En la oscura quietud de una plantación de pitahaya, cuando el sol se ha retirado y la humedad asciende desde el suelo, comienza una actividad frenética que rara vez percibe el agricultor. Sobre los tallos carnosos de Hylocereus y Selenicereus, diminutos insectos perforan tejidos, hongos liberan esporas invisibles y bacterias exploran heridas microscópicas. El cultivo de pitahaya, celebrado por su rusticidad y su valor nutricional, se ha expandido con rapidez en regiones tropicales y subtropicales, pero su aparente resistencia oculta una realidad más compleja: es un ecosistema vulnerable donde las plagas y enfermedades se han ido especializando a la misma velocidad que crece el mercado.
Ese contraste entre la imagen de “cactus fuerte” y la realidad fitosanitaria explica por qué muchos sistemas productivos de pitahaya colapsan tras unos pocos ciclos. La planta tolera sequía y suelos pobres, pero sucumbe con facilidad cuando se combinan estrés hídrico, alta humedad nocturna y manejo inadecuado de la densidad de siembra. Este triángulo —planta, patógeno, ambiente— se vuelve especialmente inestable en plantaciones intensivas, donde el microclima favorece el desarrollo de patógenos fúngicos como Colletotrichum, Fusarium y Botryosphaeria, responsables de las enfermedades más devastadoras del cultivo.
Entre ellas, la antracnosis se ha convertido en protagonista silenciosa. Causada principalmente por especies del complejo Colletotrichum gloeosporioides, se manifiesta como lesiones hundidas, de borde oscuro, que invaden tallos y frutos. Lo inquietante no es solo el daño visible, sino la capacidad del hongo para permanecer latente en tejidos aparentemente sanos y activarse cuando la humedad relativa supera el 90 % y las temperaturas nocturnas se mantienen templadas. La densidad de siembra y la falta de poda agravan el problema: los tallos se sombreaman entre sí, el aire se estanca y cada gota de rocío se convierte en un vehículo para millones de esporas.
A medida que la planta intenta defenderse, engrosando tejidos y produciendo compuestos fenólicos, otros enemigos aprovechan la oportunidad. Fusarium oxysporum f. sp. cacti, por ejemplo, penetra a través de heridas en raíces o bases de los cladodios, coloniza el xilema y provoca marchitez progresiva. El agricultor observa amarillamiento, pérdida de turgencia y, finalmente, colapso de toda la estructura de soporte. En un cultivo perenne como la pitahaya, donde las plantas se esperan productivas durante una década, la fusariosis vascular no solo reduce el rendimiento; destruye la arquitectura misma del sistema productivo y obliga a replantear el diseño del suelo, el drenaje y la rotación de cultivos.
El agua, que en regiones áridas parece siempre insuficiente, se convierte paradójicamente en aliada de los patógenos cuando se maneja sin criterio. El exceso de riego por aspersión, los encharcamientos en suelos pesados y la ausencia de coberturas vegetales generan condiciones ideales para la proliferación de patógenos del cuello y la raíz, como Phytophthora y Pythium. Estos oomicetos, más cercanos a las algas que a los hongos verdaderos, despliegan esporas flageladas que nadan en la película de agua del suelo hasta encontrar los tejidos tiernos de la pitahaya. La pudrición resultante, acompañada de mal olor y tejidos acuosos, suele confundirse con daños mecánicos o estrés salino, retrasando decisiones de manejo que deberían ser urgentes.
Mientras tanto, sobre la superficie de los tallos ocurre otra batalla, esta vez visible incluso para el ojo inexperto. Cochinillas harinosas como Dysmicoccus brevipes y Planococcus citri forman colonias algodonosas en areolas y fisuras. Se alimentan del floema, debilitando los tejidos, pero su impacto más profundo es ecológico: excretan melaza azucarada que sirve de sustrato a hongos saprófitos, responsables de la fumagina. Esta capa negra reduce la fotosíntesis y altera la respiración de los tejidos, pero también modifica el microambiente superficial, aumentando la humedad y favoreciendo la instalación de otros patógenos. La cochinilla, así, no solo es plaga directa; es ingeniera de un microecosistema patológico.
La interacción entre plagas y enfermedades se hace aún más evidente cuando se observan los trips y los ácaros. Especies como Frankliniella occidentalis y ácaros tetraníquidos perforan tejidos superficiales, generando microheridas que funcionan como puertas de entrada para bacterias y hongos oportunistas. En frutos en desarrollo, estos daños predisponen al ataque de Alternaria y otros mohos que desfiguran la piel de la pitahaya, reduciendo drásticamente su valor comercial aunque el fruto siga siendo comestible. La calidad, en un mercado que paga por apariencia, se convierte en una variable tan crítica como el rendimiento.
Algunos de los patógenos más problemáticos viajan de forma inadvertida en el material de propagación. La pitahaya se multiplica casi siempre por estacas vegetativas, lo que facilita la transmisión de infecciones sistémicas y endofíticas. Virus y viroides, aún poco estudiados en este cultivo, podrían estar circulando silenciosamente, manifestándose solo como reducciones sutiles en vigor, floración irregular o menor peso de fruto. La ausencia de programas robustos de certificación de material vegetativo en muchas regiones productoras abre un corredor perfecto para la diseminación de enfermedades emergentes, cuyo impacto se detecta cuando ya es demasiado tarde para contenerlas.
Frente a este panorama, la tentación de recurrir a un manejo basado casi exclusivamente en plaguicidas de síntesis es comprensible, pero profundamente miope. La pitahaya se cultiva a menudo en sistemas que aspiran a ser sostenibles, asociados a agricultura familiar o a cadenas de comercio justo, donde el uso indiscriminado de agroquímicos entra en conflicto con los objetivos sociales y ambientales. Además, la estructura tridimensional de la planta, con tallos superpuestos y superficies cerosas, limita la eficacia de muchos productos de contacto, que no alcanzan las zonas donde se refugian cochinillas, trips o esporas fúngicas.
Por eso, el concepto de manejo integrado de plagas y enfermedades (MIPE) adquiere en la pitahaya una relevancia estratégica. No se trata de sumar herramientas al azar, sino de rediseñar el sistema productivo para reducir la probabilidad de epidemias. La elección del sitio, por ejemplo, deja de ser una decisión meramente económica y se convierte en un acto de prevención: suelos bien drenados, exposición a vientos moderados que favorezcan la ventilación, ausencia de cultivos hospedantes cercanos que funcionen como reservorios. La arquitectura del cultivo —altura de los postes, número de brazos por planta, distancia entre hileras— se transforma en una herramienta sanitaria tanto como agronómica.
En ese rediseño, los agentes de control biológico emergen como aliados discretos pero eficaces. Hongos entomopatógenos como Beauveria bassiana y Metarhizium anisopliae pueden regular poblaciones de cochinillas y trips; Trichoderma spp. compite con Fusarium y Rhizoctonia en la rizosfera, colonizando raíces y estimulando defensas sistémicas de la planta. Estas interacciones no son inmediatas ni espectaculares, pero construyen una resistencia de fondo, una especie de “sistema inmunológico ampliado” donde la microbiota beneficiosa amortigua el impacto de los patógenos.
Las prácticas culturales completan este entramado defensivo. La poda sanitaria de tallos enfermos, acompañada de una desinfección rigurosa de herramientas, reduce de forma drástica la carga de inóculo. La eliminación de frutos momificados y restos de cosecha evita que funcionen como reservorios de esporas. El manejo racional del riego, priorizando sistemas localizados y evitando mojar la parte aérea, altera el microclima de forma que la antracnosis y otras enfermedades de superficie pierden capacidad de explosión epidémica. Incluso la diversificación de especies en los bordes de la plantación puede modificar las poblaciones de insectos benéficos y plagas, creando paisajes más resilientes.
Sin embargo, ninguna estrategia de manejo es estática en un mundo donde el clima cambia y las fronteras agrícolas se desplazan. El aumento de temperaturas mínimas nocturnas, la mayor frecuencia de lluvias intensas y la alteración de los patrones de humedad relativa están reconfigurando la geografía de plagas y enfermedades de la pitahaya. Patógenos antes restringidos a zonas muy húmedas comienzan a establecerse en regiones semiáridas gracias al riego; insectos que no completaban su ciclo en ciertas altitudes ahora encuentran condiciones favorables durante todo el año. La vigilancia fitosanitaria, apoyada en sistemas de monitoreo y diagnóstico temprano, deja de ser un lujo técnico para convertirse en condición de supervivencia productiva.
En el fondo, la sanidad del cultivo de pitahaya es un recordatorio de que la agricultura no es un acto de dominio sobre la naturaleza, sino una negociación permanente con comunidades invisibles de microorganismos e insectos. Cada decisión de manejo —desde la selección de una estaca hasta la frecuencia de poda— inclina la balanza a favor de la planta o de sus adversarios microscópicos. Comprender las plagas y enfermedades de la pitahaya no significa memorizar listas de nombres latinos, sino reconocer que el verdadero cultivo no es solo la planta erguida sobre su poste, sino el sistema ecológico que la rodea, la habita y, a veces, la destruye.
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