El cultivo de mamey, Pouteria sapota, condensa en su copa densa y su fruto anaranjado una paradoja silenciosa: es un árbol robusto, adaptado a climas tropicales, pero extraordinariamente vulnerable a un conjunto de plagas y enfermedades que operan como fuerzas selectivas implacables. En los paisajes productivos de Mesoamérica y el Caribe, donde el mamey ha acompañado a las sociedades humanas durante siglos, estos agentes bióticos determinan no solo los rendimientos, sino la viabilidad misma de los sistemas agrícolas que lo sustentan. Comprender sus dinámicas no es un ejercicio académico aislado, sino una condición para reconciliar productividad, estabilidad ecológica y resiliencia ante un clima cambiante.
Una primera mirada revela que el mamey no enfrenta enemigos al azar, sino un conjunto relativamente consistente de organismos especializados: insectos perforadores, moscas de la fruta, ácaros fitófagos, hongos de suelo y patógenos vasculares que convergen sobre raíces, tronco, follaje y fruto. Esta constelación de amenazas no actúa de manera independiente; configura una red de interacciones donde el daño de un agente predispone al árbol a la invasión de otro. Un sistema radicular debilitado por Phytophthora facilita la colonización de insectos de la madera; un follaje estresado por ácaros incrementa la susceptibilidad a patógenos foliares. El mamey se convierte así en escenario de una sucesión ecológica microscópica que el productor rara vez percibe a tiempo.
Entre las plagas de mayor impacto económico sobresalen los curoculiónidos perforadores del fruto y del tallo. Especies como Conotrachelus spp. y otros gorgojos tropicales realizan sus oviposiciones en frutos jóvenes, donde las larvas excavan galerías que destruyen la pulpa en desarrollo. El resultado visible para el agricultor es un fruto deformado, con zonas necróticas y caída prematura, pero el proceso real es una colonización progresiva del tejido parenquimático que interrumpe el flujo de fotoasimilados. Este daño temprano altera la fisiología del árbol, que responde con abscisión de frutos y reajuste de su balance hormonal, comprometiendo la cosecha de toda la campaña y, con frecuencia, la del año siguiente.
La dinámica de estos perforadores se entrelaza con la fenología del mamey, lo que abre una ventana estratégica para la gestión integrada. Dado que el insecto sincroniza su ciclo con la emisión de brotes y la cuaja de frutos, pequeñas variaciones en la fecha de poda, el manejo de la carga frutal o la disponibilidad de refugios en el sotobosque pueden amplificar o atenuar sus poblaciones. La presencia de frutos caídos no recolectados, por ejemplo, actúa como reservorio larval y puente hacia la siguiente generación. Romper ese ciclo no requiere necesariamente insecticidas de amplio espectro, sino una comprensión fina de las fases vulnerables del insecto y de las oportunidades del agroecosistema para interrumpirlas.
En paralelo, las moscas de la fruta del género Anastrepha encuentran en el mamey un hospedero de alta calidad nutricional. A diferencia de los gorgojos, que suelen atacar frutos más jóvenes, las moscas prefieren estados más cercanos a la madurez fisiológica, cuando el contenido de azúcares y compuestos volátiles es máximo. La larva, al alimentarse de la pulpa, no solo destruye el valor comercial del fruto, sino que altera su microbiota interna, facilitando el ingreso de hongos oportunistas y bacterias que aceleran la descomposición. La presión cuarentenaria sobre estas moscas convierte a la plaga en un problema no solo agronómico, sino también de acceso a mercados, condicionando la competitividad de regiones productoras enteras.
Frente a ellas, el uso de atrayentes específicos, trampas cebadas y el manejo del paisaje agrícola adquieren un protagonismo particular. La diversidad de hospederos alternos en los alrededores de las plantaciones de mamey funciona como una matriz que sostiene poblaciones constantes de moscas, incluso cuando el cultivo principal no está en fructificación. Reducir la disponibilidad de esos hospederos, o al menos concentrar su presencia en zonas de monitoreo y captura masiva, transforma la ecología local de la plaga. A escala de cuenca, esta estrategia exige coordinación entre productores, porque las moscas no reconocen linderos de propiedad y responden a gradientes de recursos más amplios que una sola parcela.
Si se desciende desde la copa hacia el follaje, emergen otros actores discretos pero persistentes: los ácaros fitófagos, como Oligonychus y Tetranychus spp., que colonizan el envés de las hojas y succionan el contenido celular. Su daño, a primera vista sutil, provoca clorosis puntiforme, reducción del área fotosintética efectiva y, en infestaciones severas, defoliación parcial. En climas cálidos y secos, donde la evapotranspiración es elevada y el estrés hídrico latente, esta pérdida de capacidad fotosintética debilita al árbol frente a otros patógenos. La aparente insignificancia de un ácaro individual se disuelve cuando se observa la población como un sistema de millones de microperforaciones que drenan energía del cultivo.
La clave en el manejo de ácaros no reside solo en su supresión directa, sino en la conservación de sus enemigos naturales: ácaros depredadores, crisópidos y coccinélidos que regulan sus poblaciones de manera silenciosa. El uso indiscriminado de insecticidas de amplio espectro rompe este equilibrio, eliminando primero a los depredadores más sensibles y dejando campo libre a los fitófagos, que se recuperan con rapidez. El mamey, como otros frutales perennes, se beneficia de una estrategia que privilegie productos selectivos, umbrales de acción basados en monitoreo y una estructura de copa que favorezca la ventilación y reduzca microclimas propicios a explosiones poblacionales.
Más abajo, ocultos a la vista, los hongos de suelo constituyen quizá la amenaza más subestimada. Géneros como Phytophthora, Pythium y Fusarium atacan raíces finas y el cuello del árbol, provocando pudriciones que interrumpen el flujo de agua y nutrientes. El síntoma visible —amarillamiento generalizado, marchitez y muerte regresiva de ramas— suele aparecer cuando el sistema radicular ya ha sufrido daños irreversibles. En suelos con drenaje deficiente, la combinación de saturación hídrica y temperaturas elevadas crea un ambiente ideal para la liberación de zoosporas y la rápida colonización de tejidos. El mamey, que tolera bien la humedad atmosférica, se vuelve vulnerable cuando sus raíces se encuentran encharcadas, atrapadas en un medio anóxico y colonizado por patógenos.
La respuesta agronómica a estas enfermedades radiculares no puede limitarse a fungicidas, porque el problema es, en esencia, un desajuste entre la fisiología del árbol y la arquitectura del suelo. La selección de patrones o portainjertos con mayor tolerancia, el diseño de camellones elevados, la incorporación de materia orgánica estabilizada y el uso estratégico de microorganismos benéficos —como Trichoderma o consorcios de bacterias rizosféricas— reconfiguran el entorno microbiano y físico alrededor de las raíces. Más que eliminar al patógeno, se trata de desplazarlo de una posición de dominio ecológico, devolviendo al sistema una diversidad que amortigüe la agresividad de cualquier organismo individual.
En el tronco y las ramas principales, otras entidades fúngicas, como Lasiodiplodia theobromae y especies afines, causan cancros, exudaciones gomosas y muerte de brotes. Estas infecciones suelen entrar por heridas de poda, daños mecánicos o grietas producidas por estrés hídrico. La madera necrosada interrumpe el flujo de savia elaborada, generando sectores de la copa que se secan de manera progresiva. La relación entre manejo de poda y sanidad del mamey es directa: cortes mal ubicados, en épocas lluviosas y sin desinfección de herramientas, abren una puerta franca a estos patógenos. El árbol, incapaz de compartimentar completamente el daño, arrastra las consecuencias durante años.
Sobre el follaje, enfermedades como la antracnosis, asociada a Colletotrichum gloeosporioides, producen manchas necróticas, defoliación y lesiones en frutos en desarrollo. En ambientes de alta humedad relativa y lluvias frecuentes, las esporas se diseminan con facilidad entre árboles cercanos, aprovechando superficies foliares mojadas para germinar e invadir. El mamey, con su follaje denso, puede generar microambientes húmedos persistentes en el interior de la copa, incluso cuando el entorno general es más seco. La estructura misma del árbol, si no se maneja mediante podas de aclareo y regulación de altura, se convierte en un hábitat ideal para el patógeno.
Todas estas interacciones confluyen en un desafío central: diseñar sistemas de producción de mamey que integren la comprensión ecológica de plagas y enfermedades con las presiones económicas y climáticas del presente. El enfoque de Manejo Integrado de Plagas y Enfermedades (MIPE) no es una lista de insumos, sino una manera de pensar el cultivo como un ecosistema coevolutivo, donde la diversidad vegetal circundante, la microbiota del suelo, la estructura del paisaje y las decisiones diarias de manejo conforman una red de retroalimentaciones. En ese entramado, cada plaga y cada enfermedad del mamey deja de ser un enemigo aislado para convertirse en un indicador de desequilibrios más profundos, pero también en una oportunidad para reorientar el sistema hacia una mayor resiliencia biológica.
- Alvarado-Castro, J. A., & Acosta-Ramos, M. (2019). Manejo integrado de plagas en frutales tropicales. Revista Mexicana de Fitotecnia, 42(3), 245–262.
- Castañeda-Vildózola, Á., & Equihua-Martínez, A. (2017). Moscas de la fruta del género Anastrepha en Mesoamérica: biología y manejo. Entomología Mexicana, 4(2), 55–78.
- FAO. (2020). Protección fitosanitaria en frutales tropicales: principios y prácticas. Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura.
- Hernández-Castillo, F. D., Gallegos-Morales, G., & Rodríguez-Herrera, R. (2015). Hongos fitopatógenos en frutales tropicales: epidemiología y control biológico. Revista Iberoamericana de Micología, 32(1), 33–42.
- López, A., & Sánchez, P. (2018). Enfermedades del mamey (Pouteria sapota) en sistemas de producción del sureste mexicano. Fitopatología Mexicana, 43(1), 71–82.
- Nieto-Ángel, D., & Velázquez-Monreal, J. J. (2016). Manejo de ácaros en frutales perennes. Revista Colombiana de Entomología, 42(2), 189–198.
- Pérez-González, S., & Martínez-Damián, M. T. (2020). Importancia económica y fitosanitaria del cultivo de mamey en México. Revista Chapingo Serie Horticultura, 26(1), 11–24.
- Ploetz, R. C. (2015). Management of diseases of tropical perennial crops. Annual Review of Phytopathology, 53, 123–146.
- Schaffer, B., & Wolstenholme, B. N. (2014). The physiology of tropical fruit trees under biotic stress. Horticultural Reviews, 42, 87–134.
- Villanueva-Jiménez, J. A., & Hoy, M. A. (2017). Biological control in tropical fruit agroecosystems. Biological Control, 106, 1–10.

