Plagas y enfermedades del cultivo de pitaya

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La pitaya, fruto de varias especies de Hylocereus y Selenicereus, ha pasado en pocas décadas de ser un cultivo marginal a convertirse en un símbolo de la fruticultura tropical emergente. Ese ascenso rápido ha tenido un acompañante inevitable: la expansión de sus plagas y enfermedades, muchas de ellas poco descritas, subestimadas y, en algunos casos, confundidas con desórdenes fisiológicos. Entender estos enemigos silenciosos exige mirar la planta no como un simple cactus productor de frutos exóticos, sino como un sistema fisiológico complejo sometido a un entorno agrícola intensivo que altera equilibrios ecológicos finos.

Las enfermedades fúngicas son el primer espejo de esas tensiones. En condiciones de alta humedad y temperaturas cálidas, los tallos suculentos de pitaya se convierten en un sustrato ideal para patógenos como Neoscytalidium dimidiatum, agente causal del llamado “cáncer del tallo”. Las manchas inicialmente pequeñas, de aspecto acuoso o ligeramente hundido, evolucionan a lesiones necróticas que se expanden longitudinalmente, interrumpen el flujo de agua y provocan colapso de los cladodios. Lo inquietante de este hongo no es solo su agresividad, sino su capacidad de permanecer latente en tejidos aparentemente sanos, reactivándose ante cualquier estrés hídrico o térmico que reduzca las defensas de la planta.

Algo similar ocurre con Colletotrichum spp., responsable de la antracnosis en tallos y frutos. Las lesiones circulares con centros blanquecinos y bordes oscuros son apenas la expresión visible de un proceso más profundo: la degradación enzimática de paredes celulares y la manipulación del metabolismo de defensa del hospedero. Bajo lluvias frecuentes, las masas de esporas rosadas o anaranjadas se dispersan con facilidad entre plantas densamente establecidas. En plantaciones jóvenes, un manejo deficiente de la ventilación y el exceso de sombra puede transformar un foco inicial en una epidemia que compromete la vida útil del sistema de producción.

La podredumbre de cuello y raíces, asociada a Fusarium spp. y otros hongos del suelo, revela otra dimensión crítica: la relación entre arquitectura del sistema radicular y manejo del riego. La pitaya, adaptada a ambientes semiáridos, desarrolla raíces superficiales y de rápida respuesta a la humedad. Cuando se la somete a suelos mal drenados o a riegos frecuentes y pesados, se crea una zona saturada que favorece la germinación de clamidosporas y la invasión de los tejidos vasculares. El amarillamiento progresivo, la pérdida de turgencia y el colapso súbito de secciones completas de la plantación no son, en esencia, “sorpresas”, sino la consecuencia esperable de un diseño de riego que ignora la fisiología del cultivo.

Los patógenos bacterianos, aunque menos estudiados, empiezan a ganar protagonismo en regiones con expansión acelerada del cultivo. Especies de Xanthomonas y Pectobacterium se asocian a manchas acuosas, exudados viscosos y pudriciones blandas en frutos maduros. A diferencia de muchos hongos, estas bacterias aprovechan heridas mínimas causadas por insectos, espinas rotas o daños mecánicos durante la conducción de los tallos. La línea que separa un lote comercialmente aceptable de uno rechazado por el mercado puede depender de pequeños detalles de manejo postcosecha: desinfección de herramientas, tiempo de secado superficial del fruto antes del empaque, o la simple decisión de cosechar con clima seco en lugar de húmedo.

En este escenario, las plagas insectiles actúan como vectores, desencadenantes o amplificadores de los problemas sanitarios. Cochinillas harinosas como Planococcus citri y diversas especies de pseudocóccidos colonizan las areolas y zonas protegidas de los cladodios, extrayendo savia y debilitando paulatinamente la planta. Más allá del daño directo, sus secreciones azucaradas favorecen el desarrollo de fumagina, que reduce la fotosíntesis y altera la respiración de los tejidos. Al mismo tiempo, estas cochinillas se convierten en vehículos eficaces para bacterias y hongos oportunistas, cerrando un círculo patológico difícil de romper si se actúa solo con insecticidas de contacto.

Los trips, diminutos pero ubicuos, representan otro desafío subestimado. Especies como Frankliniella occidentalis se alimentan de tejidos jóvenes, generando cicatrices plateadas y deformaciones florales que afectan la cuaja de frutos. Su importancia no radica únicamente en el daño directo, sino en su papel potencial como vectores de virus emergentes aún poco caracterizados en pitaya. En cultivos de alta densidad y con floraciones escalonadas, las poblaciones de trips encuentran un flujo continuo de alimento y refugio, lo que exige estrategias de manejo que integren monitoreo, control biológico y ajustes en la fenología inducida por prácticas de poda o iluminación.

Las hormigas, a menudo vistas solo como un problema de campo, cumplen un rol ecológico ambiguo. Por un lado, protegen a cochinillas y pulgones a cambio de sus exudados azucarados, favoreciendo la expansión de estas plagas. Por otro, contribuyen al control de algunos insectos defoliadores y a la aireación superficial del suelo. El dilema agronómico no es simplemente “eliminar hormigas”, sino modular su presencia mediante barreras físicas, manejo de malezas y control focalizado, evitando desestructurar por completo una red trófica que también aporta beneficios.

En la interfaz entre planta y ambiente, los nematodos fitoparásitos aparecen como actores discretos pero persistentes. Géneros como Meloidogyne inducen agallas en raíces finas, reducen la absorción de agua y nutrientes y predisponen a las plantas a infecciones secundarias. En sistemas de pitaya establecidos sobre suelos previamente cultivados con hortalizas o frutales susceptibles, la presión de nematodos puede ser alta desde el inicio. El uso de portainjertos, la rotación con cultivos no hospedantes y la incorporación de materia orgánica con actividad biológica supresiva son herramientas prometedoras, pero su eficacia depende de una comprensión fina de la biología del patógeno y del historial del lote.

Todo este entramado de plagas y enfermedades se ve amplificado por la intensificación agrícola. La tendencia a establecer plantaciones de alta densidad, con tutores vivos o muertos muy próximos, crea microclimas más húmedos y sombreados que favorecen la esporulación fúngica y la persistencia de insectos. La uniformidad genética, resultado del uso masivo de pocos clones comerciales, reduce la resiliencia poblacional frente a nuevos patógenos. La pitaya, que en su hábitat original convive con una diversidad de microorganismos en equilibrio, se encuentra de pronto en paisajes simplificados, donde cualquier organismo oportunista puede transformarse en plaga dominante.

Frente a este panorama, el manejo integrado deja de ser una consigna y se convierte en una necesidad epistemológica: obliga a pensar el cultivo como un sistema abierto, donde la sanidad no se garantiza con una molécula química, sino con decisiones encadenadas. La elección del sitio, el diseño del drenaje, la orientación de las hileras, la selección de materiales de propagación libres de patógenos, la calibración del riego por goteo y la poda que favorece la aireación son, en conjunto, una primera línea de defensa más poderosa que cualquier fungicida. Los productos químicos, cuando se utilizan, deben insertarse en esta lógica, con rotación de ingredientes activos, respeto a los periodos de carencia y atención al impacto sobre enemigos naturales.

El papel de los agentes de control biológico merece una mirada más profunda. Hongos entomopatógenos como Beauveria bassiana y Metarhizium anisopliae han mostrado eficacia contra cochinillas y otros insectos, mientras que Trichoderma spp. actúa como antagonista de patógenos de suelo y estimulador del crecimiento radicular. Sin embargo, su éxito en campo depende de factores ambientales, compatibilidad con otras prácticas y, sobre todo, de la paciencia del productor para aceptar que los tiempos de respuesta biológica no siempre coinciden con los de la urgencia comercial. La transición desde un modelo reactivo, basado en la “cura rápida”, hacia uno preventivo y ecológicamente informado, es quizá el reto cultural más profundo asociado a la sanidad de la pitaya.

En un contexto de cambio climático, con eventos extremos más frecuentes y alteraciones en los patrones de lluvia y temperatura, la epidemiología de plagas y enfermedades en pitaya se vuelve más impredecible. Periodos de sequía severa seguidos de lluvias intensas pueden disparar brotes de cáncer del tallo en zonas donde antes era secundario; nuevas rutas comerciales facilitan la introducción de insectos invasores y razas de patógenos más agresivas. La respuesta no puede limitarse a “adaptar calendarios de aplicación”, sino a construir sistemas de monitoreo regional, bancos de germoplasma con mayor diversidad genética y redes de intercambio de información entre productores, técnicos e investigadores que permitan detectar señales tempranas de cambio.

La pitaya, con su apariencia de cactus robusto y su fisiología de planta CAM adaptada a la escasez, podría parecer resistente por naturaleza. Sin embargo, su vulnerabilidad sanitaria en sistemas intensivos muestra hasta qué punto la agricultura moderna es un experimento continuo en el que se reconfiguran relaciones ecológicas milenarias. Las plagas y enfermedades que la afectan no son anomalías externas, sino parte de ese tejido dinámico. Comprenderlas, anticiparlas y convivir con ellas con inteligencia agronómica será determinante para que este cultivo cumpla su promesa sin agotar los equilibrios de los que depende.

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