Plagas y enfermedades del cultivo de soya

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La soya, Glycine max, es un cultivo que condensa en sus tejidos una paradoja moderna: es simultáneamente símbolo de seguridad alimentaria y de vulnerabilidad biológica. De ella dependen cadenas globales de proteína vegetal, biocombustibles y alimentación animal; sin embargo, su fisiología intensamente seleccionada para el rendimiento la ha vuelto menos diversa y, por tanto, más expuesta a plagas y enfermedades que evolucionan con una velocidad inquietante. Comprender esa tensión entre productividad y fragilidad es clave para anticipar el futuro de la agricultura en un planeta que ya no tolera pérdidas masivas ni soluciones basadas solo en insumos químicos.

Las plagas de la soya no son meros visitantes oportunistas; son el resultado de coevoluciones largas, ahora aceleradas por cambios en el clima y en el paisaje agrícola. El ejemplo paradigmático es la chinche de la soya (Nezara viridula y especies afines), cuyos estiletes perforan vainas y granos, alteran el llenado de la semilla y facilitan infecciones secundarias por hongos. Su éxito no se explica solo por su biología, sino por el entorno: grandes superficies continuas de soya, ausencia de refugios para enemigos naturales y rotaciones simplificadas que actúan como una invitación permanente. La plaga no “invade” el cultivo; el cultivo, en cierto modo, la convoca.

Algo similar ocurre con la oruga de la soya (Anticarsia gemmatalis), capaz de defoliar extensas áreas en pocos días. Su dinámica poblacional se ve amplificada por inviernos más suaves y por la disponibilidad casi constante de hospederos alternativos. La fisiología de la planta, optimizada para convertir radiación solar en biomasa, se vuelve su talón de Aquiles: hojas ricas en nitrógeno y compuestos solubles representan un recurso energético ideal para insectos de alto metabolismo. Cada avance en genética orientado a aumentar el índice de área foliar y la eficiencia fotosintética modifica, de forma indirecta, la ecología trófica que rodea al cultivo.

El uso de insecticidas sintéticos interrumpió durante décadas esa relación, pero a costa de construir otra amenaza: la resistencia. Poblaciones de orugas y chinches sometidas a presiones de selección intensas han desarrollado mecanismos de detoxificación enzimática, cambios en sitios blanco y comportamientos evasivos. El resultado es un círculo vicioso: dosis crecientes, formulaciones más agresivas y una erosión silenciosa de los enemigos naturales —parasitoides, depredadores y patógenos entomógenos— que antes actuaban como un amortiguador ecológico. La aparente solución química se transforma en un sistema inestable, dependiente de innovaciones continuas y costosas.

En ese contexto, la irrupción de la soya Bt prometió un respiro al conferir resistencia a ciertas orugas mediante toxinas derivadas de Bacillus thuringiensis. Sin embargo, la biología no concede victorias permanentes. Sin estrategias de manejo de resistencia —como refugios estructurados, rotación de proteínas Bt y monitoreo genético— las poblaciones de lepidópteros acumulan alelos que les permiten tolerar o evadir la toxina. La ingeniería genética, por sí sola, no suspende las leyes de la evolución; solo reconfigura el tablero, obligando a integrar la biotecnología en esquemas de manejo integrado de plagas (MIP) que combinen control biológico, prácticas culturales y decisiones basadas en umbrales económicos.

Mientras los insectos consumen la parte visible del cultivo, un universo menos evidente pero igual de devastador se despliega bajo la superficie del suelo. Los nematodos fitoparásitos, en especial el nematodo del quiste de la soya (Heterodera glycines), representan una de las mayores limitantes de rendimiento a escala global. Sus quistes pueden permanecer viables años, incluso en ausencia de soya, y liberan juveniles que invaden raíces, establecen células de alimentación especializadas y desvían el flujo de nutrientes. La planta responde con engrosamientos radiculares y cambios hormonales, pero rara vez logra una defensa eficaz sin ayuda externa. Lo más inquietante es su invisibilidad: los daños se confunden con deficiencias nutricionales o sequía, y las pérdidas se normalizan como si fueran inevitables.

La respuesta agronómica a los nematodos ha girado en torno a tres ejes: rotación de cultivos, variedades con resistencia genética y nematicidas. Cada uno tiene límites claros. Las rotaciones son menos efectivas cuando el paisaje circundante está dominado por otros hospederos compatibles o cuando las presiones de mercado empujan hacia monocultivos prolongados. La resistencia genética, frecuentemente basada en pocos loci, se erosiona cuando las poblaciones de Heterodera se adaptan a los mismos genes de resistencia usados repetidamente. Y los nematicidas, además de costosos y de impacto ambiental significativo, suelen ofrecer solo reducciones parciales de población, sin resolver el problema de fondo: la falta de diversidad funcional en los sistemas de cultivo.

Si los nematodos operan en silencio, los hongos fitopatógenos lo hacen con una teatralidad visible: manchas, pudriciones, marchiteces. Entre ellos, Phytophthora sojae se ha convertido en un símbolo de la carrera armamentista entre planta y patógeno. Este oomiceto, favorecido por suelos encharcados y temperaturas cálidas, infecta plántulas y raíces, provocando muerte súbita y reducciones drásticas de stand. La soya ha respondido con genes de resistencia específicos (genes Rps), pero Phytophthora despliega una notable capacidad de generar nuevas razas capaces de superar esas barreras. Cada vez que se libera una variedad con un gen Rps predominante, se inicia un proceso de selección en el patógeno que, tarde o temprano, desemboca en la obsolescencia de esa resistencia.

La llamada roya asiática de la soya, causada por Phakopsora pachyrhizi, añade otra capa de complejidad. Sus urediniosporas viajan largas distancias por corrientes de aire, colonizando hojas y reduciendo la fotosíntesis a niveles críticos. Los fungicidas triazoles y estrobilurinas ofrecieron inicialmente un control eficaz, pero la aparición de cepas con resistencia a fungicidas ha obligado a replantear calendarios de aplicación, mezclas de ingredientes activos y, sobre todo, sistemas de alerta temprana basados en modelos climáticos y redes de monitoreo. La enfermedad ya no puede abordarse como un problema local; su dinámica es continental, casi atmosférica.

En paralelo, enfermedades de raíz como las causadas por Fusarium spp. y Macrophomina phaseolina se ven potenciadas por el estrés hídrico y las altas temperaturas, condiciones cada vez más frecuentes bajo escenarios de cambio climático. Estas interacciones entre estrés abiótico y biótico desdibujan fronteras clásicas de la fitopatología: una planta sometida a calor y sequía altera su metabolismo secundario, su arquitectura radicular y su microbioma, creando nichos que ciertos patógenos explotan con precisión. La sanidad del cultivo ya no puede evaluarse aislando variables; surge de una red de interacciones donde clima, suelo, genotipo y manejo convergen.

Frente a este panorama, el concepto de manejo integrado de plagas y enfermedades deja de ser un eslogan para convertirse en una necesidad estructural. No se trata solo de combinar tácticas, sino de reordenar prioridades: pasar de la reacción a la prevención, de la dependencia de insumos a la construcción de resiliencia ecológica. Prácticas como la siembra directa, el uso de coberturas vegetales, la diversificación de rotaciones y la incorporación de microorganismos benéficos —Bradyrhizobium, Trichoderma, rizobacterias promotoras de crecimiento— modifican el ambiente del patógeno y de la plaga antes de que se manifieste el daño. El objetivo no es eliminar enemigos, sino desplazar el sistema hacia estados donde los brotes severos sean improbables.

En este reordenamiento, la genómica y la fenotipificación de alta precisión ofrecen herramientas sin precedentes. El mapeo de QTL asociados a resistencia parcial, el uso de edición génica mediante CRISPR-Cas y la integración de datos ómicos permiten diseñar variedades que no dependen de un solo gen mayor, sino de arquitecturas de resistencia más complejas y duraderas. Sin embargo, incluso la mejor variedad se vuelve vulnerable si se siembra de forma masiva y homogénea en paisajes extensos. La diversidad genética dentro y entre lotes —mezclas de cultivares, uso escalonado de fuentes de resistencia— funciona como un amortiguador evolutivo frente a patógenos e insectos en rápida adaptación.

La digitalización del agro, con sensores remotos, imágenes satelitales y algoritmos de aprendizaje automático, abre otra vía de transformación. La detección precoz de cambios sutiles en el índice de vegetación, la temperatura del dosel o patrones espectrales permite inferir la presencia de plagas y enfermedades antes de que sean visibles al ojo humano. Esa anticipación, combinada con pronósticos meteorológicos y modelos epidemiológicos, habilita intervenciones quirúrgicas: aplicaciones localizadas, liberación dirigida de agentes de control biológico, ajustes finos en fechas de siembra y densidad. La soya deja de ser un cultivo gestionado a ciegas para convertirse en un sistema monitorizado en tiempo casi real.

Al final, las plagas y enfermedades de la soya no son anomalías que deban extirparse, sino expresiones de cómo organizamos la producción agrícola en su conjunto. Monocultivos extensivos, homogeneidad genética, simplificación del paisaje y dependencia de insumos sintéticos crean un escenario donde insectos, hongos, bacterias y nematodos encuentran oportunidades extraordinarias. Reorientar ese sistema implica aceptar que la verdadera “resistencia” no reside en un gen, un pesticida o una tecnología aislada, sino en la capacidad de integrar conocimiento ecológico, biotecnológico y socioeconómico para construir agroecosistemas que convivan con la diversidad biológica sin sucumbir a ella.

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