La guayaba, Psidium guajava, encarna una paradoja agrícola: es un frutal rústico, capaz de prosperar en suelos pobres y climas variables, pero al mismo tiempo es vulnerable a un conjunto de plagas y enfermedades que pueden diezmar la producción y comprometer la calidad del fruto. Esta dualidad obliga a mirar el cultivo no como un sistema simple de árbol y fruto, sino como una red ecológica donde insectos, hongos, bacterias, nematodos y el propio manejo humano interactúan de forma constante. Entender esa red es el primer paso para transformar la protección del cultivo de guayaba en un ejercicio de precisión biológica y no de reacción tardía.
Entre las plagas más emblemáticas destaca la mosca de la fruta, especialmente Anastrepha spp. y Ceratitis capitata, que han convertido a la guayaba en uno de sus hospedantes preferidos en regiones tropicales y subtropicales. La hembra oviposita en el fruto aún en desarrollo, y las larvas se alimentan de la pulpa, generando pudriciones internas que solo se revelan cuando el daño es irreversible. Cada larva es, en realidad, un fallo previo del sistema de manejo: una trampa no instalada, una fruta caída no recogida, un umbral de población ignorado. La mosca de la fruta ilustra con claridad cómo una sola plaga puede condicionar el acceso a mercados de exportación por las estrictas barreras cuarentenarias.
La respuesta tradicional a este problema ha sido el uso intensivo de insecticidas, pero la biología de la mosca revela las limitaciones de esa estrategia. Al pasar buena parte de su ciclo protegida dentro del fruto, solo una fracción de la población está expuesta a los productos químicos. Además, la alta capacidad reproductiva favorece la resistencia a ingredientes activos repetidamente utilizados. En este contexto, el manejo integrado de plagas (MIP) deja de ser un eslogan y se convierte en una necesidad operativa: trampas con atrayentes específicos, liberación de machos estériles, uso de cebos proteicos selectivos, y una disciplina férrea en la recolección y destrucción de frutos infestados. La eficacia no proviene de una única medida, sino de la suma de pequeñas intervenciones coherentes.
Otra plaga que ha ganado relevancia en guayaba es la polilla de la guayaba (Argyresthia eugeniella y especies afines), cuyas larvas perforan el fruto y provocan galerías que lo vuelven comercialmente inaceptable. A diferencia de la mosca, el daño externo suele ser más visible, pero su manejo implica retos similares: sincronizar los tratamientos con la biología del insecto, monitorear con trampas de feromonas y reducir refugios en el dosel del árbol. La estructura misma de la copa influye en la incidencia: copas densas, mal podadas, crean microclimas húmedos y sombreados que favorecen tanto a la polilla como a diversas cochinillas y pulgones, convirtiendo la arquitectura del árbol en un factor de riesgo fitosanitario.
Las cochinillas (como Planococcus citri) y los pulgones no solo extraen savia y debilitan brotes tiernos, sino que excretan mielada, un sustrato perfecto para el desarrollo de fumagina, un hongo negro que reduce la fotosíntesis al cubrir hojas y frutos. Este encadenamiento de daños ilustra cómo una plaga primaria puede abrir la puerta a problemas secundarios que, en conjunto, reducen el vigor del árbol. El control biológico, mediante enemigos naturales como Coccinellidae (mariquitas) y avispas parasitoides, se vuelve especialmente valioso aquí, siempre que el uso de insecticidas de amplio espectro no destruya esas poblaciones benéficas. La elección de moléculas selectivas y el respeto a las ventanas de seguridad ecológica son decisiones tan técnicas como éticas.
Si las plagas aéreas concentran la atención del productor, las que actúan en el suelo suelen ser silenciosas pero persistentes. Los nematodos fitoparásitos, como Meloidogyne spp., inducen agallas en las raíces que reducen la absorción de agua y nutrientes, debilitando el árbol y haciéndolo más susceptible a otras enfermedades. A simple vista, el productor observa un amarillamiento generalizado, un crecimiento lento y una menor producción, síntomas que fácilmente se atribuyen a deficiencias nutricionales. Sin embargo, bajo el suelo se desarrolla un conflicto microscópico que exige diagnóstico especializado y estrategias como la rotación de cultivos, el uso de portainjertos tolerantes y, cada vez más, la aplicación de enmiendas orgánicas que estimulen antagonistas naturales de los nematodos.
En el ámbito de las enfermedades, la antracnosis causada por Colletotrichum gloeosporioides ocupa un lugar central. Produce lesiones hundidas en frutos, con bordes oscuros y centros rosados o anaranjados, que se expanden rápidamente en condiciones de alta humedad. La infección suele iniciarse en fases tempranas del desarrollo del fruto, pero se manifiesta con mayor intensidad en la poscosecha, lo que genera pérdidas económicas considerables en la cadena de comercialización. Esta enfermedad es un recordatorio de que la sanidad del cultivo no termina en el campo: el manejo de la poscosecha, la ventilación en los empaques y la temperatura de almacenamiento son tan determinantes como la aplicación de fungicidas preventivos en el huerto.
Otra enfermedad de importancia es la roña o sarna de la guayaba, asociada a Elsinoë psidii, que provoca lesiones corchosas en frutos y brotes jóvenes. Aunque rara vez mata al árbol, degrada la apariencia del fruto hasta volverlo invendible en mercados exigentes. Su epidemiología está fuertemente ligada a la presencia de agua libre sobre la superficie vegetal; por ello, la densidad de plantación, el diseño del sistema de riego y la ventilación del dosel se convierten en herramientas de manejo tan efectivas como un fungicida. La agricultura de precisión, mediante sensores de humedad y modelos de pronóstico epidemiológico, permite anticipar los momentos de mayor riesgo y reducir aplicaciones innecesarias, alineando la productividad con la sostenibilidad.
En climas cálidos y húmedos, los patógenos del suelo como Phytophthora spp. y Pythium spp. pueden ocasionar pudriciones de raíz y cuello, especialmente en plantaciones jóvenes o mal drenadas. El encharcamiento prolongado crea condiciones favorables para estos oomicetos, que colonizan tejidos vasculares y bloquean el flujo de agua, causando marchitez y muerte regresiva. No es casual que muchas de estas enfermedades se concentren en zonas bajas del terreno: el relieve, el diseño de drenajes y la textura del suelo son variables agronómicas que se entrelazan con la biología de los patógenos. Corregir la topografía funcional del huerto puede ser tan decisivo como cualquier intervención química.
La dimensión bacteriana tampoco es menor. La mancha bacteriana de la guayaba, atribuida a Xanthomonas campestris pv. psidii y otros patovares, genera lesiones foliares angulares, defoliación y manchas en fruto que reducen su valor comercial. A diferencia de muchos hongos, las bacterias se diseminan con gran eficiencia a través de salpicaduras de lluvia, herramientas contaminadas y material vegetal infectado. Esto convierte a la sanidad de vivero y al uso de plantas certificadas en un punto crítico de control. Un árbol enfermo que entra al sistema productivo será un foco de inoculo permanente, difícil de erradicar sin recurrir a medidas drásticas como la eliminación de plantas.
Frente a esta diversidad de amenazas, la tentación de responder con un catálogo de productos fitosanitarios es comprensible, pero insuficiente. La tendencia contemporánea apunta hacia sistemas de manejo integrado que combinan genética, agronomía y ecología. La selección de variedades tolerantes a determinadas enfermedades, el ajuste del equilibrio nutricional para evitar excesos de nitrógeno que favorezcan plagas chupadoras, y la implementación de corredores biológicos que mantengan poblaciones estables de enemigos naturales, forman parte de una misma estrategia. Cada decisión de manejo, desde la poda hasta la fertilización, modifica el microambiente y con él la probabilidad de que una plaga o patógeno encuentre las condiciones óptimas para prosperar.
La dimensión climática añade una capa adicional de complejidad. El cambio climático está alterando los rangos de distribución de insectos y patógenos, extendiendo la ventana de actividad de algunas plagas y favoreciendo ciclos más cortos y numerosas generaciones anuales. Zonas que antes estaban libres de ciertas enfermedades comienzan a reportarlas, mientras que otras ven cómo su calendario tradicional de aplicaciones deja de coincidir con la realidad biológica del campo. La guayaba, con su amplia distribución geográfica, se convierte en un observatorio privilegiado de estas transformaciones, obligando a los sistemas de vigilancia fitosanitaria a volverse más dinámicos y basados en datos.
En última instancia, las plagas y enfermedades del cultivo de guayaba no son solo un problema técnico, sino un espejo de cómo se concibe la relación entre producción y ecosistema. Un enfoque meramente reactivo, centrado en apagar incendios biológicos, conduce a ciclos de dependencia y vulnerabilidad. En cambio, una visión que integra ecología de poblaciones, manejo del paisaje y tecnología de monitoreo permite anticipar, modular y, en muchos casos, convivir con niveles aceptables de daño. La guayaba, ese fruto aromático y aparentemente sencillo, revela así una lección profunda: la sanidad vegetal no se impone, se construye pacientemente sobre el entendimiento íntimo de la vida que rodea al cultivo.
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