Plagas y enfermedades del cultivo de repollo

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El repollo, Brassica oleracea var. capitata, parece a primera vista un cultivo sencillo: hojas que se pliegan sobre sí mismas hasta formar una cabeza compacta. Sin embargo, esa misma arquitectura que lo hace tan reconocible lo convierte en un microecosistema complejo donde convergen insectos, hongos, bacterias y virus. Bajo la superficie de un huerto o de una explotación intensiva, la sanidad del repollo es el resultado de una negociación permanente entre la planta, sus plagas, sus patógenos y las condiciones del entorno. Entender esa negociación exige mirar más allá de la lista de organismos dañinos y observar la dinámica que los conecta.

Un primer ejemplo de esa dinámica son las plagas masticadoras especializadas en crucíferas. La polilla dorso de diamante (Plutella xylostella), diminuta pero extraordinariamente adaptable, ha desarrollado resistencia a numerosos insecticidas en todos los continentes. Sus larvas perforan el parénquima de las hojas, generando un “cribado” translúcido que reduce drásticamente la superficie fotosintética. Este daño es especialmente crítico en las fases tempranas de crecimiento, cuando el repollo aún no ha formado la cabeza y depende de pocas hojas funcionales. La paradoja es que cuanto más intensivo es el sistema de producción, mayor suele ser la presión de esta plaga, favorecida por monocultivos extensos y ciclos continuos sin interrupciones.

Ligada a la polilla se encuentra otra protagonista, la oruga de la col (Pieris brassicae y especies afines). A diferencia de Plutella, estas orugas consumen grandes porciones de tejido, dejando bordes irregulares y excrementos abundantes que favorecen la instalación de hongos saprófitos y oportunistas. No solo disminuyen el rendimiento, sino que deterioran la calidad comercial: un repollo con hojas perforadas o contaminadas por deyecciones pierde valor, aunque su peso total se mantenga. Aquí se hace evidente que el problema no es solo cuantitativo, sino también estético y sanitario, condicionado por los estándares del mercado.

Las plagas chupadoras añaden otra capa de complejidad. Pulgones como Brevicoryne brassicae extraen savia y actúan como vectores de virus, entre ellos el virus del mosaico de la coliflor y otros potyvirus que causan mosaicos, enanismo y deformaciones. La melaza que excretan favorece el crecimiento de fumagina, un hongo negro que reduce aún más la capacidad fotosintética y afea el producto. De pronto, un insecto de pocos milímetros desencadena una cascada de efectos fisiológicos y microbiológicos que reconfiguran por completo el estado sanitario del cultivo. La planta no solo pierde recursos por succión, también debe invertir energía en defensa, alterando su metabolismo secundario y, con frecuencia, su contenido de glucosinolatos.

Estos glucosinolatos, compuestos defensivos característicos de las brassicas, son un arma de doble filo. Por un lado, confieren resistencia parcial frente a ciertos insectos generalistas y algunos patógenos. Por otro, han coevolucionado con plagas especializadas que los utilizan como señales químicas para localizar a la planta hospedera. Plutella xylostella reconoce estos compuestos como un mapa olfativo que le indica dónde ovipositar. Así, la misma molécula que disuade a un herbívoro no adaptado actúa como faro para un especialista. Esta coevolución explica por qué la simple acumulación de defensas químicas no garantiza un repollo sano y obliga a pensar en estrategias de manejo más sofisticadas.

Si se desciende del follaje al suelo, el panorama cambia de escala pero no de complejidad. El sistema radicular del repollo enfrenta uno de los patógenos más persistentes de las crucíferas: Plasmodiophora brassicae, agente causal de la hernia de la col. Este organismo del grupo de los plasmodióforos induce hipertrofias radicales que deforman y engrosan las raíces, dificultando la absorción de agua y nutrientes. Los síntomas aéreos —marchitez en días calurosos, crecimiento raquítico, clorosis— son la punta visible de un proceso subterráneo que puede reducir el rendimiento hasta la pérdida total de la parcela. La longevidad de sus esporas en el suelo, que pueden sobrevivir más de una década, convierte a la hernia en una enfermedad estructural del sistema productivo, no en un problema puntual.

En paralelo, hongos verdaderos como Rhizoctonia solani y Pythium spp. provocan damping-off o “mal del semillero”, devastando plántulas en viveros y bandejas de trasplante. La muerte de las plantas en esta fase temprana tiene implicaciones económicas y ecológicas: obliga a sobredimensionar la siembra, aumenta la demanda de sustratos y fertilizantes, y favorece la proliferación de tratamientos fungicidas profilácticos. La raíz del problema, sin embargo, suele estar en desequilibrios de humedad, ventilación insuficiente y densidades excesivas, factores que también condicionan la respuesta a otros patógenos del suelo.

En las hojas y la cabeza del repollo emergen otros actores fúngicos, como Alternaria brassicae y Alternaria brassicicola, responsables de la mancha foliar de Alternaria. Sus lesiones necróticas con anillos concéntricos no solo reducen el área fotosintética; actúan como puertas de entrada para microorganismos secundarios y degradan la calidad postcosecha. De forma similar, Xanthomonas campestris pv. campestris, causante de la podredumbre negra, coloniza el sistema vascular, generando clorosis en forma de “V” en el borde de las hojas y oscurecimiento de las nervaduras. Este tipo de infecciones vasculares ilustra cómo algunas bacterias transforman la arquitectura interna de la planta, colapsando su sistema de transporte de agua y nutrientes con una eficacia que ningún insecto masticador podría igualar.

Los virus completan el elenco de patógenos relevantes, aunque su presencia suele ser menos evidente hasta que la deformación de hojas y el mosaico clorótico se vuelven notorios. A diferencia de hongos y bacterias, los virus dependen casi siempre de insectos vectores, lo que los sitúa en el cruce entre entomología y fitopatología. El control de un mosaico viral no se logra tratando al virus, sino modulando las poblaciones de pulgones y otros transmisores, o evitando que estos accedan a plantas jóvenes en momentos críticos. De nuevo, la frontera entre “plaga” y “enfermedad” se difumina: el problema no es un organismo aislado, sino la red de interacciones que lo sostiene.

Frente a este mosaico de amenazas, la tentación histórica ha sido responder con una batería de plaguicidas de amplio espectro. Sin embargo, la experiencia acumulada muestra que esta estrategia lineal genera resistencias, elimina enemigos naturales y desestabiliza aún más el sistema. La polilla dorso de diamante es un ejemplo paradigmático: su capacidad para desarrollar resistencia a insecticidas químicos ha obligado a muchos productores a incrementar dosis y frecuencia de aplicación, con rendimientos decrecientes y mayores impactos ambientales. La agricultura de repollo se convierte así en un laboratorio involuntario de evolución acelerada.

En contraste, el manejo integrado de plagas y enfermedades propone una visión más ecológica y preventiva. La rotación de cultivos con especies no hospederas, el uso de variedades resistentes o tolerantes a hernia de la col y Alternaria, la incorporación de materia orgánica para favorecer microbiotas del suelo antagonistas, y la regulación de la densidad de plantación para mejorar la ventilación son herramientas que actúan sobre el sistema en su conjunto. El empleo de biocontroladores como Bacillus thuringiensis contra lepidópteros, o Trichoderma spp. contra patógenos del suelo, ejemplifica una transición desde la eliminación indiscriminada hacia la gestión inteligente de las interacciones biológicas.

La dimensión climática añade un último giro a este entramado. Cambios en temperatura, régimen de lluvias y humedad relativa modifican la fenología tanto del repollo como de sus enemigos. Invierno más suaves permiten la supervivencia de pupas de Plutella xylostella y amplían las ventanas de infección de Xanthomonas y Alternaria. Episodios de lluvias intensas seguidos de calor favorecen la explosión de enfermedades bacterianas y fúngicas. La sanidad del repollo deja de ser un problema local para insertarse en un contexto de cambio climático que reconfigura la distribución geográfica de plagas y patógenos, así como su capacidad de daño.

En última instancia, las plagas y enfermedades del cultivo de repollo revelan la fragilidad y la resiliencia de los sistemas agrícolas. Cada insecto, cada hongo, cada bacteria es una respuesta evolutiva a las condiciones que la agricultura moderna ha creado: monocultivos extensos, suelos perturbados, ciclos de producción intensivos. El desafío no reside en erradicar a esos organismos, tarea biológicamente ilusoria, sino en rediseñar las condiciones en las que operan. Solo cuando el repollo deja de ser una isla homogénea rodeada de su propia vulnerabilidad y se integra en paisajes agrícolas diversos, con suelos vivos y manejo cuidadoso, las plagas y enfermedades dejan de ser una amenaza permanente para convertirse en lo que siempre fueron: componentes inevitables, pero manejables, de un ecosistema en equilibrio inestable.

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