Plagas y enfermedades del cultivo de jícama

Artículo - Plagas y enfermedades del cultivo de jícama

En la superficie polvorienta de muchos suelos tropicales, la jícama, Pachyrhizus erosus, parece un cultivo modesto. Un tubérculo crujiente, una enredadera discreta, una raíz que almacena agua y carbohidratos. Sin embargo, detrás de esa sencillez aparente se despliega una red compleja de interacciones biológicas donde las plagas y las enfermedades no son solo enemigos del agricultor, sino fuerzas evolutivas que moldean la fisiología del cultivo y la manera en que lo manejamos. Comprenderlas exige mirar más allá del daño visible y adentrarse en el tejido fino de la planta, del suelo y del paisaje agrícola.

La jícama pertenece a la familia Fabaceae, y como leguminosa comparte con el frijol y la soya una vulnerabilidad a ciertos grupos de patógenos y artrópodos. Sin embargo, su órgano de interés económico, la raíz tuberosa, introduce un matiz decisivo: cualquier agente que comprometa la integridad del sistema radical altera no solo el rendimiento, sino la calidad poscosecha y la inocuidad del alimento. Un ataque foliar puede tolerarse hasta cierto umbral; un daño profundo en el tubérculo, en cambio, transforma la cosecha en un reservorio de patógenos y toxinas. Esta asimetría explica por qué, en jícama, el control de plagas subterráneas y enfermedades de raíz adquiere una centralidad poco frecuente en otros cultivos hortícolas.

Entre los enemigos más persistentes destacan los nematodos fitoparásitos, en particular especies del género Meloidogyne. Estos organismos microscópicos inducen la formación de agallas en las raíces, distorsionando la arquitectura radical y desviando nutrientes hacia sus sitios de alimentación. En jícama, las agallas no solo reducen la absorción de agua y minerales: modifican el patrón de crecimiento del tubérculo, generando deformaciones, grietas y zonas necróticas que abren la puerta a infecciones secundarias por hongos oportunistas. La planta responde activando defensas locales, como la deposición de lignina y la síntesis de compuestos fenólicos, pero esa respuesta tiene un costo metabólico que se traduce en menor acumulación de almidón en la raíz.

A medida que el sistema radical se debilita, el equilibrio con la microbiota del suelo se rompe. Hongos del complejo Fusarium encuentran en las heridas causadas por nematodos una vía expedita para colonizar los tejidos internos. El resultado es un síndrome de marchitez y pudrición que el agricultor percibe como amarillamiento foliar, pérdida de vigor y, finalmente, colapso de la planta. Lo interesante es que el patógeno por sí solo, en ausencia de nematodos, rara vez alcanza el mismo nivel de agresividad. Esa sinergia ilustra cómo las plagas no actúan de forma aislada, sino como consorcios biológicos que explotan debilidades generadas mutuamente.

En la parte aérea, el paisaje patológico es distinto pero igualmente complejo. Diversos hongos foliares como Cercospora spp. y Colletotrichum spp. provocan manchas necróticas en hojas y tallos, reduciendo la superficie fotosintética y, con ello, la cantidad de fotoasimilados que la planta puede destinar a la raíz. A primera vista, unas pocas manchas parecen un problema menor, pero la fisiología de la jícama se basa en una fase vegetativa vigorosa que alimente una reserva subterránea expansiva. Cada centímetro cuadrado de hoja perdido es una merma en la capacidad de llenar el “almacén” que es el tubérculo. Por eso, enfermedades foliares crónicas, incluso de baja intensidad, se traducen en raíces más pequeñas y con menor contenido de sólidos solubles.

Los insectos añaden otra capa de presión selectiva. Trips, mosca blanca y áfidos no solo succionan savia; actúan como vectores de virosis que alteran profundamente el metabolismo de la planta. Aunque las enfermedades virales en jícama están menos documentadas que en otros cultivos, los síntomas de mosaico, enanismo y distorsión foliar observados en campos tropicales sugieren la presencia de virus afines a los que afectan a otras leguminosas. En estos casos, el daño no se limita a la reducción de área foliar funcional; el metabolismo de carbohidratos se reprograma, se acumulan azúcares en hojas, se altera la señalización hormonal y el llenado de la raíz se vuelve errático. La planta sigue viva, pero su eficiencia fisiológica se degrada de forma silenciosa.

Los insectos del suelo, como larvas de coleópteros (gusanos blancos) y algunos dípteros, atacan directamente la raíz tuberosa. Sus galerías internas, a menudo invisibles desde el exterior, generan un mosaico de túneles donde se acumula humedad y proliferan bacterias y hongos saprófitos. El tubérculo deja de ser un órgano compacto y se convierte en un ecosistema de microcavidades que descomponen el tejido desde dentro. Esta degradación no siempre se manifiesta en el campo; con frecuencia aparece durante el almacenamiento o el transporte, cuando el microclima de cajas y bodegas favorece el desarrollo explosivo de microorganismos oportunistas que se aprovechan del daño previo.

Frente a este conjunto de amenazas, la respuesta tradicional ha sido recurrir a plaguicidas de amplio espectro. Sin embargo, la jícama se consume cruda en muchos contextos, lo que vuelve especialmente delicada la presencia de residuos químicos en la raíz. La necesidad de proteger el cultivo sin comprometer la inocuidad alimentaria impulsa un cambio de paradigma hacia el manejo integrado de plagas y enfermedades. Este enfoque no se basa en la eliminación total del enemigo, sino en mantener sus poblaciones por debajo de umbrales de daño económico mediante una combinación de tácticas culturales, biológicas, genéticas y, solo en última instancia, químicas.

Las prácticas culturales ofrecen una primera línea de defensa. La rotación de cultivos con gramíneas o especies no hospedantes reduce las poblaciones de nematodos y algunos patógenos específicos, al interrumpir su ciclo de vida. El manejo racional de la densidad de siembra, la aireación del follaje y el riego evita microclimas húmedos que favorecen la germinación de esporas de hongos foliares. Incluso la elección de fechas de siembra puede desplazar las fases más vulnerables del cultivo fuera de los picos poblacionales de insectos vectores. Lejos de ser decisiones administrativas, estas prácticas rediseñan el entorno ecológico de la jícama, haciéndolo menos hospitalario para sus adversarios.

En paralelo, la resistencia genética se perfila como una herramienta estratégica. Aunque la jícama ha recibido menos atención que otros cultivos comerciales, existe variabilidad en la tolerancia a nematodos, hongos de suelo y enfermedades foliares entre ecotipos y líneas locales. La selección participativa con agricultores, combinada con caracterización molecular, permite identificar genotipos que mantienen rendimientos aceptables bajo presión biótica. No se trata de buscar una inmunidad absoluta, que rara vez es durable, sino de ensamblar combinaciones de rasgos que dificulten la colonización, limiten la reproducción del patógeno o amortigüen el impacto fisiológico del ataque.

El control biológico añade un nivel adicional de sofisticación ecológica. Hongos antagonistas como Trichoderma spp. y bacterias del género Bacillus pueden colonizar la rizosfera de la jícama, competir por recursos, producir antibióticos naturales y activar mecanismos de resistencia sistémica inducida en la planta. Frente a nematodos, hongos ovicidas y depredadores microscópicos reducen la viabilidad de los huevos y juveniles. Estos agentes no actúan como balas mágicas, sino como moduladores de la comunidad microbiana del suelo, inclinando la balanza a favor de una microbiota protectora. Su eficacia depende, sin embargo, de un manejo cuidadoso de la materia orgánica, la estructura del suelo y las prácticas de labranza.

Incluso la poscosecha forma parte del campo de batalla. La desinfección adecuada de herramientas, la selección rigurosa de raíces sanas para almacenamiento y la regulación de temperatura y humedad en bodegas disminuyen la incidencia de pudriciones fúngicas y bacterianas. Cada herida durante la cosecha es un punto de entrada potencial para patógenos que, en condiciones favorables, pueden arruinar lotes enteros en cuestión de días. La sanidad del cultivo no termina al arrancar la raíz del suelo; continúa en la cadena de manipulación, transporte y comercialización, donde las decisiones humanas pueden amplificar o contener los procesos biológicos iniciados en el campo.

En última instancia, las plagas y enfermedades de la jícama revelan la fragilidad y, al mismo tiempo, la resiliencia de los sistemas agrícolas tropicales. No son anomalías que deban erradicarse, sino componentes de una red ecológica que responde a cada cambio en el manejo, el clima y el paisaje. Asumir esta perspectiva obliga a abandonar la idea de control absoluto y a adoptar una visión de ecología aplicada, donde el agricultor se convierte en gestor de interacciones biológicas más que en simple usuario de insumos. La jícama, con su raíz dulce y su fisiología modesta, se vuelve así un laboratorio vivo para explorar cómo convivir con la diversidad de organismos que comparten el mismo suelo y la misma luz.

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