Plagas y enfermedades del cultivo de triticale

Artículo - Plagas y enfermedades del cultivo de toronja

El triticale (× Triticosecale) nació del cruce entre trigo y centeno con una promesa ambiciosa: combinar el rendimiento del primero con la rusticidad del segundo. Esa aspiración biológica, sin embargo, no lo exime de la presión constante de plagas y enfermedades. Cada hectárea sembrada es un experimento a cielo abierto donde genes, patógenos y ambiente negocian silenciosamente el resultado de la cosecha. Comprender esa negociación es clave para que el triticale no quede atrapado entre las vulnerabilidades del trigo y las del centeno, sino que despliegue su propio perfil sanitario, distinto y aprovechable.

A diferencia de los cultivos con siglos de selección dirigida, el triticale aún está consolidando su identidad epidemiológica. Su genoma híbrido reconfigura las interacciones con hongos, bacterias e insectos, generando patrones de resistencia parcial, susceptibilidades inesperadas y respuestas fisiológicas que no son una simple media entre sus progenitores. Esta condición intermedia se aprecia con claridad en las enfermedades fúngicas foliares, donde hereda parte de la tolerancia del centeno, pero mantiene puertas abiertas que el trigo nunca logró cerrar del todo.

Entre esas enfermedades, la roya amarilla (Puccinia striiformis f. sp. tritici) se ha convertido en un termómetro de la vulnerabilidad del triticale. En ambientes frescos y húmedos, las pústulas amarillas avanzan en bandas sobre las hojas, robando superficie fotosintética en los estadios críticos de llenado de grano. La particularidad del triticale es que, al poseer combinaciones de genes de resistencia distintas a las del trigo, puede mostrar comportamientos epidemiológicos menos previsibles: variedades estables durante años pueden colapsar frente a nuevas razas del hongo, mientras otras, poco valoradas agronómicamente, exhiben una resistencia duradera. La roya, más que una amenaza aislada, funciona como un filtro que selecciona qué combinaciones genéticas del híbrido son realmente viables a largo plazo.

La roya parda (Puccinia triticina) y la roya del tallo (Puccinia graminis f. sp. tritici) completan este triángulo de presiones fúngicas, especialmente en regiones donde el triticale comparte paisaje con trigo y cebada. La coexistencia de hospedantes favorece un corredor epidemiológico que facilita el intercambio de inóculo y la aparición de razas más agresivas. En este contexto, el triticale actúa como un eslabón sanitario: puede ser víctima, pero también puente. Si una variedad es altamente susceptible, no solo pierde rendimiento; contribuye a mantener una nube de esporas que retroalimenta el sistema y dificulta el manejo regional de las royas.

Más allá de las royas, la mancha foliar y la septoriosis representan un desafío menos espectacular, pero persistente. Complejos de hongos como Zymoseptoria tritici, Pyrenophora tritici-repentis y especies de Bipolaris colonizan el follaje de triticale aprovechando heridas, estrés hídrico o desequilibrios nutricionales. La sintomatología, a menudo difusa, lleva a subestimar su impacto hasta que la reducción en el índice de área foliar se traduce en mermas de rendimiento. La rusticidad atribuida al triticale ha inducido en algunos sistemas productivos una falsa sensación de seguridad, retrasando la adopción de estrategias de manejo integrado que ya son rutinarias en trigo.

En el suelo, la situación se vuelve más compleja. Enfermedades como el mal del pie y las pudriciones de raíz, asociadas a hongos del género Fusarium, Gaeumannomyces y Rhizoctonia, encuentran en el triticale un hospedante que comparte vulnerabilidades con otros cereales de invierno. La continuidad de monocultivos o rotaciones estrechas con trigo y cebada multiplica el inóculo, consolidando verdaderas memorias patogénicas en el perfil del suelo. El triticale, al ser introducido muchas veces como “alternativa rústica” sin modificar el esquema de rotación, termina expuesto a un legado de patógenos acumulados que no estaba diseñado para soportar en solitario.

El género Fusarium merece una atención particular. Además de causar fusariosis de espiga, puede producir micotoxinas como deoxinivalenol y zearalenona, con implicancias directas sobre la inocuidad de granos destinados a alimentación animal. El triticale, frecuentemente orientado a forraje o a raciones para monogástricos, puede convertirse en un vector silencioso de estas toxinas si no se monitorea su presencia. La aparente sanidad visual de la espiga no siempre se correlaciona con bajos niveles de micotoxinas, lo que obliga a integrar diagnósticos de laboratorio en la gestión sanitaria del cultivo, algo que aún no es habitual en muchos sistemas.

Si los hongos dominan el escenario de las enfermedades, los pulgones gobiernan gran parte del capítulo de plagas. Especies como Sitobion avenae, Rhopalosiphum padi y Metopolophium dirhodum encuentran en el triticale un hospedante nutricionalmente adecuado y, en muchos casos, menos protegido químicamente que el trigo. Su impacto no se limita a la succión de savia y la reducción de vigor; algunos actúan como vectores de virus como el virus del enanismo amarillo de la cebada (BYDV), capaz de reducir significativamente el rendimiento con síntomas de amarillamiento y enanismo que pueden confundirse con deficiencias nutricionales. La frontera entre plaga directa y enfermedad viral se difumina, y el manejo debe considerar esa doble dimensión.

Otros insectos, como las moscas de los cereales, los trips y ciertos coleópteros, afectan al triticale según la región y el calendario de siembra. La elección de fechas de implantación y densidades de siembra puede inclinar la balanza a favor del cultivo o de la plaga. Sembrar demasiado temprano puede sincronizar los estados fenológicos más sensibles del triticale con los picos poblacionales de pulgones o moscas; hacerlo demasiado tarde puede exponerlo a heladas o acortar el ciclo hasta comprometer el llenado de grano. La sanidad del cultivo, por tanto, no se define solo con fungicidas o insecticidas, sino con una ingeniería temporal que armoniza biología y clima.

Frente a este mosaico de amenazas, el manejo integrado de plagas y enfermedades (MIPE) en triticale se apoya en tres pilares: genética, agronomía y vigilancia. La genética aporta variedades con resistencia parcial o específica a royas, manchas y fusariosis, pero la experiencia con trigo demuestra que confiar ciegamente en genes mayores de resistencia conduce a ciclos de auge y colapso cuando emergen nuevas razas del patógeno. En triticale, la estrategia más prometedora parece ser la combinación de resistencias cuantitativas con una gran diversidad varietal a escala regional, reduciendo la uniformidad genética que tanto favorece a las epidemias.

La agronomía, por su parte, modula el microclima y la presión de inóculo. Rotaciones amplias con leguminosas, manejo racional de residuos, densidades de siembra que permitan aireación del follaje y fertilización equilibrada contribuyen a disminuir la incidencia de enfermedades foliares y de raíz. La tentación de explotar la supuesta rusticidad del triticale para sembrarlo en suelos degradados, con escaso manejo, suele traducirse en una paradoja: se intenta ahorrar en insumos, pero se paga en pérdidas de rendimiento y acumulación de problemas sanitarios que condicionan cultivos posteriores.

La vigilancia cierra el círculo. Sistemas de monitoreo temprano de plagas y enfermedades, apoyados en modelos de pronóstico que integran temperatura, humedad y fenología, permiten intervenir solo cuando el riesgo supera umbrales económicos definidos. En triticale, donde los márgenes suelen ser más ajustados que en trigo, esta precisión es esencial para evitar aplicaciones innecesarias y, al mismo tiempo, no llegar tarde. La incorporación de herramientas de agricultura digital, como sensores remotos para detectar estrés foliar o plataformas colaborativas de reporte de royas, está empezando a transformar el manejo sanitario del cultivo de una práctica reactiva en una disciplina anticipatoria.

En última instancia, el desafío sanitario del triticale no reside en que sea más frágil o más resistente que sus progenitores, sino en que su condición híbrida obliga a repensar categorías simplificadas. No es solo “un trigo mejorado” ni “un centeno domesticado”, sino un nuevo actor en los agroecosistemas, con un repertorio propio de interacciones con patógenos y plagas. Tratarlo como una copia de sus padres es condenarlo a repetir sus mismos errores sanitarios. Reconocer su singularidad, en cambio, abre la posibilidad de diseñar sistemas de producción donde la diversidad genética, la planificación agronómica y la observación rigurosa se conjuguen para que las plagas y enfermedades sean un desafío controlable, y no el límite silencioso del potencial del cultivo.

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