La lenteja, Lens culinaris Medik., ha acompañado a las sociedades humanas desde los albores de la agricultura, pero su aparente sencillez esconde una complejidad fitosanitaria que condiciona su productividad y su papel en la seguridad alimentaria. El tránsito desde sistemas tradicionales de bajo insumo hacia esquemas intensificados ha amplificado la visibilidad de plagas y enfermedades que antes se mantenían en equilibrio ecológico. Este cambio no solo aumenta las pérdidas directas de rendimiento; también altera las redes tróficas del agroecosistema y redefine qué significa cultivar lenteja de manera sostenible en un clima que ya no es estable.
En el corazón de esta problemática se sitúan los hongos fitopatógenos, que constituyen la principal amenaza biótica del cultivo. Entre ellos, Ascochyta lentis ocupa un lugar central. Causa la ascoquitosis, una enfermedad que mancha hojas, tallos y vainas con lesiones necróticas de bordes oscuros, capaces de reducir el área fotosintética y comprometer la calidad de la semilla. Lo decisivo no es solo el daño visible, sino su ciclo biológico: el patógeno sobrevive en restos de cosecha y en semilla infectada, y libera conidios que el viento y la lluvia dispersan eficientemente. Cada gota de agua que impacta una lesión puede convertirse en vehículo de un nuevo foco, y cada campaña que reutiliza semilla no certificada refuerza un reservorio silencioso.
Una dinámica similar se observa con las rabias causadas por Fusarium oxysporum f. sp. lentis y otros complejos de Fusarium, que colonizan el sistema radicular y el xilema. La planta enferma muestra marchitez unilateral, amarilleo progresivo y, finalmente, colapso vascular. A diferencia de las enfermedades foliares, el problema aquí se hunde literalmente en el suelo: los clamidosporos de Fusarium persisten durante años, incluso en ausencia de hospedantes, y convierten el campo en un archivo patogénico de larga duración. En este contexto, la elección de rotaciones con especies no hospedantes y la gestión de la microbiota del suelo adquieren tanta importancia como cualquier fungicida de síntesis.
Más esquiva, pero igualmente devastadora, es la antracnosis causada por Colletotrichum truncatum, que prospera en ambientes cálidos y húmedos. Sus lesiones hundidas y de borde definido en tallos y vainas no solo comprometen la integridad mecánica de la planta, sino que favorecen infecciones secundarias por otros patógenos oportunistas. La interacción entre enfermedades raramente es lineal: el daño inicial abre puertas fisiológicas, modifica el microclima del dosel y altera la química de exudados, creando nichos para nuevas colonizaciones. Así, una enfermedad primaria puede transformar la arquitectura entera de la comunidad microbiana del cultivo.
Frente a estos hongos, la respuesta genética del cultivo ha sido una de las herramientas más poderosas, pero también una de las más frágiles. La resistencia varietal a Ascochyta y a Fusarium suele estar controlada por pocos genes mayores o por combinaciones de QTLs de efecto moderado. Bajo presión de selección intensa, las poblaciones de patógenos acumulan mutaciones o recombinan razas, erosionando en pocos años lo que llevó décadas de mejora vegetal. Este “brazo de hierro” evolutivo obliga a concebir la resistencia no como un escudo estático, sino como un rasgo dinámico que exige diversidad genética en el paisaje agrícola, mezclas de cultivares y renovación periódica de fuentes de resistencia.
Si los hongos atacan desde la invisibilidad microscópica, los insectos plaga se manifiestan con una inmediatez más tangible, pero no por ello menos compleja. Los pulgones, especialmente Acyrthosiphon pisum y Aphis craccivora, colonizan brotes tiernos y reversos de hojas, succionando savia y alterando el equilibrio hormonal de la planta. Su impacto directo en el rendimiento es relevante, pero su papel como vectores de virus es aún más trascendente. La transmisión de virus como el Virus del mosaico de la lenteja convierte a estos pequeños hemípteros en nodos críticos de conectividad epidemiológica entre parcelas, regiones y campañas sucesivas.
Los sitófagos como Bruchus lentis y especies afines actúan en otra dimensión temporal: su daño se manifiesta principalmente en la poscosecha. Las hembras ovipositan sobre las vainas en el campo; las larvas penetran la semilla y completan su desarrollo ocultas en el interior. El resultado son granos perforados, con pérdida de peso, viabilidad reducida y rechazo en los mercados. La dificultad aquí radica en que la ventana de intervención en campo es estrecha, y una vez que el insecto se encuentra en la semilla, las opciones de control se reducen drásticamente, sobre todo en sistemas que buscan minimizar el uso de fumigantes químicos.
No menos relevantes son los trips y algunos lepidópteros defoliadores, que erosionan el área foliar y alteran la capacidad fotosintética en etapas críticas de llenado de grano. En ambientes semiáridos, donde la lenteja suele cultivarse, el estrés hídrico y térmico amplifica el impacto de estas plagas: una planta forzada a cerrar estomas para evitar la deshidratación tiene menos margen fisiológico para compensar el área foliar perdida. Se configura así una interacción entre estrés abiótico y biótico que no puede entenderse si se analizan plagas y enfermedades de manera aislada.
El uso extensivo de insecticidas de amplio espectro ha intentado, en muchos sistemas, simplificar esta complejidad a base de eliminar cualquier artrópodo presente. Sin embargo, el costo ecológico y agronómico ha sido elevado. La reducción de enemigos naturales —coccinélidos, crisópidos, himenópteros parasitoides— desmantela los mecanismos de control biológico que mantenían a raya a los pulgones y a otras plagas. Además, la presión de selección sobre las poblaciones de insectos favorece la aparición de resistencias metabólicas y conductuales, que convierten a moléculas antes eficaces en herramientas inertes. El resultado es un círculo vicioso de dosis crecientes y eficacia decreciente.
Frente a esta deriva, el manejo integrado de plagas y enfermedades (MIP) en lenteja propone una lógica distinta, basada en la prevención, la monitorización y la integración de tácticas complementarias. El uso de semilla certificada y tratada, la eliminación de rastrojos infectados, la siembra en fechas que eviten el solapamiento con picos de población de pulgones, y la elección de densidades que favorezcan la aireación del dosel conforman un primer anillo de defensa. La aplicación de fungicidas o insecticidas se reserva para momentos en que el monitoreo supere umbrales económicos, y se priorizan productos selectivos que respeten la fauna benéfica y la microbiota del suelo.
En paralelo, la incorporación de bioinsumos —hongos antagonistas como Trichoderma spp., bacterias rizosféricas promotoras del crecimiento, extractos vegetales con actividad insecticida— abre un espacio intermedio entre la química de síntesis y la mera abstención. Estos agentes pueden colonizar raíces, competir por sitios de infección, inducir respuestas de defensa sistémicas o interferir en el desarrollo de insectos. Su eficacia, sin embargo, depende de condiciones ambientales, formulaciones adecuadas y compatibilidad con otras prácticas de manejo. La tentación de verlos como sustitutos directos de un pesticida convencional conduce a frustraciones; su verdadera fuerza reside en la sinergia con la agroecología del sistema.
El cambio climático introduce un nivel adicional de incertidumbre. Aumentos en temperatura media, alteraciones en los regímenes de precipitación y mayor frecuencia de eventos extremos modifican los nichos climáticos de patógenos e insectos. Zonas antes marginales para Ascochyta pueden volverse altamente favorables, y especies de pulgones con ciclos de vida limitados por el frío expanden su rango geográfico y prolongan sus periodos de actividad. Al mismo tiempo, el estrés térmico de la planta puede debilitar sus barreras estructurales y su capacidad de montar respuestas de defensa basadas en fitohormonas como el ácido salicílico y el jasmonato.
En este escenario dinámico, la gestión de plagas y enfermedades de la lenteja deja de ser un ejercicio de recetas fijas y se convierte en un proceso de ajuste continuo, apoyado en la vigilancia epidemiológica, la modelización de riesgos y la participación activa de agricultores y técnicos. La lenteja, con su capacidad de fijar nitrógeno atmosférico y mejorar la estructura del suelo, seguirá siendo un pilar de los sistemas de cultivo diversificados. Pero su contribución dependerá de la habilidad colectiva para entender que cada mancha en una hoja, cada orificio en una semilla y cada pulgón en un brote son manifestaciones visibles de redes ecológicas profundas, en las que la intervención humana puede inclinar el equilibrio hacia la degradación o hacia una forma más inteligente de coexistencia.
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