Plagas y enfermedades del cultivo de garbanzo

Artículo - Plagas y enfermedades del cultivo de garbanzo

El garbanzo, Cicer arietinum L., acompaña a la humanidad desde hace milenios, pero su aparente rusticidad es engañosa. Detrás de cada grano hay un equilibrio frágil entre la planta, su microbioma, los patógenos y un clima cada vez más impredecible. Cuando ese equilibrio se rompe, emergen plagas y enfermedades capaces de arrasar cosechas enteras en pocos días, especialmente en sistemas de baja tecnificación. Entender estos enemigos no como una lista estática de organismos dañinos, sino como parte de una red ecológica dinámica, es el primer paso para diseñar estrategias de manejo verdaderamente sostenibles.

El garbanzo se cultiva, en gran medida, bajo condiciones de secano y en suelos pobres, donde la planta ya opera al límite fisiológico. Ese estrés de base abre la puerta a patógenos oportunistas y agrava el impacto de los más agresivos. Entre las enfermedades, el rabia del garbanzo o ascochitosis, causada por Ascochyta rabiei, es la más devastadora a escala global. Sus esporas salpican de una planta a otra con la lluvia y el viento, colonizan hojas, tallos y vainas, y en condiciones de humedad prolongada pueden destruir el follaje en cuestión de días. La aparente sencillez del síntoma —manchas necróticas con picnidios oscuros— oculta una notable plasticidad genética del hongo, que evoluciona rápidamente frente a la presión de los fungicidas y la resistencia varietal.

Esa capacidad adaptativa explica por qué la resistencia genética, aunque crucial, rara vez es definitiva. Las variedades portadoras de genes de resistencia mayor suelen frenar solo algunas razas fisiológicas del patógeno, mientras otras continúan proliferando. El resultado es una carrera armamentista silenciosa: los mejoradores de plantas apilan genes de resistencia cuantitativa y el hongo responde mediante recombinación y mutaciones puntuales. En este contexto, el uso de fungicidas sistémicos de un solo sitio de acción, si se aplica de forma rutinaria y sin rotación de modos de acción, se convierte en un experimento evolutivo a favor del patógeno. El manejo de A. rabiei exige, por tanto, pensar en términos de poblaciones y no de individuos.

Si la rabia domina los temores del agricultor en años lluviosos, la podredumbre de raíces y el marchitamiento vascular se vuelven protagonistas en suelos mal drenados o con rotaciones cortas. Fusarium oxysporum f. sp. ciceris invade el sistema vascular desde el suelo y provoca un marchitamiento progresivo, a menudo sin signos evidentes en la superficie del suelo que delaten la infección. Los vasos xilemáticos se tiñen de marrón y la planta muere prematuramente, dejando al agricultor con una parcela de plantas colapsadas antes de llenar vainas. La persistencia de las clamidosporas en el suelo durante años convierte a estos campos en trampas ecológicas para cualquier nuevo cultivo de garbanzo.

Algo similar ocurre con los hongos de suelo como Rhizoctonia solani y Sclerotium rolfsii, responsables de damping-off y podredumbres del cuello. Estas enfermedades no suelen atraer titulares, pero erosionan los rendimientos silenciosamente, reduciendo la densidad de plantas y generando claros en el cultivo. El problema se agrava cuando el manejo del riego o la compactación del suelo favorecen zonas encharcadas, donde las raíces asfixiadas pierden capacidad defensiva. El suelo deja de ser un simple sustrato físico y se revela como un ecosistema donde los equilibrios entre microorganismos benéficos y patógenos determinan la salud del cultivo.

En este entramado subterráneo, las micorrizas arbusculares y los rizobacterias promotoras del crecimiento vegetal juegan un papel discreto pero decisivo. Asociaciones simbióticas con géneros como Glomus o Rhizobium no solo mejoran la nutrición fosforada y la fijación de nitrógeno, sino que también inducen mecanismos de resistencia sistémica frente a varios patógenos. Sin embargo, el uso indiscriminado de fungicidas de amplio espectro y la labranza intensiva pueden empobrecer esta biota protectora. El desafío no es únicamente matar al patógeno, sino conservar y potenciar a los aliados invisibles que comparten el mismo hábitat radicular.

Por encima del suelo, los virus añaden otra capa de complejidad. Enfermedades como la causada por el Bean leafroll virus (BLRV) o el Chickpea chlorotic dwarf virus (CpCDV) se manifiestan con enanismo, clorosis y reducción drástica del número de vainas. Estos virus no se mueven solos: dependen de vectores como los pulgones (Aphis craccivora, Myzus persicae) y, en algunos casos, de chicharritas y moscas blancas. El paisaje agrícola circundante, con reservorios de hospedantes alternativos, se convierte así en una red de autopistas invisibles por donde los virus viajan entre parcelas y campañas. Reducir la enfermedad implica, por tanto, intervenir en la ecología del vector y del paisaje, no solo en la planta cultivada.

Las plagas de insectos ejercen una presión constante a lo largo del ciclo del cultivo. La más emblemática en garbanzo es la oruga del garbanzo, Helicoverpa armigera, capaz de destruir flores y vainas en una sola generación. Sus larvas, ocultas dentro de las vainas, escapan con facilidad a los insecticidas de contacto y transforman el control químico en una tarea de sincronización casi quirúrgica. A ello se suma la extraordinaria capacidad de esta especie para desarrollar resistencia a múltiples grupos de insecticidas, desde piretroides hasta neonicotinoides, lo que ha convertido a H. armigera en un símbolo de los límites del control químico basado en un solo pilar.

Otros insectos, aunque menos espectaculares, son igualmente importantes. Los pulgones, además de transmitir virus, succionan savia y debilitan plantas jóvenes; los trips dañan flores y pueden reducir significativamente el cuajado; y los minadores de hoja crean galerías que disminuyen la superficie fotosintética. En todos estos casos, los enemigos naturales —avispas parasitoides, crisópidos, coccinélidos— son aliados esenciales. Sin embargo, la aplicación repetida de insecticidas de amplio espectro suele diezmar primero a estos reguladores biológicos y solo después a las plagas, creando un vacío ecológico que las poblaciones de insectos perjudiciales aprovechan con rapidez.

El almacenamiento del grano abre un nuevo frente. El gorgojo Callosobruchus chinensis perfora los granos, reduce su peso y calidad, y puede convertir una partida comercialmente aceptable en un producto invendible en pocas semanas. En regiones rurales donde el garbanzo se almacena en condiciones precarias, sin control de humedad ni barreras físicas, las pérdidas poscosecha pueden rivalizar con las ocurridas en campo. Aquí, el énfasis se desplaza hacia tecnologías de bajo costo: envases herméticos, atmósferas modificadas, control térmico y el uso prudente de polvos inertes como la tierra de diatomeas, que dañan mecánicamente a los insectos sin dejar residuos tóxicos en el alimento.

Frente a este mosaico de amenazas, el enfoque de Manejo Integrado de Plagas (MIP) no es un eslogan, sino una necesidad agronómica. El MIP en garbanzo comienza mucho antes de la siembra: selección de parcelas con baja carga de inóculo, rotaciones amplias con cereales u otros cultivos no hospedantes, uso de semilla certificada libre de patógenos y variedades con resistencia parcial a Ascochyta y Fusarium. Continúa con prácticas culturales como la densidad de siembra adecuada para mejorar la aireación, el manejo del riego para evitar encharcamientos y la fertilización equilibrada que evite tanto el exceso de nitrógeno como las carencias de micronutrientes que debilitan la respuesta inmune de la planta.

Durante el ciclo, la monitorización temprana se convierte en el sentido táctil del sistema productivo. Trampas de feromonas para Helicoverpa, inspección visual sistemática de síntomas incipientes de rabia, conteo de colonias de pulgones y evaluación de la presencia de enemigos naturales permiten tomar decisiones ajustadas en tiempo y espacio. Los tratamientos químicos, cuando son necesarios, se integran como una herramienta más, no como la primera ni la única, privilegiando productos selectivos, rotación de modos de acción y momentos de aplicación que minimicen el impacto sobre polinizadores y fauna benéfica. Cada intervención se concibe como una perturbación controlada del sistema, no como un acto aislado.

El futuro del garbanzo, en un clima más cálido y variable, dependerá de la capacidad para anticipar cambios en la distribución geográfica de patógenos y plagas, así como la aparición de nuevas variantes más agresivas. La combinación de mejora genética asistida por marcadores, microbiomas diseñados, sensores remotos para detección temprana de estrés y modelos epidemiológicos alimentados por datos climáticos ofrece una caja de herramientas sin precedentes. Pero ninguna tecnología, por sofisticada que sea, podrá sustituir la comprensión profunda de las interacciones biológicas que definen la sanidad del cultivo. En ese delicado diálogo entre planta, patógeno, insecto y agricultor se juega, silenciosamente, el destino de millones de platos de garbanzos en todo el mundo.

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