Plagas y enfermedades del cultivo de tuna

Artículo - Plagas y enfermedades del cultivo de tuna

La tuna (Opuntia ficus-indica y especies afines) encarna una paradoja agrícola: es un cultivo asociado a la rusticidad, capaz de prosperar donde otros fracasaron, pero al mismo tiempo vulnerable a un conjunto muy específico de plagas y enfermedades que explotan sus debilidades fisiológicas. Esa imagen de planta invencible, clavada en suelos pobres y soportando sequías prolongadas, ha retrasado durante décadas la construcción de un enfoque fitosanitario riguroso. Solo cuando la producción comercial de frutos y nopal verdura se intensificó, la magnitud de las pérdidas reveló que la tuna no es intocable, sino simplemente distinta en su forma de enfermar y defenderse.

El primer eje para comprender su sanidad es su anatomía. Los cladodios suculentos, ricos en agua y carbohidratos, constituyen un microhábitat ideal para insectos chupadores y patógenos oportunistas. La cutícula relativamente gruesa y la presencia de mucílagos parecen conferir protección, pero también dificultan la penetración de fungicidas y reducen la efectividad de muchos insecticidas de contacto. Además, la fisiología CAM, con estomas que se abren principalmente de noche, modifica la dinámica de infección y la acción de productos sistémicos. La misma característica que hace de la tuna un modelo de eficiencia hídrica complica la gestión sanitaria, porque obliga a repensar horarios de aplicación, formulaciones y estrategias de monitoreo.

En este contexto, la cochinilla silvestre (Dactylopius opuntiae y especies relacionadas) se ha convertido en el símbolo de la vulnerabilidad de la tuna. Este hemíptero se ancla a los cladodios, succiona savia y se protege bajo masas algodonosas que actúan como escudo físico. La consecuencia no es solo la pérdida de vigor, sino también la colonización secundaria por hongos saprófitos que se desarrollan sobre la melaza, oscureciendo los tejidos y reduciendo la fotosíntesis. La presión de selección generada por aplicaciones repetidas de insecticidas ha favorecido poblaciones más tolerantes, mientras que la eliminación de enemigos naturales, como ciertas especies de coccinélidos, ha desequilibrado el control biológico espontáneo. La cochinilla ilustra cómo la simplificación del agroecosistema convierte un insecto nativo en una plaga devastadora.

Muy distinta en su biología, pero igual de dañina, es la palomilla de la tuna (Cactoblastis cactorum), cuyas larvas perforan los cladodios y se alimentan desde el interior. En regiones donde se ha introducido accidentalmente, la plaga ha puesto en riesgo no solo la producción comercial, sino también la integridad de paisajes dominados por cactáceas nativas. El daño interno, difícil de detectar en estadios tempranos, favorece la entrada de patógenos fúngicos y bacterianos, convirtiendo cada orificio en una puerta abierta a la descomposición. El manejo se complica por la naturaleza críptica de la larva, que reduce la eficacia de los tratamientos de superficie y obliga a recurrir a estrategias como el control biológico con parasitoides y el uso de feromonas para el monitoreo y, en algunos casos, la confusión sexual.

Más discretas, pero persistentes, son las colonias de áfidos y otros insectos chupadores que colonizan brotes tiernos y flores. Aunque el daño directo suele ser menor que el de la cochinilla, su importancia radica en el potencial de actuar como vectores de virosis aún poco caracterizadas en cactus cultivados. La investigación virológica en tuna está rezagada respecto a otros cultivos, lo que implica que muchos síntomas de mosaicos, enanismos o deformaciones se atribuyen a estrés abiótico sin un diagnóstico molecular preciso. Esa laguna de conocimiento crea una falsa sensación de seguridad: lo que no se detecta no desaparece, simplemente se acumula silenciosamente en el material vegetativo que se intercambia entre productores.

El universo de las enfermedades fúngicas de la tuna ha sido históricamente subestimado, en parte porque los ambientes áridos parecen poco propicios para hongos agresivos. Sin embargo, géneros como Phytophthora, Fusarium y Alternaria encuentran en los sistemas de riego y en los microclimas de plantaciones densas condiciones suficientes para prosperar. La pudrición de raíces y cuello, asociada a suelos mal drenados y riegos excesivos, compromete el anclaje y la absorción hídrica, generando un marchitamiento que se confunde con sequía. En los cladodios, las manchas necróticas, a menudo rodeadas de halos cloróticos, pueden expandirse rápidamente tras eventos de lluvia o rocío prolongado, sobre todo cuando la ventilación es deficiente. La aparente resistencia de la tuna a la desecación no la inmuniza frente a patógenos que explotan precisamente los momentos breves de alta humedad.

La complejidad aumenta cuando se considera la interacción entre estrés hídrico, nutrición mineral y susceptibilidad a enfermedades. La tuna tolera la sequía, pero no es indiferente a su intensidad y duración. Plantas sometidas a estrés crónico redistribuyen recursos desde la defensa hacia la supervivencia básica, reduciendo la síntesis de compuestos fenólicos y otras moléculas con función antimicrobiana. Paralelamente, desequilibrios de nitrógeno y potasio alteran la textura de los tejidos: un exceso de nitrógeno puede generar cladodios más tiernos y jugosos, muy atractivos para insectos chupadores y más vulnerables a la penetración de hongos. Así, la fertilización inadecuada no solo afecta el rendimiento, sino que remodela el paisaje de riesgos fitosanitarios a escala microscópica.

El manejo de malezas, frecuentemente descuidado en sistemas de baja tecnificación, introduce otra capa de complejidad. Muchas especies arvenses actúan como reservorios de insectos, ácaros y patógenos que luego migran a la tuna cuando las condiciones son favorables. Además, la vegetación densa alrededor de las plantas modifica la humedad relativa y la temperatura a nivel del dosel, creando microambientes que favorecen el ciclo de vida de ciertos hongos. La respuesta habitual, basada en herbicidas no selectivos o deshierbes intensivos, puede provocar suelos desnudos más propensos a la erosión, con pérdida de materia orgánica y de comunidades microbianas benéficas. Sin esa biota edáfica, la planta pierde aliados invisibles que compiten con patógenos o inducen mecanismos de defensa sistémica.

Frente a esta red de interacciones, la noción de manejo integrado de plagas (MIP) deja de ser un concepto abstracto para convertirse en una necesidad pragmática. En el caso de la tuna, el MIP implica combinar el uso de variedades tolerantes a cochinilla y enfermedades fúngicas, la conservación de enemigos naturales, la regulación del riego y la densidad de plantación, y la aplicación estratégica de productos químicos o biológicos. La dificultad reside en adaptar estas herramientas a un cultivo que a menudo se maneja en condiciones marginales, con escaso acceso a tecnología y asesoría técnica. Sin embargo, experiencias exitosas muestran que pequeñas modificaciones, como la introducción de setos florales para favorecer insectos benéficos o la implementación de riegos más espaciados y profundos, pueden reducir de forma notable la presión de plagas.

El avance de la biotecnología agrícola ofrece nuevas posibilidades, pero también plantea interrogantes éticos y ecológicos. El desarrollo de líneas de Opuntia con mayor resistencia a cochinilla mediante selección asistida por marcadores, o incluso mediante edición génica, podría transformar el panorama productivo en regiones gravemente afectadas. No obstante, la resistencia genética rara vez es absoluta y tiende a ejercer una presión evolutiva sobre las poblaciones de plagas, favoreciendo biotipos capaces de superar las barreras defensivas. Además, la homogenización genética de grandes superficies de cultivo incrementa la vulnerabilidad frente a patógenos emergentes. La tentación de resolver un problema complejo con una única solución molecular debe equilibrarse con la comprensión de que la resiliencia agrícola se construye desde la diversidad biológica y de manejo.

En paralelo, la agroecología propone reenmarcar el cultivo de tuna dentro de sistemas más diversos y funcionales. Asociarla con pasturas, cultivos anuales o franjas de vegetación nativa no solo distribuye riesgos económicos, sino que modifica las redes tróficas que regulan plagas y enfermedades. La presencia de polinizadores, depredadores y microorganismos benéficos no es un adorno ecológico, sino una infraestructura biológica que reduce la probabilidad de explosiones poblacionales de insectos o epidemias fúngicas. En un escenario de cambio climático, con eventos extremos más frecuentes y patrones de precipitación alterados, esa infraestructura se vuelve el principal seguro frente a incertidumbres que ningún calendario de aplicaciones puede anticipar.

Al observar la tuna a través de la lente de sus plagas y enfermedades, se revela una lección más amplia sobre la agricultura en zonas áridas y semiáridas. La aparente fortaleza de los cultivos rústicos ha servido para justificar su abandono tecnológico, como si bastara con que sobrevivan. Sin embargo, cuando se aspira no solo a la supervivencia, sino a una producción estable, de calidad y ambientalmente responsable, la sanidad vegetal deja de ser un apéndice y se convierte en el núcleo de la estrategia productiva. La tuna, con sus espinas y su dulzura, recuerda que la verdadera resistencia no consiste en ignorar las amenazas, sino en tejer con paciencia un sistema agrícola capaz de convivir con ellas sin colapsar.

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