteriora la apariencia comercial. A la sombra de estas colonias de cóccidos prosperan también hormigas que los protegen, en una alianza mutualista que dificulta el control químico y biológico.

Los ácaros fitófagos, aunque menos visibles, modifican de forma silenciosa la fisiología foliar. Especies como Tetranychus spp. producen punteaduras cloróticas, bronceado del limbo y defoliación prematura cuando las poblaciones se disparan en periodos secos y calurosos. Cada hoja perdida en un árbol de yaca significa menos carbohidratos para sostener el crecimiento de esos frutos masivos y, por tanto, una reducción en el calibre y la calidad interna. La planta, sometida a estrés crónico, se vuelve más susceptible a patógenos del suelo, cerrando un círculo en el que la sanidad aérea y radicular están íntimamente conectadas.

En el reino de las enfermedades, las pudriciones de fruto son el punto más visible de la patología de la yaca. Hongos del género Phytophthora y Colletotrichum encuentran en el tejido carnoso un medio de cultivo excepcional. En ambientes con lluvias frecuentes, el agua que escurre por el tronco hacia los frutos caulinares arrastra esporas y propágulos, iniciando infecciones que se manifiestan como manchas acuosas, hundidas, que progresan hasta desintegrar la pulpa. El problema no se limita al campo: en poscosecha, pequeñas lesiones latentes se activan bajo condiciones de transporte y almacenamiento, generando pérdidas significativas incluso cuando el manejo fitosanitario en la plantación parece haber sido correcto.

La antracnosis, atribuida principalmente a Colletotrichum gloeosporioides, ilustra bien la sofisticación de algunos patógenos. Puede establecer infecciones quiescentes en flores y frutos jóvenes, sin síntomas evidentes, y solo manifestarse cuando el fruto se aproxima a la madurez. Esta estrategia le permite evadir aplicaciones fungicidas mal calendarizadas y confunde al productor, que percibe el problema demasiado tarde. Las lesiones necróticas, de borde definido y centro hundido, no son solo un defecto estético: alteran la textura, facilitan el ingreso de otros microorganismos y reducen drásticamente la vida útil.

En el sistema radicular, la yaca enfrenta enemigos menos visibles pero igualmente decisivos. Hongos como Pythium spp. y Fusarium spp. pueden causar podredumbres de raíz en suelos mal drenados o con encharcamientos recurrentes. Las raíces finas, responsables de la absorción de agua y nutrientes, colapsan primero; el árbol responde con marchitez diurna, clorosis y, en casos avanzados, muerte regresiva de ramas. La madera puede mostrar decoloraciones internas asociadas a toxinas fúngicas y oclusión de vasos. La interacción entre estos patógenos de suelo y prácticas de manejo como riegos excesivos o compactación del terreno revela hasta qué punto la enfermedad no es solo un fenómeno biológico, sino también agronómico.

A esta compleja red se suman las bacteriosis, menos estudiadas en yaca pero presentes en varias regiones productoras. Algunas cepas de Xanthomonas y Pseudomonas se asocian con manchas foliares angulares, exudados gomosos en ramas y deformaciones en órganos jóvenes. Aunque el impacto económico suele ser menor que el de los hongos, la naturaleza sistémica de ciertas bacterias dificulta su manejo, ya que se desplazan por el xilema y el floema, protegidas de muchos tratamientos de contacto. La tendencia de la yaca a producir brotes tiernos de forma casi continua ofrece una puerta siempre abierta a este tipo de infecciones.

Frente a este panorama, la respuesta más eficaz no se encuentra en un único producto ni en una tecnología aislada, sino en un manejo integrado de plagas y enfermedades que reconozca la yaca como parte de un ecosistema más amplio. El diseño del huerto —densidad de plantación, orientación de hileras, selección de portainjertos— modifica el microclima y, con él, la epidemiología de los patógenos. Una copa bien aireada reduce la duración de la humedad foliar y, por ende, la probabilidad de infección por hongos. La eliminación sistemática de frutos momificados y restos vegetales infectados disminuye la carga de inóculo, mientras que la cobertura vegetal del suelo puede mejorar la estructura edáfica y limitar las condiciones favorables a patógenos radiculares.

El componente biológico de este enfoque es igualmente crucial. Enemigos naturales como parasitoides de moscas de la fruta, coccinélidos depredadores de cochinillas y hongos entomopatógenos pueden reducir las poblaciones de insectos sin generar los desequilibrios típicos de los insecticidas de amplio espectro. La liberación o conservación de estos agentes exige evitar tratamientos químicos innecesarios y seleccionar moléculas de menor impacto sobre la fauna benéfica. En paralelo, el uso de biocontroladores del suelo —por ejemplo, cepas de Trichoderma antagonistas de Fusarium y Pythium— abre la posibilidad de modular la microbiota rizosférica a favor de la planta.

La resistencia genética, aunque todavía poco explotada en la yaca, representa una frontera prometedora. La variabilidad existente en poblaciones locales y variedades tradicionales sugiere que es posible seleccionar materiales con mayor tolerancia a antracnosis, pudriciones de raíz o infestaciones de cóccidos. La integración de herramientas de mejoramiento asistido por marcadores permitiría acelerar este proceso, identificando genotipos con respuestas fisiológicas más eficientes frente al estrés biótico. Cada avance en esta dirección reduce la dependencia de insumos externos y acerca el cultivo a un modelo más resiliente.

En última instancia, las plagas y enfermedades de la yaca no son solo una lista de amenazas, sino un lenguaje que el agroecosistema utiliza para expresar sus desequilibrios. La aparición recurrente de una mosca, un hongo o una bacteria indica fallas en el manejo del suelo, en la diversidad biológica circundante o en la elección de materiales vegetales. Comprender ese lenguaje y responder con estrategias integradas, basadas en la ecología y la fisiología vegetal, es lo que permitirá que estos árboles gigantes sigan ofreciendo sus frutos sin convertirse en un campo de batalla permanente entre el agricultor y el resto de la biosfera.

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