Plagas y enfermedades del cultivo de pepino

Artículo - Plagas y enfermedades del cultivo de pepino

En la aparente simplicidad de una planta de pepino late una compleja red de interacciones biológicas. El cultivo de Cucumis sativus no es solo una cuestión de riego y fertilización; es un escenario donde virus, hongos, bacterias e insectos compiten por la energía que el agricultor intenta dirigir hacia el fruto. Entender plagas y enfermedades del pepino no significa memorizar listas de organismos, sino comprender cómo se organiza el conflicto entre la planta y su entorno, y cómo pequeñas decisiones de manejo inclinan la balanza hacia la productividad o hacia el colapso del cultivo.

Ese conflicto se hace visible, primero, en las hojas. El pepino es una especie de hoja delgada, con tejidos muy activos fotosintéticamente, lo que la convierte en un blanco ideal para los hongos biotróficos. El ejemplo paradigmático es el oídio, causado por Podosphaera xanthii y Golovinomyces cichoracearum. El micelio blanco que se extiende como un velo sobre el haz de la hoja no es solo un síntoma estético; es una fábrica de esporas que roba carbono a la planta y reduce la fotosíntesis. El agricultor observa amarilleos, hojas que envejecen prematuramente, frutos más cortos y curvados. Detrás de ese deterioro hay una carrera microscópica entre el crecimiento del hongo y la capacidad de la planta de reforzar sus paredes celulares y activar compuestos fenólicos defensivos.

Si el oídio prospera en condiciones relativamente secas y con alta humedad relativa, su contraparte, el mildiu velloso (Pseudoperonospora cubensis), exige una atmósfera saturada y películas de agua sobre el follaje. Sus manchas angulares, delimitadas por las nervaduras y acompañadas de un moho gris violáceo en el envés, revelan una estrategia distinta: un patógeno oomiceto que coloniza los espacios intercelulares y colapsa el tejido. El mildiu no solo reduce el área foliar; puede destruir un cultivo en cuestión de días si las noches son frescas y húmedas. La diferencia entre ambos patógenos obliga a una precisión casi quirúrgica en el manejo del microclima: ventilación, densidad de plantación, orientación de los invernaderos y duración del riego por aspersión se convierten en herramientas epidemiológicas.

La humedad excesiva también abre la puerta a las enfermedades del cuello y las raíces, menos visibles pero devastadoras. Pythium spp. y Phytophthora spp. atacan plántulas y plantas jóvenes, provocando damping-off y pudriciones que estrangulan el sistema vascular. El síntoma en superficie es ambiguo: marchitez diurna que parece recuperarse por la noche, hasta que finalmente la planta colapsa. Lo que ocurre bajo el suelo es más claro: raíces ennegrecidas, tejidos acuosos, ausencia de raicillas finas. En suelos pesados y mal drenados, la probabilidad de estas infecciones se dispara, demostrando que la textura del suelo y el diseño del riego son tan importantes como cualquier fungicida. La sanidad del agua de riego, en sistemas recirculantes, añade otra capa de complejidad: los propágulos se mueven silenciosamente entre plantas, acelerando los brotes epidémicos.

En un escalón diferente se sitúa el complejo de fusariosis y verticilosis, donde Fusarium oxysporum f. sp. cucumerinum y Verticillium dahliae colonizan los vasos del xilema. Aquí el síntoma clave es la marchitez unilateral o sectorial, acompañada de un pardeamiento vascular cuando se secciona el tallo. Estos hongos habitan el suelo durante años como clamidosporas o microesclerocios, lo que convierte a la rotación de cultivos y al uso de portainjertos resistentes en estrategias esenciales. La planta, incapaz de transportar agua de forma eficiente, responde cerrando estomas y reduciendo su tasa fotosintética; la producción de frutos se vuelve errática, con tamaños irregulares y cuajado deficiente. En este punto, el problema ya no se resuelve con productos de contacto; se trata de una alteración crónica del sistema de conducción de la planta.

Mientras los hongos se apoderan de tejidos internos o superficiales, los virus modifican la propia arquitectura del pepino. El virus del mosaico del pepino (CMV) y el virus del mosaico del pepino dulce (CGMMV) distorsionan el patrón de crecimiento al interferir con la expresión génica y el transporte de hormonas. El mosaico en las hojas, con alternancia de zonas claras y oscuras, no es solo una mancha visual: refleja la desorganización de los cloroplastos y el colapso de la eficiencia fotosintética. En infecciones severas, los frutos se deforman, aparecen anillos cloróticos y la piel se vuelve irregular. La transmisión, a menudo mediada por áfidos en el caso de CMV o por semillas y restos vegetales en el caso de CGMMV, plantea un reto distinto: la enfermedad se combate antes de que la planta nazca, mediante certificación de semillas, desinfección y estricta higiene fitosanitaria.

Para que los virus y muchos hongos encuentren su huésped, necesitan intermediarios. Es aquí donde las plagas de insectos y ácaros se convierten en actores centrales, no solo por el daño directo, sino por su papel como vectores. Los áfidos, como Aphis gossypii, colonizan el envés de las hojas y extraen savia con su estilete bucal. La planta responde produciendo compuestos defensivos y alterando su balance de fitohormonas, lo que puede traducirse en enrollamiento foliar y reducción del crecimiento. Sin embargo, el impacto más profundo se produce cuando estos insectos, en cuestión de segundos, transmiten partículas virales de una planta enferma a una sana. El control químico indiscriminado rompe el equilibrio con enemigos naturales como coccinélidos y sirfidos, generando ciclos de resurgencia de plagas cada vez más difíciles de manejar.

Algo similar ocurre con la mosca blanca (Bemisia tabaci y Trialeurodes vaporariorum), que combina el daño por succión con la excreción de melaza, sobre la que se desarrollan hongos de fumagina que oscurecen las hojas y reducen la captación de luz. Además, algunas biotipos de Bemisia son vectores de virus del amarilleo, capaces de provocar clorosis interveinal y debilitamiento generalizado. En invernaderos de alta densidad, donde el clima se mantiene estable y la diversidad biológica es baja, la mosca blanca encuentra condiciones ideales. La introducción de enemigos naturales como Encarsia formosa o Eretmocerus eremicus demuestra que el control biológico no es una aspiración romántica, sino una herramienta técnica basada en la comprensión de las redes tróficas.

Más discretos, pero no menos importantes, son los ácaros como Tetranychus urticae. Su capacidad de multiplicarse exponencialmente bajo temperaturas elevadas y baja humedad relativa los convierte en una amenaza silenciosa. Las punturas cloróticas finas, que al principio pasan desapercibidas, terminan en bronceado generalizado del follaje y defoliación parcial. Aquí el manejo del microclima vuelve a ser decisivo: una ligera elevación de la humedad relativa y la reducción de estrés hídrico pueden frenar su expansión. La liberación de ácaros depredadores como Phytoseiulus persimilis encarna una estrategia de manejo integrado de plagas (MIP) que combina biología, agronomía y economía en una sola decisión.

No se deben olvidar las plagas de suelo, como nematodos del género Meloidogyne, que inducen agallas radiculares y alteran profundamente la absorción de agua y nutrientes. El pepino, con su sistema radicular relativamente superficial, es especialmente sensible. Las plantas infestadas muestran clorosis generalizada, menor vigor y frutos de menor calibre. Las técnicas de biosolarización, el uso de abonos verdes con compuestos glucosinolatos y la incorporación de materia orgánica de calidad son ejemplos de cómo la microbiología del suelo puede utilizarse como aliada para reducir poblaciones de nematodos sin depender exclusivamente de nematicidas sintéticos.

Todos estos organismos, aparentemente desconectados, se encuentran unidos por un hilo común: la ecología del agroecosistema. La densidad de siembra, la uniformidad genética de los híbridos, la estructura del invernadero y el calendario de riegos configuran un ambiente más o menos favorable a las plagas y enfermedades. Una monocultura intensiva de pepino, con ciclos continuos y escasa interrupción, genera un reservorio permanente de inóculo y huéspedes. Introducir periodos de vacío sanitario, alternar especies no hospedantes y diversificar el paisaje agrícola reduce la continuidad epidemiológica y obliga a los patógenos a enfrentar cuellos de botella poblacionales.

La respuesta más prometedora a este entramado de amenazas no reside en una molécula milagrosa, sino en la resiliencia sistémica. El desarrollo de variedades con resistencia genética específica a oídio, mildiu o determinados virus se combina con prácticas de manejo que disminuyen la presión de inóculo y favorecen la actividad de microorganismos benéficos. La fertilización equilibrada, evitando excesos de nitrógeno que predisponen al ataque de plagas chupadoras, y el monitoreo temprano mediante trampas y muestreos sistemáticos permiten intervenir con precisión, utilizando dosis mínimas de productos y maximizando la eficacia. El cultivo de pepino, enfrentado a sus plagas y enfermedades, se convierte así en un laboratorio viviente donde se ensaya una agricultura capaz de producir más, con menos impacto y mayor inteligencia ecológica.

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