Plagas y enfermedades del cultivo de manzana

Artículo - Plagas y enfermedades del cultivo de manzana

La manzana acompaña a la humanidad desde hace milenios, pero solo en el último siglo hemos comprendido con cierta precisión la compleja red de interacciones biológicas que amenazan a este cultivo. El manzano, Malus domestica, no es solo un árbol frutal: es un ecosistema en miniatura donde hongos, bacterias, insectos y virus compiten, se adaptan y evolucionan junto con las prácticas agrícolas. Entender las plagas y enfermedades del manzano exige mirar más allá del síntoma visible en la hoja o en el fruto, y observar las dinámicas invisibles que se desarrollan en la interfase entre clima, suelo, genética y manejo agronómico.

Entre las enfermedades más emblemáticas se encuentra la sarna del manzano, causada por Venturia inaequalis. Este hongo ilustra bien cómo un patógeno puede sincronizar su ciclo con el del huésped. Las esporas invernantes en las hojas caídas esperan la humedad y las temperaturas templadas de la primavera para infectar los brotes tiernos. Las típicas lesiones oscuras y corchosas en hojas y frutos no son solo un problema estético: alteran la fotosíntesis, reducen el calibre comercial y abren puertas a infecciones secundarias. El agricultor que solo ve manchas negras pierde de vista que, en realidad, está observando el resultado final de una sucesión de eventos microscópicos modulados por la gestión de residuos, la ventilación del huerto y la elección varietal.

Muy distinta, pero igualmente devastadora, es el fuego bacteriano, provocado por Erwinia amylovora. A diferencia de muchos hongos, esta bacteria puede avanzar con rapidez fulminante, oscureciendo brotes, flores y ramillas hasta darles el aspecto de haber sido quemados. La agresividad del patógeno reside en su capacidad para colonizar el xilema y bloquear el transporte de agua, mientras se desplaza por el árbol impulsado por la transpiración. Las herramientas de poda mal desinfectadas, las salpicaduras de lluvia y ciertos insectos polinizadores facilitan su dispersión. Así, una práctica tan aparentemente inocua como una poda en el momento inadecuado puede transformar un foco localizado en una epidemia de difícil contención.

En el ámbito de las enfermedades fúngicas, la antracnosis y la podredumbre amarga causadas por especies de Colletotrichum y Neofabraea recuerdan que la sanidad del fruto no termina en la cosecha. Muchas de estas infecciones se establecen latentes en el campo y se manifiestan durante el almacenamiento, cuando la temperatura y la humedad relativa favorecen el desarrollo del hongo. La manzana que parecía sana al ser recolectada puede revelar, semanas después, lesiones hundidas y círculos concéntricos de esporulación. El manejo poscosecha, la desinfección de cámaras y la selección cuidadosa de frutos no son meros detalles logísticos, sino barreras epidemiológicas cruciales.

Las virosis del manzano, aunque menos espectaculares a simple vista, actúan como una erosión silenciosa del potencial productivo. Virus como el Apple mosaic virus o el Apple chlorotic leaf spot virus reducen el vigor, alteran la cuaja y modifican la fisiología del árbol a lo largo de años. Su transmisión a través de material vegetativo infectado convierte a los viveros en puntos críticos de control. De ahí la importancia de los programas de certificación sanitaria, que se apoyan hoy en técnicas de diagnóstico molecular capaces de detectar concentraciones ínfimas de partículas virales antes de que se manifiesten los síntomas.

Frente a este repertorio de enfermedades, las plagas de insectos y ácaros añaden otra capa de complejidad. El gusano de la manzana, la polilla Cydia pomonella, encarna quizá el desafío entomológico más conocido. Su larva perfora el fruto en busca de las semillas, dejando galerías que inutilizan la manzana para el mercado fresco. Pero el verdadero reto no es el daño directo, sino la extraordinaria capacidad de la especie para adaptarse a los insecticidas y modificar su fenología en respuesta al clima. La aparición de generaciones adicionales en temporadas más cálidas desajusta los calendarios de tratamiento tradicionales y obliga a integrar herramientas como la confusión sexual y el monitoreo con trampas de feromonas.

En paralelo, los pulgones como Dysaphis plantaginea y los ácaros tetraníquidos ejemplifican cómo organismos diminutos pueden ejercer efectos desproporcionados sobre la fisiología del árbol. Su alimentación succionadora distorsiona hojas, debilita brotes y altera el balance hormonal del manzano. Más sutil aún es su papel como vectores de patógenos y como moduladores de la microbiota foliar. La decisión de controlar estas plagas no puede basarse únicamente en un umbral de daño visible, sino en un análisis de sus interacciones con enemigos naturales como crisópidos, sírfidos y ácaros depredadores, que constituyen el núcleo del control biológico funcional en el huerto.

En este entramado ecológico, el cambio climático actúa como un gran amplificador de riesgos. Invierno más suaves reducen la mortalidad invernal de plagas y permiten la supervivencia de inóculos patogénicos en niveles antes improbables. Episodios de lluvia intensa en primavera prolongan los periodos de mojado foliar y favorecen infecciones de Venturia y otros hongos. Al mismo tiempo, olas de calor estival generan estrés hídrico, debilitando las defensas del árbol y alterando la expresión de genes relacionados con la resistencia sistémica. La sanidad del manzano deja de ser un problema local para convertirse en un fenómeno dinámico, sensible a variaciones climáticas globales.

Frente a este escenario, la respuesta no puede limitarse a aumentar la dosis o la frecuencia de fitosanitarios. La agricultura de manzano ha aprendido, a veces a costa de graves desequilibrios, que el abuso de insecticidas de amplio espectro elimina también los enemigos naturales y favorece la aparición de resistencias. Lo mismo ocurre con fungicidas repetidos campaña tras campaña, que seleccionan cepas tolerantes y erosionan su eficacia. La gestión integrada de plagas y enfermedades propone un cambio de paradigma: intervenir solo cuando los monitoreos y modelos de riesgo lo justifican, combinando medidas culturales, biológicas, genéticas y químicas de forma coordinada.

En este contexto, la genética del manzano emerge como una herramienta estratégica. Programas de mejora han incorporado genes de resistencia como Rvi6 (derivado de Malus floribunda 821) contra la sarna, reduciendo drásticamente la necesidad de tratamientos fungicidas en determinadas regiones. Sin embargo, la historia de otras especies agrícolas muestra que la resistencia vertical basada en uno o pocos genes puede quebrarse si el patógeno evoluciona razas capaces de superarla. La combinación de resistencias parciales, poligénicas, con prácticas de manejo que reduzcan la presión de inóculo, ofrece una vía más robusta, aunque menos espectacular, hacia la sostenibilidad sanitaria del cultivo.

La ecología del huerto se convierte entonces en un aliado. La gestión de la cubierta vegetal entre filas, la reducción de monocultivos extensos y la introducción de setos y refugios florales aumentan la biodiversidad funcional. Esta diversidad, lejos de ser un lujo estético, estabiliza las poblaciones de plagas y favorece la presencia de hongos saprófitos y antagonistas que compiten con patógenos en hojas y frutos. Incluso prácticas aparentemente simples, como triturar y descomponer rápidamente las hojas caídas, alteran de forma profunda la dinámica de Venturia, reduciendo el volumen de esporas primarias disponibles al inicio de la primavera.

La tecnología amplifica estas estrategias tradicionales con herramientas de precisión. Sensores de humedad foliar, estaciones meteorológicas conectadas y modelos epidemiológicos permiten anticipar ventanas de infección y ajustar el momento exacto de las aplicaciones, minimizando el número de intervenciones. La teledetección mediante drones y satélites, combinada con algoritmos de aprendizaje automático, comienza a identificar patrones sutiles de estrés o infección que el ojo humano no detecta a tiempo. La sanidad del manzano se desplaza así desde una reacción tardía ante el daño visible hacia una prevención informada basada en datos.

Todo este esfuerzo converge en una idea simple pero exigente: la salud del cultivo de manzana no es un estado, sino un equilibrio dinámico. Cada decisión agronómica, desde la elección del portainjerto hasta la altura de la poda o el calendario de riego, modifica ese equilibrio y reconfigura las oportunidades para plagas y patógenos. Concebir el huerto como un sistema vivo, atravesado por flujos de energía, agua, genes y microorganismos, permite entender que las plagas y enfermedades no son anomalías externas, sino manifestaciones de desequilibrios ecológicos que la ciencia agrícola, con herramientas cada vez más finas, intenta comprender y reconducir.

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